Acceso Premium

    Usuario:
    Contraseña:

Inicio
Vistiendo anzuelos

Llovía. En mi nueva casa el timbre sonó temprano para un día domingo. ¿Quien será?.

 

Ante cosas inesperadas una apagada sensación de miedo es inevitable. Detrás de una borrasca de colores grises, una figura no identificada trataba de llamar mi atención. Se arqueaba desde la espalda con una escenográfica risa. Pregunté inquieto antes de abrir el portón.

¿Quien es?. - Julio, Enrique. Julio Rossotti.

La precisión de mis recuerdos me atontó. La rapidez con que llegaban mantenía ingrávidos mis sentimientos. Julio, aparecía en la puerta de mi casa luego de diez años.

Un abrazo sin tiempo. El había encontrado mi casa, había tocado el timbre y estaba conmigo. En el no había sorpresa. Para mi fue una invasión afectiva inmanejable.

Lo hice pasar. Mientras mi esposa lo saludaba, corrí a una vieja caja con moscas de Navas y le regalé algunas.

Supe que ahora te dedicas a la mosca. Le dije.

Le entregué, como un regalo precioso, esos engendros sin nombre que se usaban cuando las compré en lo del viejo Coppola.

Mi viejo, navegaba el río Paraná atendiendo las boyas que indicaban la peligrosa ruta entre piedras desde Puerto Iguazú a Buenos Aires. Su etapa en este trabajo duró nada más que un año, pero nunca dejó de contarme anécdotas de esos viajes perezosos. Militó toda su vida para que sus hijos entendiéramos lo que había descubierto en ese corto tiempo de su vida. Luchó por ello. Una vez fui orgulloso a mostrarle un gorrión que había cazado con mi gomera. Miró el pájaro muerto, lo recostó sobre su palma y mirándome directamente a los ojos me dijo - ¿ Te gusta muerto?.

Nunca esperó respuesta.

Siempre entendió que la pesca era algo. Mi primer corcho lo torneó el. Un cuchillo, un tapón de vino y un trozo minúsculo de papel de lija fueron los materiales y las herramientas que necesitó para incluirme en un mundo que hasta hoy no puedo ni quiero salir. Luego pintura verde. Mi papá, no se como hacía, pero todo lo que pintaba era de color verde. Mi primera boya fue verde, blanco y quizás un poco de azul. Papá supo que el azul cambiaba al color verde otorgándole tonalidades que le pertenecían. Un anzuelo negro, que surgió de un muestrario grosero en la ferretería, y dos metros de piola de algodón fueron mi primer aparejo de pesca.

Estaría en tercer grado.

Caminamos un mejorado con anchas zanjas laterales hasta llegar a los viñedos del río de La Plata en Bernal. La distancia que caminamos fue la de sesenta y siete postes. Una medida que inventó mientras llegábamos al río. Desde ese día, cuando tomaba el colectivo que me llevaba hasta allí, iba contando esos postes que me arrimaban a esa costanera silvestre de playas suaves y murmurantes.

Hoy eso es un depósito de desechos, el camino no existe y los viñedos desaparecieron.

Cruzamos por un bosque de sauces y entre juncos llegamos al comienzo del murallón de cemento que llega hasta Quilmes. El río bajaba pero aún había agua como para probar nuestra suerte. Sacamos de la latita de conserva una lombriz y el nos la ensartó en el anzuelo. Nunca había pescado ni había visto hacerlo. Arrojé el corcho al agua sin saber que esperar. Mi papá me dijo - si tiembla o se hunde es que hay un pescado picando. Si podés pescalo.

Mi vista se fijó en el corcho verde y toda la inmensidad del río desapareció. Quedé envuelto en el amor de mi padre y en la magia de la boya. Hoy sigo allí.

Hola Enrique. Fui a tu vieja casa y de allí me mandaron acá. Me mudé hace un mes a Ranelagh y vivimos en la misma manzana.

Fue casi una consecuencia que yo intentara salir a pescar con Julio lo antes posible y también lo fue que el tratara de que yo me incluyera en la pesca con mosca. Me invitó a su casa, ató una Woolly Bugger para que yo viera como se ataba y me la ofreció. Le pedí que me enseñara. En la semana fuimos a lo de Marcelo y compré una morsa y algunos materiales. Me prestó dos libros "Fly Tying. Made Clear and Simple" de Skip Morris y Universal Fly Tying Guide de Dick Stewart y comenzó mi instrucción. La primer mosca que ate fue una Gold Ribbed Hare´s Ear, luego una Woolly Worms y nunca mas pude detenerme. Para ir al sur por primera vez con el me regaló una caña Sage para línea # 6, un wader que había dejado de usar y me prestó un reel Medallist que nunca le devolví.

No solo me introdujo en este mundo de pescar con mosca sino que me dio todo para que yo no me pudiera negar. Desde ese primer viaje juntos abrimos la temporada todos los años.

A medida que mi instrucción avanzaba intentaba encontrar bibliografía en castellano que me ayudara. Encontré muy poco. Julio tenía una profusa biblioteca del tema pero todo estaba en inglés. Para mi era un desafío armar alguna mosca sin Julio porque no tenía documentación entendible que ayudara a mis precarios conocimientos. Por supuesto nada es imposible y de a poco, con la ayuda de diccionarios, algunas breves traducciones de mis hijas y la deducción que va dejando la experiencia me armé de la mínima capacidad para atar mis propias moscas y disfrutar mientras lo hacía.

El primer pejerrey que pesqué en el Río de la Plata con mi propia línea mi padre lo colocó en una tablita de madera de pino lustrada. Lo sostuvo con un clavito de zapatero en la cola y con una curva elegante lo termino de presentar con otro en el opérculo. En mi casa era el cumpleaños de mi mamá y cada tío, prima o amigo que llegaba se enfrentaba con el cuadro y preguntaba por el. Mi padre, les decía que había sido mi primera pieza y que antes de comerla quería que todos supieran que su hijo era un pescador. Por supuesto todos me preguntaban y yo contaba. Elogiaban mi pejerrey y yo sentía la calidez de toda mi familia por la labor afectuosa de mi padre. Cuando todos se fueron. Lo descolgó, me pidió que le sacara las escamas, la cabeza y me dijo: - mañana cuando vengo de trabajar lo comemos. Papá se iba a las cinco de la mañana y llegaba a las ocho de la noche. Cuando el llegaba ya estaba la mesa puesta. Comíamos todos juntos y luego de una corta sobremesa, nos íbamos a acostar. Mi mamá preparó el pejerrey - que no medía limpio veinte centímetros - y lo presentó en una pequeña fuente hecho al infierno. Ajo, perejil, manteca y huevo gratinado en el horno.

Cuando nos sentamos a la mesa la fuente se posó frente a mi papá quien con el tenedor sacó un pedacito y se lo llevó a la boca.

- Que rico es el pescado fresco. Probá Sara. Y le extendió el tenedor con otro trocito a mi mamá.

Luego repitió la escena con mis hermanos y por fin me extendió la fuente para que yo lo terminara.

Ese respeto por el resultado de la pesca quedó impuesto a mi vida.
No pude hacer cosas parecidas con mis hijas pero si con mis amigos. Julio pescó con señuelo, por primera vez, conmigo. Sacó una temible anguila con una ranita americana que quedó destrozada. Además lo seduje para que me acompañara a pescar al Río Paraná en la zona de Corrientes.

Que te parece julio si hacemos un libro de atado en castellano.

Eso sería bárbaro.

Bueno vos elegí las moscas que deberíamos atar y yo trataré de busca bibliografía para poder pautarlo.

Y así empezamos. Julio con el miedo de que lo que hiciéramos no tuviera la calidad que tiene todo el entorno que rodea a la pesca con mosca. Yo, con el temor de que mi idoneidad no alcanzara para hacer un libro entendible y accesible a todos los que ya atan y a los que recién van a empezar. Intentamos sacarle la etiqueta que tiene la pesca con mosca y mostrar el atado como una consecuencia entendible de una modalidad de pesca. Que el idioma inglés era solo el idioma original de la terminología utilizada pero que se podía mezclarlo con el nuestro y el que se formó de los dos para el atado en Argentina.

Nuestra premisa: "Si lo que escribimos lo entendemos nosotros, otros que no hablan ni leen inglés, lo entenderán". Fue imposible castellanizar todo porque nos dábamos cuenta que hay anglicismo totalmente incorporados a la jerga del atador y no opusimos resistencia. Los utilizamos, tratando de respetar el origen o explicarlo para aquellos que nunca lo hubieran escuchado. Intentamos no confrontar con nadie. Solo hacíamos un libro para nosotros trasladándonos al tiempo en que empezamos. Qué necesitábamos, que cosa nos era valiosa, cuales eran nuestras trabas para atar bien una Adams o colocar correctamente el dubbing a una Jabalí. Nos esmeramos a mirar para atrás y vernos en nuestra inexperiencia desde una postura didáctica de la que nos hubiera gustado disfrutar. El resultado es "Vistiendo Anzuelos". Un lindo nombre para nuestro libro sugerido en un viaje de pesca por Héctor Gugliermo. Marcelo Morales, quien fue uno de los maestros de Julio, nos ayudó con su memoria y conocimientos específicos descubriendo errores cometidos en nuestro entusiasmo. Ambos fueron de gran ayuda y nos acompañaron en el prólogo.

Lo de mi padre y mi relación con la naturaleza es el nacimiento de este libro. Mi amistad con Julio y el cruce de conocimientos en diferentes épocas de nuestra vida son parte de la confianza para poder haberlo escrito, y el desarrollo final o del descubrimiento de hacer un libro para nuestra inexperiencia fue el punto de quiebre para poder desarrollarlo.

por Enrique Gómez

NdeR: "Vistiendo Anzuelos" es un libro que se remonta a etapas de desconocimiento y necesidades propias que superamos y hoy compartimos.




Artículo Relacionados
Vistiendo Anzuelos
por Enrique Gómez y Julio Rossotti. Edición Personal, 2005. 160 páginas, papel ilustración tapa blanda y fotografías en color.

Categorías

Buscador



Relacionados