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Tarrito

Camina despacio por la orilla del río, tratando de no hacer ruido y buscando un hueco entre los matorrales

 

desde donde poder revolear la cuchara, esa que encontró hace poco clavada en un tronco y le hizo dejar la carnada.

Está buscando la cena, debe pescar una trucha y limpiarla para volver un poco más hombre a casa, aunque a veces le cueste un poco matarlas.

Un tarrito oxidado con un palito en su interior, varios metros de tanza del cincuenta y una cuchara ondulante, con el triple gastado, es todo su equipo, pero el conocimiento de las truchas y el río juegan a su favor.

Una de las ventajas de su escaso instrumental es la facilidad para esconderlo, solo tirarlo entre los arbustos, porque tiene que tener en cuenta que ya no pesca con la libertad con la que lo hizo su padre, ahora el río está reglamentado y lo pueden castigar.
No conoce los supermercados, para él las góndolas son, la quinta para la verdura, el corral para la carne, el gallinero para los huevos y el río para el pescado.

De pronto recoge la línea apresurado, engancha el triple en el palito, esconde entre sus ropas el tarrito y sigue caminando lento, siempre entre los matorrales, siempre tratando de ver sin que lo vean, como con las truchas y hasta con la vida tiene el mismo cuidado.

Ahora la razón es otra, es que alcanzó a ver a lo lejos el volar de una línea y ya sabe lo que es eso, eso, son momentos de placer. Hace mucho que los viene encontrando, esos hombres de extraño ropaje que tanto gastan y tanto se divierten con su alimento y además, lo largan de nuevo al agua. Y tal vez, sea el pescador que tiene adentro, el que hace que deje de lado sus instrumentos y se siente, alejado aunque dominando la escena, a seguir pescando con ellos.

Ya sabe que hay líneas que flotan y otras que se hunden, sabe que hay moscas que se hunden y otras que flotan, ha visto pescar con moscas que se hunden y líneas que flotan, nunca ha visto pescar con moscas que flotan y líneas que se hunden, sabe que deben revolear la línea para lanzar tan delicados señuelos, sabe que hay muchas clases de cañas y todo lo sabe de sólo observar, lo que no sabe es cuando, o si alguna vez, podrá tener una de esas.

Muchas veces lo han mirado mal, más de una, le hicieron algún comentario, pero lo soporta, los entiende, aunque muy de vez en cuando, coma de lo que los demás se divierten, todos lo saben, pero pocos advierten, que los que están lastimando el río son otros, son esos hombres que vienen en invierno y que nadie ve y no pescan para comer sino para vender. Él sabe todo eso porque su padre también, entonces, se mantiene alejado desde donde pueda ver y pesca con ellos y después de unos momentos de observar y pescar, de pescar y observar, elige a uno, como para meterse adentro con la mirada, y no siempre es el mejor tirador o el que mas pesca sino el que mas lo disfruta, porque eso es en realidad lo que le interesa.

Y el tiempo vuela como las líneas, le busca el porqué a todos esos movimientos raros, se para cada vez que se presenta un pique y observa la pelea con saltos idas y venidas muy distintas a las que ocurren con su tarro, le intriga lo que se puede sentir cuando las largan de nuevo al agua y se promete probar algún día para ver si le queda la misma cara.

No tiene otra salida, deberá seguir pescando para ayudar a su familia, cuentan con él, pero no saben que algo está cambiando, está viendo al río de otra forma y tratando distinto a las truchas.

Así como el tiempo, las líneas siguen volando, y ya se ha hecho demasiado tarde, busca el tarrito que escondiera en el pasto y sale corriendo rumbo a la casa.

Lleva una sonrisa dibujada, va mirando su oxidado equipo de pesca y pensando, seguro para la cena...tortas fritas duras, aunque estuvo toda la tarde pescando.

por Flyheart



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