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Una bota, una Legui, una piedra... un ballenato

Mis primeras armas en la pesca las adquirí de un amigo en Mar del Plata que me invitó por primera vez a la escollera del centro a pescar.

 

Era un día de invierno terriblemente frío y lluvioso, pero aprendí mucho ese día. Y pesqué... pesqué... pesqué un lindo resfriado y mi bota que había quedado enganchada entre las rocas. Ese día decidí que la pesca me gustaba de veras.

La próxima vez nos hicimos una escapada a Pinamar. Fuimos a pasar el fin de semana pescando (¿qué otra cosa podíamos hacer?). Seguía el invierno dando la nota... ¡y hacía frío! Esa noche, antes de salir con las cañas al hombro, nos tomamos unas copitas de anís, wisky y Legui para ir entrando en calor. Entre mate y truco se nos hizo la madrugada y enfilamos pa' la costa con la caña (Legui) que habíamos conservado a los efectos del frío, a medio vaciar. Y esa noche aprendí mucho más que las anteriores. Y pesqué... pesqué... pesqué la botella que se me quiso ir con las olas en un descuido. ¡Hubiera visto, hermano, cómo me le tiré a la cañita pa' salvarla! Hice un clavado perfecto! Aquella experiencia hizo que me diera cuenta de que la pesca era mi gran pasión.
Luego, pasaron unos años entre mis primeras experiencias con la caña y mis segundas experiencias con la caña (hablo de la caña de pescar, porque la otra no la largué); años que aproveché pa' hacer otras cosas, distraerme en otros asuntos,... en una palabra, vivir.

No fue sino hasta el año pasado que retomé mi "pasión" por la pesca. Resulta que ahora vivo en un pequeño rincón de la patria (que parece hecho a propósito pa' estos menesteres), y tengo algunos amigos mosqueros (todos apasionados como yo) que disfrutan de esa forma de vida, a la cual pocos ven con buenos ojos. Porque no es fácil, ¡vea usted! No es fácil tener que dormir en carpa con el arrullo de los árboles y el canto de un chucao despertándolo en la madrugada, como queriéndolo invitar a uno a presenciar la salida del sol. ¿Quién puede vivir así? Y eso de sentir el rumor del agua que se escurre entre las piedras, dejando a su paso el aroma de la naturaleza... La vida es dura! Nos pone cada prueba, que ¡figúrese! No es pa' cualquiera la bota e potro, dicen en el campo. Resulta que la querida Raine me invitó a viajar con ella (me vio la pasión por la pesca pintada en la cara esa mujer). Ya en Río Gallegos pude tomar clases de casteo con EL profesor Raúl Sommariva. Y qué clases, ¡Por favor! ¡Ese es un profesor con todas las letras! Luego de unas clases, vino la prueba de fuego: me llevó al río Gallegos... y como quien no quiere la cosa, aprendí a pescar... piedras. ¡Si, señor! ¡Pesqué piedras! ¡Y cómo! Bajo las directivas del profesor aprendí a arrimarme a mi objetivo visual con una calidad extraordinaria. Fue una experiencia inolvidable aquella; a tal punto, que cuando volví a casa comencé a planificar mi próxima salida.

La ocasión se dio hace dos meses, cuando con mi amigo Jacques estábamos en casa charlando animadamente (¿qué otra cosa podíamos hacer?): que tengo una filmadora para el viaje, que qué bueno sería pescar alguna ballena, que no he ido a Puerto Madryn... Una cosa llevó a la otra y de pronto se me iluminó el cerebro: "Vamos a pescar ballenas", le dije. "¿Te parece?" "¡Por supuesto!". Ya tengo experiencia suficiente y los elementos apropiados. "¡Vamos a pescar ballenas!", insistí. En realidad, lo único que quería era impresionarlo. Y lo logré. Quedó absolutamente impresionado, pues su respuesta no se hizo esperar: "Está bien. Quiero comer mariscos."

Así las cosas, partimos con todo lo necesario a Puerto Madryn. Para variar hacía frío, pero no me hice problema porque nos quedábamos todo el fin de semana. Mientras buscábamos los mejores lugares para pescar ballenas, íbamos encontrando los mejores lugares para comer mariscos. ¡Y cómo comimos! Solamente un día tuvimos que pasar por las casas de comida para que al volver nos vinieran con el cuento de que estaba cerrado, que ya no era hora y que volviéramos más tarde. ¡Cómo es la gente! ¡Lo ven a uno con hambre y se espantan! De esta manera, entre marisqueada y pesca (muy poca en realidad), se nos pasaban las horas. Hubo dificultadas, pues los pescadores experimentados sabemos que no es fácil pescar cuando hay ballenatos dando vueltas por ahí, de manera que la mayor parte del tiempo la pasamos al acecho. El último día, luego de una modesta comida compuesta de mariscos y otras minucias, algo tristes porque el tiempo no había mejorado y las ballenas eran a cada momento más escasas, nos miramos con Jacques desalentados. Era casi la hora de partir, lo recuerdo perfectamente. El café: Joaquina. Lentamente, me dirigí al baño de damas. Cuando salí escuché un rumor; los parroquianos del café estaban todos congregados y miraban algo como sorprendidos. Al acercarme pude oir mejor sus voces: "Parece un ballenato." "¡Qué bárbaro!" "¡Es un ballenato!" ahí nomás tomé mis elementos y en un casteo ágil me lancé en dirección al objetivo. No veía nada, pues estaba lleno de gente, pero con mi puntería sabía que ese ballenato no se escaparía. ¡Y no se escapó! Por fin puedo decir que pesqué... pesqué... ¡pesqué un ballenato! Y como mi amiga Raine dice que hay que colocar la foto para que le dé más prestancia al asunto, acá podrán observar y admirar el ejemplar, luchando para quitarse el anzuelo mosqueril sin resultados positivos. ¡Qué ejemplar!

Ahora que tengo mayor experiencia estoy pensando en organizar un lindo safari por el Caribe o el Ártico. Vamos a ver qué nos pinta la vida. Si se quiere anotar o dar alguna sugerencia, no tiene más que informarme, hermano. Esta cosa de internet es como la pesca: uno tira, y aunque no sabe qué va a sacar, se hace todos los rulos pensando cómo lo va a disfrutar. Hasta la próxima.

Texto y fotografía por María Ángela Maraschi



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