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Relatos de la Tierra del Fuego II

Al sur de Río Grande se encuentra el lago Yehuin, unido por un río al lago Chepelmut.

 

El próximo lago siguiendo hacia el sur, es el lago Fagnano. Este itinerario debe hacerse a campo traviesa, Trekking dicho en inglés, como se usa ahora.

Partimos a la mañana temprano de aquel marzo de 1997 en la camioneta del querido Ramón Ojeda, bien llamado El Gaucho, la que había sido prolijamente cargada la noche anterior por su dueño, preparando de este modo el equipo para un campamento en el bellísimo Fond du lac del gran Yehuin.

Era condición de nuestro transportador lacustre el zarpar verdaderamente temprano. Si se levantaba el viento de la mañana, tendríamos que cambiar nuestros planes. Su embarcación estaba debidamente preparada en el muelle de la moderna hostería que se encuentra en esa orilla norte, y el sol del amanecer anunciaba un día brillante. Al menos por algunas horas, claro. Diariamente en esa isla se viven las cuatro estaciones.

Revisé mentalmente mi equipo, cuidadosamente preparado la noche anterior en el viejo Hotel Ibarra, usando una de las camas de la habitación como mostrador. Era liviano e incluía una muda de repuesto. Los enterizos de polipropileno me resultaban prácticos. Ligeros y confortables, mantienen bien la temperatura corporal, y se secan rápidamente. Los waders ocupaban la mayor parte de mi pequeña mochila. Unas zapatillas viejas suplirían a las botas de vadeo. No había lugar para ellas, y tampoco son gran cosa para caminar el campo. Mi inseparable botiquín de quince centímetros de largo, incluía algún inyectable y material de sutura. El viejo compás, mi cuchillo, el manual de observación de aves, los pequeños binoculares y tres pastillas de alcohol con sus fósforos de cera completaban lo personal. Las dos cajas de mosca abultaban el bolsillo restante. La ocho y la cinco viajarían en el mismo tubo, atado a la borda. Eso era todo. Para qué más.

Sería de cuatro la partida, contando a dos vecinos de Río Grande que nos acompañaban, muy entusiasmados en su segundo año en la práctica de la pesca con mosca.

El gran semirrígido, bien propulsado por un ochenta caballos, puso su proa hacia el sur, navegando por el centro del lago y cargado con nuestro completo equipo y nuestras expectativas e interrogantes, más completos aún.

El aire helado de la navegación y la belleza del paisaje terminaron de instalar en mi corazón la incomparable alegría de salir dos días de pesca y campamento. No había a esta altura ningún otro pensamiento en mi cabeza.

Al final del recorrido, una pequeña y protegida bahía hacia el oeste, sería nuestro destino. Acamparíamos allí y al atardecer del día siguiente vendrían a buscarnos.

A unos doscientos metros de la playa, el timonel redujo la velocidad al mínimo, y nos pidió que observáramos el fondo, que en este lugar ya era perfectamente visible. Pudieron apreciarse con claridad cinco o seis ejemplares verdaderamente descomunales y nos dijo: "este lugar es todo o nada, pueden sacar la mejor pieza de su vida, o no tener un pique". Quedamos alterados con lo visto, y por mi parte me decidí a volver allí al atardecer, y probar con esos monstruos.

La luminosa mañana me invitaba a caminar el pequeño río que nacía allí del lago y que desembocaba en el Chepelmut, hogar de grandes fontinalis.

Con estos planes en la cabeza, el armado del campamento nos llevó contados minutos. Estábamos bien provistos y el Gaucho ni lerdo ni perezoso inició un buen fuego, armó el cimarrón y se puso a descansar y mirar el hermoso entorno. Tal era su deseo y único plan.

Los riograndenses no dudaron en armar sus equipos y comenzar a tentar a las grandes truchas que habíamos visto desde el bote, en esa bahía de cristal, totalmente reparada.

Sin ir más lejos, una enorme trucha estaba echada en el fondo a unos quince metros de la orilla.

Serían las diez cuando los dejé intentando pescarla y comencé a bajar el río, con la cinco debidamente armada y el wader puesto, muñido de una caja de moscas y una galleta en el bolsillo.

Este río es de escaso caudal en marzo. Pero comenzaba a ensancharse a medida que descendía, y más aún cuanto estaba frecuentemente atravesado por castoreras.

En estos pequeños diques las truchas de arroyo y alguna arco iris chica atacaron francamente la moscas secas para mi alegría, pero eran todas de pequeño tamaño.

No conocía el nombre de este cauce, e intrigado consulté un pequeño mapa y el Permiso de Pesca, comprobando que se trataba posiblemente del In, por lo que suspendí inmediatamente la pesca, ya que de confirmarse mi sospecha, es zona vedada. Supe al volver que estaba en lo cierto. Felizmente, los piques no habían sido demasiados, y no hubo sacrificio alguno. El pequeño porte de los ejemplares generó peleas breves además.

No siempre los Locales conocen los nombres, y frecuentemente no les preocupa tampoco, por lo que es conveniente tener a mano un mapa de la zona, a fin de no cometer involuntarias transgresiones.

La belleza de este curso y su sendero, que corre por bosque de a ratos cerrado es notable, y contrasta con la monotonía de los ámbitos de llanura. Pero no me quedé mucho, empeñado en cubrir los tres mil metros de sendero de montaña que me separaban del Chepelmut, pescar, y volver con luz suficiente para tentar a las grandes que habíamos visto.

En una hermosa boca este curso avena al lago, con un veril muy marcado, que cuenta de corrientes mucho más fuertes que la que entonces había.

Ya había pasado el mediodía por la posición del sol.

Aprovechándome de su configuración, la pesca fue sumamente cómoda, pero con leader lastrado. El sol alto no permitía otra estrategia. La visibilidad de estos ámbitos es perfecta en otoño si no ha llovido antes. Podía ver cómo las truchas de arroyo tomaban la mosca a la subida del veril, seguramente por haberla seguido en su recorrido. Esto era sumamente entretenido. Es increíble el tamaño que alcanza esta especie en la Tierra del Fuego. Es homologable a lo que sucede en el Norte extremo ( Canadá, Terranova), tal vez por su requerimiento de aguas frías, o la ausencia de arco iris, claro.

Había comenzado a llover, y mis moscas más exitosas estaban destruidas. Atacaron con predilección aquel día una que quiero mucho, y que copié de la revista inglesa Stillwater Trout Fisherman que llegó a mis manos hace años: La Peacock Montana, donde el wingcase, abdomen y cola es de pavo real. Completan este exitoso modelo el chenille amarillo, hackle negro y algún hilo de cobre como ribete.

La quiero porque aprendí a atarla cuando recién comenzaba, y sugiero comprobar su eficacia en algún chorrillo desaguando en los Currhué. Son ese tipo de mosca que no requieren cambio cuando son eficaces, probablemente porque están representando algo muy real o muy abundante. No me impresiona como una atractora, de esas que dan algún pique nomás. Más bien me parece "alimento para fontinalis".

Después de una breve exploración de la costa, que al este termina en un pantano, que no pude franquear por la orilla, levanté la capucha de mi chaqueta y comencé a desandar el camino de vuelta al campamento, pensando en las truchas que había visto en el lago, mientras comía mi galleta cada vez más mojada.

Había comenzado a bajar la temperatura de manera intensa, lo que advertía sólo por las manos y la cara, ya que estaba bien abrigado, seco y en movimiento, lo que mantenía el cuerpo caliente.

Cuando llegué al campamento nevaba despacio, y paró el viento. El fuego donde El Gaucho había reiniciado su mateada, se reflejaba en los copos, asemejándolos a chispas que caían del cielo. Los mates y la charla que compartimos mientras, fueron tan memorables como el churrasco que acompañaban.

Mientras tanto, los locales seguían insistiendo (me enteré que en forma ininterrumpida) con el lago y sus monstruos. En particular uno de ellos, que seguía paseándole las moscas por el hocico a la misma trucha. No pude evitar reír ante tanta perseverancia. Parece que la había pinchado varias veces en alguna parte del cuerpo, pero el pobre animal no se espantaba, y volvía a su posición.

Según razoné entonces, este pez tenía que ser un reproductor que esperaba la crecida del río, para entrar y ocupar un pozo, por lo que decidí invitar a mi ocasional compañero a abandonar el intento, ya que de ser una hembra, y de tal tamaño, el daño sería verdaderamente grave.

El hecho de que estos reproductores parecieran estar esperando ingresar al In, justificaba su condición de santuario.

Cuando me estaba acercando, sucedió lo increíble: La caña del tenaz deportista se arqueó violentamente, y la marejada que se producía a unos quince metros, metía miedo. La enorme trucha se debatía pero sin correr casi, como si intentara mantenerse en su lugar.

Cuando con firmeza el pescador la atrajo hacia la orilla, el salto y el chapoteo nos mojó a todos los atónitos espectadores.

El Gaucho, que había bajado desde su punto panorámico a la carrera, entró al agua con decisión, y cerrándole la escapatoria la alzó con ambos brazos, trayéndola a la orilla.

Estaba en lo cierto. Era una hembra marrón de 1,10 metros de largo. Nunca volví a ver algo igual. Y era verdaderamente pesada. La bitch creek negra en anzuelo 2, lucía triunfante en el labio superior del coloso.

A regañadientes, entendieron mi posición y atendiendo mis ruegos finalmente la dejaron volver al lago... ¡para que volviésemos a verla instalarse en el mismo sitio!

Todo fue brindis y risas el resto de la jornada, mientras El Gaucho secaba su única indumentaria, y yo y mis ocasionales compañeros atacábamos el guiso de cordero.

Así las cosas, el lago quedaba para la mañana siguiente.

Todo o Nada

Esa noche dormí profundamente, confirmando mis atávicas tendencias, favorecido por el abrigo que otorgaba una carpa seca y bien plantada, y una magnífica bolsa de montaña, gentilmente cedida por El Gaucho.

Algo tuvo que ver la lluvia persistente y el viento que cantaba en la copa de las lengas, seguramente.

Me despertó la luz solar, que esa mañana era intensa. Después de remolonear un rato, pasé de la higiene a los mates, y de allí a la caña ocho y los waders, no sin antes ayudar al Gaucho a juntar leña para el mediodía. Un leader 0x de 9 pies flamante fue instalado en el extremo de la 333 de Cortland de color verde agua. Una caja de moscas grandes en la chaqueta y el butt de pelea instalado en la Loomis IMX completaban el optimista equipo.

Mientras bajaba la barranca, sumido en mis sueños sobre monstruos, varios torpedos atravesaban la bahía de aguas totalmente transparentes. Eran cuatro grandes truchas patrullando. Corriendo di un rodeo y pude observarlas cuando volvían, calculando el momento justo para presentarles una mosca.

El lance fue apropiado, y lo que me pareció una buena presentación, resultó en realidad un desastre a juzgar por la estampida que produjo. A toda velocidad pasaron el istmo y se perdieron en el lago.

Nunca tuve suerte con estas truchas viajeras (crossing trout) que parecen viajar vaya a saber dónde. Tal vez sean giras territoriales, ya que parecen inspeccionar el lugar pero no cazan. Por lo menos no mi mosca. Kreh simplifica esto diciendo que es todo presentación, tal vez excesivamente.

Mientras continuaba mi viaje a la otra orilla de la calma bahía donde ayer viera los grandes ejemplares, aparecieron de nuevo los torpedos.

Deliberadamente esperé que pasaran y cuando lo hicieron deposité una mosca atractora en su lugar de paso, con mucha anticipación, oculto tras una roca, esperando que volvieran.

La que parecía liderar el grupo, subió a milímetros del engaño, y tras inspeccionarlo por unos segundos, como estudiando el leve movimiento que yo le imprimía, decidió volver al lago sin inmutarse. Lo propio hicieron sus compañeras que la observaban. Me reí en voz alta.

El lugar elegido al otro lado de la bahía tenía grandes planchones de piedra en el veril, que luego se perdía en un abismo.

Decidí usar un streamer de ala, un ghost negro, lanzarlo lejos y recuperarlo muy lentamente, buscando un contraste y una acción que atrajera a los peces.

Largo rato intenté sin resultados y me senté un rato, con la línea en el agua. Cuando volví a mirar el lago, una de las grandes truchas nadaba paralela a la costa sin advertir mi mosca, suspendida a medio metro de la superficie. Lentamente, recuperé el streamer que pasó unos metros delante del pez, sin llamarle la atención.

No es común ver animales de este porte en estado salvaje y menos aún nadando a la vista. Me dediqué a observarla todo lo que pude hasta que se hundió nuevamente. Cambié por un Zonker.

Largo rato después, ví que una gran sombra nadaba siguiendo el peludo engaño, que parecía nadar indefenso. Era una trucha enorme que sí lo estaba persiguiendo. Aceleré en forma marcada la recuperación, lo que "gatilló" el ataque. Pero ella falló en el cálculo, o advirtió el engaño, errándole a la mosca y hundiéndose con mi última oportunidad.

Tengo la firme intención de volver a ese mismo sitio en esa misma época del año alguna vez para volver a intentar diversas estrategias con esas magníficas y difíciles truchas.

Una navegación difícil

Después de almorzar un buen asado, levantamos prolijamente el campamento, invirtiendo bastante tiempo en hacerlo, mientras mateábamos y arreglaban el mundo con sus singulares teorías mis simpáticos compañeros.

Finalizada la tarea, me instalé en una roca a contemplar el gran lago, las aves, y hacer algunas anotaciones en mi libreta de bolsillo.

Podía advertirse que el viento crecía.

El sonido del motor de la embarcación me sacó de mis pensamientos y pude ver al bote que entraba a la bahía.

Teniendo en cuenta que habría marejada fuerte, amarré mi mochila y el tubo lo mejor que pude a la borda del semirrígido. Me calcé asimismo un chaleco salvavidas encima de la chaqueta.

Al salir de la protegida bahía ya podía apreciarse que el lago estaba muy agitado. Muchos "corderos" sobre las olas señalaban la intensidad del viento sudoeste.

Con el fin de acortar el viaje, el Capitán decidió navegar por el centro del lago, evitando el largo rodeo que implicaba la búsqueda de un relativo reparo, seguramente confiado en su experiencia y en su buen equipo, por lo que decidí aceptar esto en silencio.

Culminando la primera media hora de navegación no había nada seco a bordo, y las olas nos "empopaban" el bote a su antojo. Los que no estaban acostumbrados a la marejada, mostraban signos evidentes de "mal de mar", y todos tiritábamos del frío, que se había hecho insoportable. Vigilé mi equipo, que estaba bien atado por suerte, y me arrepentí de haber sido tan prudente, y no discutir la derrota con el Capitán.

De pronto, en una ola más fuerte que las demás, vi angustiado como uno de los riograndenses caía de espaldas al agua. Todos gritaron y felizmente se veía al caído en la superficie.

Instintivamente busqué un cabo y me preparé para la difícil maniobra. Resultó ser un buen timonel el Capitán, que volvió por la misma banda, y rápidamente nos puso en posición de recuperar al caído. El cabo fue de gran ayuda, y nuestro accidentado estaba muy cianótico (piel de tono azul), por lo que exigí acercarnos a la orilla más cercana para asistirlo, mientras lo tapaba con todo lo que tenía a mi alcance.

Dos mochilas se perdieron en el accidente, y una caña de pescar fue al fondo del lago también.

Al llegar a la playa, mientras yo cuidaba del azulado compañero, los demás prendieron un gran fuego en menos de lo que se tarda en contarlo. Nunca dejaré de alabar al creador de las pastillas de alcohol, ni de llevar una siempre en mi chaqueta de pesca.

Calentada el agua, y ya desnudo nuestro paciente frente al fuego, fue friccionado enérgicamente por nosotros y su color mejoraba y su frecuencia cardiaca subía de manera tranquilizadora. Los bidones llenos de agua caliente en ingles y axilas, completaron su rescate, debidamente envuelto en la carpa, a modo de frazada.

"Este está mejor que nosotros", bromeó el Gaucho, y todos estallamos en carcajadas. Estábamos empapados y ateridos, pero sanos y salvos Decidimos esperar a que calmara el viento para volver, por lo que juntamos leña en cantidad, y nos felicitamos de haber conservado los restos del asado del mediodía.

Nuestra angustia terminó en una buena velada frente al fogón, que mejoró aún más cuando el Gaucho compartió un tesoro que tenía escondido: Una botella de Ginebra puede valer millones en estas circunstancias.

 


Lo que más lamentamos del equipo perdido fueron: la caña, por supuesto, y la camarita con que se había registrado la gran trucha marrón. Las únicas dos fotos que acompaño, son de mi cámara que, felizmente, no perdí.

A medianoche llegamos al puerto, donde varias personas nos esperaban preocupadas.

Mi único objetivo era un baño caliente y la cama.

Un Clima Duro

Ya recuperado de la aventura del Yehuin, y con el equipo seco, miraba la lluvia por la ventana del Hotel Ibarra y pensaba en las dificultades para incursionar por el norte insular, en la boca del Estrecho de Magallanes, zona de naufragios y tragedias que quería conocer. Tenía el permiso de una Estancia para entrar, pero los caminos estarían muy pesados con este diluvio, por lo que consultados los locales, que confirmaron mi presunción, decidí cambiar los planes.

El frío, la lluvia y el viento arreciaban en aquel marzo, confirmando la crudeza del otoño en estas latitudes. Al menos ese año, porque en varias otras oportunidades he disfrutado de un buen clima. El viento suele ser menos intenso hasta abril por lo menos.

Mi pasaje de vuelta estaba emitido para el 28 al mediodía. Me quedaban dos jornadas completas, y sabiendo que hasta el año siguiente no podría volver, mapa en mano me puse a pensar.

El río Grande resaltaba del conjunto.

Si el camino lo permitía, lo seguiría hacia el oeste, por lo que fui hasta el Taller de Benítez para ver si podían acercarme. El bueno de Ramón accedió sin inconvenientes, y partiríamos a la mañana siguiente, Grande arriba, y pasando por el Menéndez. Me dejaría allí y volvería a la ciudad, por sus ocupaciones. Retornaría nuevamente a buscarme.

En el club me contaron cómo era, y que podía esperar. Me entusiasmaba la idea de encontrarme con un río más chico, con las mismas posibilidades en cuanto a especies y tamaños.

Volví a repasar las moscas, cambiar el leader y doblar todo cuidadosamente en la mochila. Agregué una pequeña pava, mate y yerba, y dos sopas instantáneas.

Estaba decidido: Pescaría durante dos días el Grande y el Menéndez. Había conseguido una pequeña carpa para dos personas y una buena bolsa de dormir. A la noche se sumarían al campamento Ramón y sus amigos, que vendrían con provisiones, lo que me permitía no cargar demasiado. Si no paraba la lluvia, solicitaría dormir en la Estancia La Aurelia, adonde tendría igualmente que ir para obtener el permiso de paso.

La Aurelia

Esta estancia, limita al occidente con Chile. Tiene dedicación ganadera exclusiva, y en los últimos tiempos, cobra un arancel para permitir el paso al río.

Aquel 26 de marzo, la lluvia continuaba al salir de Río Grande muy temprano. El mate de boca ancha y los chamamés de la cinta que escuchábamos me recordaban una vez más la curiosa demografía de la Tierra del Fuego contemporánea. Si la integración territorial había sido siempre mi desvelo, ya podía dormir tranquilo. Los variados acentos y los primitivos sabores de mi patria estaban mezclados, al tiempo que mis paisanos compartían sus costumbres entre sí en esta isla, regocijando mis más profundos atavismos.

Haciendo caso omiso del mal tiempo, Ramón Benítez llevaba su Subaru de doble tracción, a una velocidad y solvencia, que justificaba la fama de buenos para el Rally que tienen estos coches. Debo destacar que mi amigo corre regularmente en moto, pero también lo ha hecho en la categoría citada para cuatro ruedas.

Casi sin advertirlo, cruzamos el Menéndez, y me señaló el lugar donde podía entrar para caminarlo si lo deseaba.

Pero mi cabeza ya estaba en el Grande, y los charcos y curvas que acompañaban el sonido del auto me tenían en un dulce sopor del que salí cuando baje para abrir la puerta de entrada al establecimiento. El viento y el frío desanimaban a cualquiera, pero la lluvia había parado, y la idea fija se adueñaba aún más de mi mente: Pescar Truchas.

El tema fue despertar al encargado, que dormía seguramente en algún cuarto de la mediana construcción.

No lo lograron los perros, ni algún cada vez más fuerte batir de palmas, ni aún los guijarros que terminaron sonando como metralla en las chapas.

Cuando el gritar nos dejó roncos, me acordé de los quehaceres de Ramón que lo obligaban a volver a Río Grande, y le pedí que se fuera. Pero se negaba a dejarme allí sólo. Nos sentamos un rato bajo un cobertizo, haciendo sociales con la perrada, y pasó un tiempo considerable hasta que escuchamos el chirriar de un gozne que nos avisaba que una puerta se abría.

Somnoliento aún, pero muy sereno y cordial, apareció un hombre mayor que se presentó como el encargado. Tanto su aspecto como su nombre, anunciaban su noble ascendencia americana nativa.

Pausadamente, me solicitó el Permiso, al tiempo que Ramón partía a la carrera anunciando que a la noche volvería para acampar si terminaba a tiempo.

Cobrado el arancel, me instruyó sobre el río, fácil de vadear y recorrer, señalándome que a pocos kilómetros, estaría en Chile. "Pero camine hasta cansarse, no hay ningún inconveniente" fue su despedida.

Ajustando el correaje de mi ligera mochila, que llevaba dos cajas de moscas, una muda de repuesto, pequeña pava y mate y algunas galletitas, además de la inseparable pínula militar y la fiel Nikon, emprendí la marcha a paso firme dispuesto a seguir el consejo de Don Juan, que así se llama este encargado.

El río a esta altura supera en marzo los mejores sueños. Más pequeño que el cauce inferior, corre sin embargo acelerado por tramos en marcadas correderas y riffles, flanqueado por algún promontorio o cerrito que corta escasamente la increíble, desmesurada llanura. Al fondo, la cordillera nevada hace aún más imponente la escena.

El fondo es algo más pedregoso que aguas abajo, y por efecto de la lluvia estaba ligeramente turbio.

"Use ninfas" había aconsejado Don Juan, y esta turbiedad le daba toda la razón, sin duda. Cortas barrancas dejaban al descubierto los playones del bajo estiaje, a pesar de la discreta creciente que parecía haber generado la tormenta.

Al cabo de algunas horas de marcha, dos paquetes vacíos de cigarrillos chilenos sugerían que ya había pasado los límites. Quise retratarme aquí, para acordarme siempre de lo feliz que fui ese día caminando sólo en esos queridos lugares.

Decidí entonces ponerme a pescar, después de haber recogido esos residuos.

Una larga pero poco profunda corredera en la ladera de un promontorio que se levantaba en la orilla opuesta invitaba a ello. Había traído solamente la ocho. Ramón vendría a la noche con números inferiores que me resultaban más apropiados dado el ambiente, ya que de los portes no tenía experiencia, y el viento había amainado algo, pero seguía fuerte.

Dos arco iris medianas atacaron la Montana en forma sucesiva. Era agradable ver a estas luchadoras en el río, en esta región donde son más frecuentes, ya que fueron sembradas intensamente en la cuenca del Menéndez. La robustez de mi equipo me permitía forzar la lucha para abreviarla, al tiempo que estaba cómodo a pesar del viento, que volvía a aparecer más fuerte, junto a una helada llovizna. Bajar y subir la capucha es todo lo que puede hacerse en esta intemperie, e ignorar estos cambios concentrándose en la pesca.

Bajaba el río bajo esta inclemencia, pescando los lugares más destacados a mi juicio, sin resultados notables.

Pequeñas marrones residentes atacaban esporádicamente los engaños. Pequeñas para esta zona, claro.

Cambié sucesivamente de ninfas a streamers y trabajé más a fondo, sin grandes variantes. Bastante cansado, en un hueco de la barranca que iniciaba una pronunciada curva, encontré reparo para encender un fueguito y matear para descansar un poco. Por suerte estaba bien seco y confortable, y ya me había habituado a la llovizna, de a ratos aguanieve o nieve ligera. Rápidamente las pastillas de alcohol pagaban su viaje, con una alegre crepitación de la pequeña hoguera.

Todo tipo de pensamientos atravesaron mi mente mirando el fuego y bebiendo aquellos mates en tales soledades, escuchando el sonido de las gotas en la capucha, el aullido del viento y el crujido que producía yo mismo al comer esas maravillosas galletitas, que fueron devoradas lentamente, de a una, sin perder una miga.

Es la controversia del hombre civilizado, que a gran costo vuelve a su estado natural, para reflexionar largas horas sobre sus circunstancias, su hogar y su familia y con la distancia y la soledad redimensiona muchas cosas.

Siempre bromeo diciendo que si mi escritorio estuviese a la orilla de estos ríos, mis decisiones serían mejores. El chiste termina aclarando que no lograrían encontrarme en ese escritorio fácilmente.

Pero bromas aparte, muchos nos sentimos más cerca de Lo Trascendente en estas condiciones y paisajes, y el misticismo aflora de manera evidente, iluminándonos en algunos en nuestros dilemas.

Me encontraba yo en estas cavilaciones, ya pasadas las tres de la tarde, con una pesca bastante mediocre en mi haber, observando que el viento disminuía abruptamente, y una tímida resolana entibiaba el frío día, sin saber que en minutos comenzaría una jornada inolvidable para mí.

26 de marzo de 1997

No sólo disminuyó el viento. Paró totalmente. Y casi simultáneamente pude ver en el pozo que estaba a treinta metros mío, en mi propia banda, detrás de un boulder, salir completamente afuera del agua a una trucha descomunal, para abalanzarse obviamente sobre algún insecto con gran gasto y despliegue (splashing).

Mi única preocupación pasó a ser la de preparar el equipo, estirar bien el leader, probar los nudos y pescar esa trucha, o la otra, tan grande como la primera, que saltó a continuación. Su color plateado me indicaba que se trataba de otro ejemplar. Varios más saltaron ordenadamente, como si algo les viniera de la piedra tras de la cual acechaban, y con la que habían tomado una distancia de dos o tres metros, en la cola del remanso que la misma formaba.

Ese tipo de actividad en estas latitudes, significa pique seguro con cualquier mosca debidamente presentada, no obstante lo cual, hice el ejercicio mental apresurado de elegir lo que me parecía mejor. Muchos autores concuerdan que ante la duda, hay que poner...un bicho. El Black Beetle flotaría bien, y tendría el tamaño suficiente para provocar a estas grandotas. 2x me pareció adecuado, y teniendo en cuenta que estaba al filo de una muy baja barranca, escondido en una depresión, con un solo falso cast, mi mosca cayó aguas debajo de la piedra, con la línea cabalgando en el boulder, del que salió mediante un movimiento lateral del tip.

La mosca derivó naturalmente un metro y vi que una gran trucha volaba sobre ella, acometiéndola en su caída. Alcancé a bajar la punta justo antes del formidable tirón. Clavé suave con la mano izquierda, directo con la línea, aunque esto ya no era necesario. Para mi alegría, con una formidable corrida la trucha salió del remanso dirigiéndose a la orilla contraria, y nadó bajando con la corriente, lo que permitió trabajarla lejos del pozo, donde de reojo miraba alborozado cómo seguían lo saltos de sus hermanas que, indiferentes al drama, seguían alimentándose vaya uno a saber de que.

Fue una batalla inolvidable, llena de saltos espectaculares y corridas.

Completamente emocionado, después de algunos minutos decidí vararla en una playa, donde pude asirla de la cola y sacar fácilmente el pequeño anzuelo 10. Como pude, medí (72 cm.) y fotografié a este soberbio macho marrón de esbelta belleza sin sacarlo del agua, dándonos ambos un reposo. Nunca perdió su color y volvió vigorosamente a la corriente. Lo aplaudí sinceramente en su digna vuelta y volví por más.

Dos casts y de nuevo otra trucha. Esta vez una robusta hembra plateada. Residentes y migratorias de ambos sexos, casi todas pasando holgadamente los cuatro kilos comían en el mismo pool y en forma ordenada, esperando su turno. Algunas plateadas más pequeñas comían también, pero ninguna tomó las moscas.

Pesqué hasta cansarme los brazos. Todas hacían la misma trayectoria cuando se sentían atrapadas, sin perturbar el pozo, del cual las sacaba yo con energía cuando picaban. Pasaron a mejor vida las Humpy, Sopha Pillow, y cuanta mosca muy flotante en anzuelo 10 atara al leader. Recelaban y seguían pero sin tomar los tamaños más pequeños o más grandes, pero lo que fuera número 10 y flotara correctamente lo atacaban sin miedo. Llegué a provocar saltos de estos grandes ejemplares y tomar fotografías, mientras sostenía con una mano la caña y con la otra enfocaba. El fondo musical eran mis aullidos de júbilo y carcajadas. Estaba alborozado.

Tan ensimismado estaba, que no advertí la Chevrolet verde que había llegado. Era el bueno de Don Juan, que gentilmente me había venido a saludar, con un reluciente termo de café con leche por "si todavía sobrevivía al frío" y me miraba silencioso y divertido desde prudente distancia.

Cuando noté su presencia, en una de las reiteradas corridas para pelear las piezas lejos del mágico pozo, lo saludé y emocionado le comenté lo que estaba ocurriendo. "Esto pasa a las cansadas, me dijo, no es lo habitual, por lo que ha tenido Ud. Mucha suerte, y hace rato que lo estoy viendo, desde aquella loma de arriba".

No supo decirme qué clase de insectos serían, sin embargo. Como experto ninfero, pensó que eran emergentes, pero no sabía explicarme la falta de adultos. No parecían spinners por la época y la latitud, y menos aún por su selectividad hacia el tamaño diez de anzuelo. Ninguna trucha de este tamaño vuela sobre un emergente ni sobre una mosca tan pequeña, por cierto.

Seguimos conversando un largo rato mientras tomábamos la humeante infusión, y la actividad se mantenía. Pasó bastante tiempo hasta que ésta fuera menguando lentamente.

Aquel jarro de café caliente me resultó ese día la dorada Copa de la Victoria.

No se si esto volverá a sucederme, ya que en toda una vida pescando sigo recordando esa fecha. Aunque no soy supersticioso, puedo en cambio asegurar que por las dudas trato de estar en algún río truchero todos los 26 de marzo desde entonces, albergando la secreta, mágica esperanza, de volver a repetir la hazaña.

Adolfo A. Marinesco
(Royal Wulff)




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