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Relatos de la Tierra del Fuego I

Desde niño, me sentí interesado por los confines del mapa.

 

Seguramente Julio Verne despertó en mí una suerte de sed geográfica, que no sacian las miles de páginas recorridas, que relatan expediciones, aventuras, cacerías, navegaciones y naufragios de toda índole. Centenares de miles de kilómetros recorridos son asimismo insuficientes al respecto.

Tal vez esto tenga que ver con mi entrañable amor por la Tierra del Fuego, su increíble historia y geografía, y los queridos amigos que alberga.

La pesca que encontré hace quince años, me resultó sorprendente y magnífica, pero a la vez tan extraña que no me permitía compararla con la de la Patagonia septentrional.

Había que empezar de cero, y abrir mucho la mente a lo nuevo y a lo extraño. Olvidar los dogmas y adaptarse.

Este es un esfuerzo que debe hacer cualquier pescador que aborda un territorio semejante, más aún si lo hace sin guía y con tiempo acotado.

Los baquianos son sin embargo imprescindibles, ya que muchos lugares pueden llegar a ser verdaderamente peligrosos, debido al clima de la isla, y su carácter desértico.

Hace algunos años que no pesco allí, fundamentalmente porque ya prácticamente todas las aguas son privadas, y no sólo los accesos, desgraciadamente. Quienes tuvimos el privilegio de caminarla más libremente, y atesoramos fuertes recuerdos de esa experiencia, desearíamos lograr que se reconsidere esta situación, en beneficio de los pescadores más jóvenes, fundamentalmente.

Río Grande

Esta simpática ciudad no puede ocultar su pujanza. Sus habitantes impresionan como muy laboriosos y sociables, ciertamente amables, y muy participativos de su entorno.

Es una ciudad industrial, con personas que trabajan a horarios disímiles, y un clima verdaderamente duro.

Derrochar iluminación es su característica, de la que se enorgullecen.

Situada en la boca de este río que viene atravesando la isla desde Chile, constituye un típico puerto patagónico, de amplias mareas, que dejan acostados a los barcos durante el reflujo.

En sus inmediaciones se encuentra el club de Pesca John Goodall, que honra con toda justicia a ese pionero de la siembra de salmónidos.

Algún lugareño pesca en sus inmediaciones enormes róbalos, y ocasionalmente varía el menú cuando incursionan las anchoitas.

María Behety

En esta célebre Estancia, que debe haber sido la primera empresa binacional, producto de la unión de una anglo-argentina y un chileno, se encuentra el pesquero con más fama internacional de La Argentina.

Está bien ganada esa fama, porque continuamente se pescan ejemplares muy grandes en un tramo que resulta corto en proporción a la presión que sufre.. Cada "potrero" tiene algo más de 1000 metros, y se divide en 2 turnos diarios: de 7 a14 y de 14 a 22 hs.
Frecuentemente se comparte entre varios este derecho.

Para colmo el río Grande es fácil de vadear, especialmente a fin de temporada. Tiene lecho de grava y en partes pedregullo, con la corriente clásica de un río de llanura. Las aguas son claras pero no cristalinas. La falta absoluta de vegetación en sus orillas lo hace sumamente "pescable" y es generalmente seguro, con la excepción de algunas zonas de arenas cenagosas de las que es difícil salir parado y seco, y que se hacen más frecuentes cerca del mar. Esta transitabilidad genera una mayor erosión y alteración de este ambiente, que parece indestructible.

El viento es la única incomodidad casi permanente, y que por su magnitud puede llegar a impedir el fly cast, tanto más si se practica con cañas de una mano.

Últimamente han proliferado las tipo "Spey", así denominadas en honor al legendario río de Escocia donde nacieron. Son largas, de uso muy sencillo con las dos manos, y prácticamente invencibles por el viento, pero muchos pescadores no las encontramos agradables en su acción, por lo que preferimos no usarlas.

Personalmente, he usado siempre en este río cañas 6 u 8, reservando la primera para mosca seca o ninfas. No bajo del número 8 con streamers o grandes ninfas aunque el viento me lo permita, por el tamaño promedio de las truchas. Hay que tener en cuenta que aún pescando sobre cardumen, con secas o ninfas, el peso más frecuente es de un kilo y medio a dos kilos según las zonas y el día, lo que torna la lucha en agotadora para pez y hombre, e innecesariamente prolongada. Lo mismo digo del tippet. No usaría aquí menos de 2x con línea de flote por la misma razón, además del riesgo de corte que perjudica aún más a los peces y su medio. Me parece ético dejar de lado aquí toda la soberbia que podamos, y ésta es siempre inversamente proporcional a la resistencia del tippet. Es otra forma de ayudar a la naturaleza.

Si bien la mayoría de los pescadores experimentados usan líneas de hundimiento rápido, en especial las F/S, Teeny 200 o más pesada, o directamente shooting de hundimiento, humildemente considero que es un río muy pescable con línea de flote, dada la frecuente actividad en superficie y en especial los "lomeos" (bulging) de enormes peces que frecuentemente se aparecen a corta distancia, alterando nuestra estrategia y nuestros nervios, sobre todo. Como todo en la vida, hay que optar.

El tiempo de pesca en estos ambientes es en general muy prolongado para quienes somos visitantes, deseosos de prolongar la jornada, y la observación del agua se hace por este motivo más duradera, presenciando fenómenos que no veríamos en jornadas más cortas, más cerca de casa. Es por lo tanto, una oportunidad única de pescar de una manera particularmente intensa hasta quedar agotados si hacemos jornada completa. Una experiencia única.

El Potrero 3-5

A pesar de haberme acostado tarde en la víspera, salté de la cama cuando sonó el teléfono de mi cuarto, aquel 13 de abril de 1995. La voz del Conserje me deseó buenos días y me anunció que ya eran las 5.45 y que me abrigue. Parece que el frío había comenzado.

Mi fiel ballenera y un conjunto interior de polipropileno me facilitaron una vez más la vestimenta, completa con un ambo de "polar" y una chaqueta impermeable. Ya esperaba en la mochila el equipo de vadeo, chaleco y una muda de repuesto. El tubo, gorra y afuera.

El simpático conserje, un mocetón que con su hospitalidad honra su sangre escocesa, me tendió un mate recién cebado, mientras la cocina del hotel aromaba a tostadas.
El desayuno fue consistente. Tenía media hora hasta que mi amigo "El Gaucho" Ojeda, pasara por mí.

La llovizna y la bruma envolvían la plaza, y mi modorra iba en aumento.

En el televisor del comedor, un señor gordito con un rubio flequillo, anteojos polarizados de llamativo diseño y una camisa floreada, pescaba un "largemouth bass" tras otro y los traía haciendo "patito" a flor de agua, ayudado por su poderosa vara de bait casting, mientras profería ruidosas exclamaciones. Una vez concretada la captura de estos recios peces, los arrojaba al agua como si los sufridos macropterus careciesen de vejiga natatoria.

Tan contrastante era todo con mi día, que me puse a reír a carcajadas junto al conserje, bastante envidiosos los dos del sol de Florida, por cierto.

La luz y el ronroneo de la Toyota me devolvieron súbitamente a mi hemisferio y circunstancias. Teníamos que estar a las siete en el lugar para aprovechar el día.
Mis amigos no pescaban con mosca, pero querían empezar. Habían nacido pescadores, sin embargo, allá en su Concordia natal, de la que partieron hacía tiempo para probar suerte en La Isla. Ésta les había sonreído, como a tantos que llegaron con el auge de las empresas electrónicas, y debidamente apoyados por una buena familia resistieron el fuerte cambio. Y prosperaron.

Estaban, sí, pertrechados para un buen asado y para hacer algunos lances de spinning también.

Todavía estaba oscuro cuando llegamos hasta una carrocería de ómnibus hecha casa donde estaba el encargado, y una vez exhibido allí el permiso de pesca y abonado el arancel correspondiente, la llave fue nuestra hasta las diez de la noche.
Según me dijeron, era un buen lugar, y lo habían conseguido por amistad, a raíz de una cancelación de pescadores extranjeros. Tendríamos otra ubicación a la mañana siguiente, y luego visitaríamos otros lugares acampando, lo que hacía tres días de pura pesca. Nada malo, pensé..
Recorrimos en diez o quince minutos de mal camino la distancia hasta el río, e ignorando completamente el viento helado y el aguanieve que arreciaban, me calcé los waders al reparo de la camioneta, armé mi fiel GLoomis IMX número 8, y entré al río.
Con el agua a la altura de las rodillas, de espaldas al viento, traté durante un tiempo de ver alguna actividad, pero nada.

Obedeciendo los consejos de los lugareños, até al fuerte tippet 0x una rabbit negra lastrada. La lectura del agua en ese lugar, era contundente: En la barranca de enfrente, después de la salida de un arroyito, se marcaba claramente un a corredera. Si el viento hacía algún paréntesis, llegaría fácilmente y tendría pique seguro. Mientras tanto, debía esperar. El viento del sudoeste incidía de la peor manera en mi cast, pero al cabo de una hora empezó a variar de intensidad, con períodos tolerables para que pudiera ubicar una mosca en forma discreta en algún lugar decente.

Sin embargo, lancé continuamente, supongo que para calentar un poco el cuerpo, y para seguir los consejos de los locales: "ponga la mosca en el agua, en el Grande toman en cualquier lado". Las respuestas no se hicieron desear. El primer pique correspondió a un macho residente mediano, que corrió la mosca hasta mis pies, y tomó cuando me disponía a levantar la línea del agua, como si siguiera un emergente, pero del tamaño de una tonina pensé considerando el tamaño del zonker de conejo, y me reía solo. Varias hermosas plateadas lo siguieron, hembras en su mayoría. Se dice que las migratorias toman por territorialidad, no para alimentarse, y que transitan el río hasta encontrar un pozo, que luego defienden.

Su comportamiento en esta parte del río parece coincidir con esta hipótesis, no así en otros tramos, aguas arriba, cuando toman secas junto a las marrones residentes y alguna esporádica arco iris, de manera idéntica a las demás. El que dijo que pelean poco, no estaba conmigo ese día. Mis brazos estaban agotados para el mediodía, y en parte por ese motivo, pero más aún por el aroma de la carne asada, decidí dejar la pesca hasta la tarde.

Un tibio solcito asomaba, que junto al cordero y otras delicias que se asaban en un generoso fuego, hizo perfecto el momento. Cada día en la isla se reproducen las cuatro estaciones. ¡Cómo se aprovechan estos breves veranos!.

Un café fuerte me sacó de mi deliciosa siesta. El cielo había vuelto a cubrirse, y una leve llovizna se veía en el agua, pero no molestaba mucho. Muchas truchas "llavero", al decir de los fueguinos (¡de un kilo promedio!) tomaban las moscas. Eran pequeñas plateadas en su mayoría. El viento había rotado al Noroeste, y para las cinco de la tarde, se fue haciendo norte....y paró.

Como depredador que soy, mi actividad se aceleró en forma súbita ante este hecho meteorológico. Algunas lomeadas (bulging) daban las señales inconfundibles de emergentes, por lo que alivié el lastre, puse una ninfa más chica (anzuelo 4) y líder largo y empecé a trabajar la orilla de enfrente, un desplayado largo de corriente atenuada. Algunos lomos bien podrían ser tomados por lobos de mar, tal su tamaño, bromeaban los locales.

Había que controlar los nervios. Era la hora de presentar bien.

La Madre de todas las Batallas

Vi el salto y escuché el sonoro chapoteo de la gran trucha antes de sentir el tirón. Había tomado "a la caída".

Entonces, el resto del mundo desapareció para los dos. Hombre y pez. Un viejo pleito que una vez más, habría que dirimir. La corrida que inició cuando se sintió atrapada me indicó claramente que yo estaba en aprietos.

Azorado veía desaparecer el backing en forma estrepitosa. El pobre carrete aullaba y salpicaba la humedad de los pasahílos por la intensa fricción. El conjunto resistía con nobleza, pero el agotamiento de la reserva me avisaba que había llegado el momento de correr.

Al cabo de haber corrido unas decenas de metros y de haber recuperado algo de hilo en consecuencia, mi adversario encontró un tronco en la corriente (¡el único del río!), y se dirigió resuelto hacia allí. No tenía forma de impedirlo sin rotura.

La puntera en el agua, me dio peso extra en la línea, pero sentía el cabeceo revelador de que se frotaba contra el providencial obstáculo intentando sacarse el anzuelo. Había arrastrado el gran peso de la cola de ratón y casi todo el dacron debajo del agua como si no lo sintiera.

Sabiendo que no tenía alternativas, forcé la tracción hasta el límite para sacarla de esa posición. El salto que siguió fue providencial, porque quedó casi varada en el playón de enfrente, lo que me permitió recuperar más línea y tratar de cruzarla hacia mi orilla, sin obstáculos nuevos a la vista.

El innovador y revulsivo Vince Marinaro es uno de mis autores favoritos. Decía: "La caña pone la mosca donde queremos, pero la lucha con un gran pez la protagoniza el reel." Nada más cierto. Las cañas de mosca llegan a un determinado límite de flexión-tracción del que no se apartan. Es como si dijeran: "Es lo que puedo dar". Acercar peces grandes es un trabajo de tensión y dirección. Afectar el punto de apoyo en la corriente, esperar y traccionar al límite de la resistencia es todo lo que podemos hacer. Una contienda vectorial. Física pura, de no ser por el colosal instinto de nuestro adversario.
Con cada corrida me alegraba de haber puesto un tambor nuevo, y de haber revisado su balanceo el día anterior. Había evitado asimismo el exceso de lubricante, que puede ser fatal también, y hay que recordarlo.

Cuando entró a la corriente central, ya había perdido su energía inicial, y yo lograba por momentos dirigir su cabeza hacia mí. Las corridas eran más cortas y débiles comparadas con las anteriores. Varias veces fracasé en mi intento de acercarla lo suficiente, y la lucha se prolongaba. Recuperaciones y corridas se sucedieron. Rechazando ayuda, finalmente decidí vararla en una playa cercana. Cuando me vio, el salto fue tremendo, y se sumergió salpicándome.

Tratando de abreviar esta lucha, ya en poca profundidad la así por la escotadura caudal, y soltando la caña, pude alzarla abrazándola. Temblaba y admiraba al mismo tiempo su peso, su hermosura y su tamaño.


Me permití fotografiar brevemente a esta belleza de acerado bronce, una hembra magnífica que a decir de los lugareños que me acompañaban, había pasado ya un largo período en el río, por su color y bravura. Le costó bastante recuperarse, pero finalmente lo hizo, oscureciéndose nuevamente su color, y recién la solté cuando hizo el tercer intento de escapar. Con un fuerte coletazo, se impulsó con la corriente hacia el este. Hacia el mar.

Recogí mi caña y guardé esa mosca, mientras daba por finalizada mi jornada, parado mirando el río y deseándole un feliz viaje. El sol rojizo se ponía en un cielo nublado sobre la Tierra del Fuego.

Me complace todavía fantasear que mi trucha tal vez ha vencido los infinitos obstáculos de redes, lobos marinos y tiburones, y hoy nada libre y poderosa en las aguas de nuestro amado Atlántico Sur, esperando el momento justo en que el instinto le ordene que debe volver al río otra vez.


Adolfo A. Marinesco
(Royal Wulff)




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