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Aguas brillantes

El impacto que produce observar el paisaje de los Esteros apenas unas horas después del cemento de Buenos Aires, es indescriptible.

 

Los Esteros del Iberá (palabra guaraní que significa "agua brillante") son un gigantesco espejo de agua que tiene una extensión aproximada a los 13 mil kilómetros cuadrados y cuyo ecosistema es probablemente el más variado del país albergando algunas especies en peligro de extinción tales como el ciervo de los pantanos, el yacaré overo y el lobito de río. Otras especies como el yaguareté, el oso hormiguero y el tapir ya no se encuentran entre la fauna del lugar, han desaparecido por diferentes causas, la principal, como siempre: la estupidez humana.

El sistema de Iberá drena el agua en forma lenta pero permanente por el Río Corrientes, que a su vez vierte las aguas al Río Paraná, también drena, aunque en menor medida, por el Río Miriñay que desemboca en el Río Uruguay. El paisaje presenta el aspecto de una llanura más o menos uniforme, La parte norte está formada por campos llanos, bajos y anegados, es la región de cañadas y lagunas permanentes o temporarias. Comprende aguadas, esteros diseminados, y numerosos zanjones y arroyos que desembocan en su mayoría en los grandes esteros del Iberá. El suelo, es de carácter sedimentario, aluviones antiguos arenosos y arcillosos. Las arenas descansan sobre la capa impermeable de arcilla o limo, originando el estancamiento de las aguas y la formación de lagunas y bañados.

La vegetación acuática alterna con islas de tierra firme y/o anegadiza y lagunas de gran extensión como las destacadas Iberá, Luna, Fernández, Galarza, Paraná, Trin y Medina. Uno de los ambientes más característicos de las lagunas son los llamados "embalsados", originados por el denso agrupamiento y la acumulación de vegetación acuática.

En este monumental ambiente acuático habita y reina el dorado y en su busca vamos los pescadores deportivos.

Junto a Eduardo, Adolfo y Diego llegamos el sábado por la mañana a la localidad de Mercedes en la Provincia de Corrientes y allí nos estaba esperando Mario Battiston, dueño de Capita Mini Lodge, quien nos llevó hasta su propiedad.

Luego de instalarnos en las cómodas habitaciones, desempacar y cambiarnos de ropa, recorrer las instalaciones y saborear un completísimo desayuno americano nos encaminamos hasta las embarcaciones donde los guías Javier y Lisandro nos esperaban para comenzar la primera jornada de pesca.

El río Corrientes discurre entre meandros, lentamente, en una sucesión de pozones, correderas, entradas y salidas de lagunas y bañados. En ese ambiente tan propicio, el dorado habita y se alimenta a sus anchas.

Desde el lodge hasta los primeros lugares de pesca navegamos unos cuarenta minutos, el trayecto se hace por demás entretenido ya que la flora y fauna son tan abundantes, coloridos y activos que no nos dan respiro y las cámaras fotográficas y filmadoras trabajan permanentemente resguardando imágenes que nuestros ojos y mentes no retendrán por mucho tiempo. Me arrepentí de no haber llevado mi cámara analógica con teleobjetivo de 300 Mm., ideal para hacer safari fotográfico.

Los yacarés atrapan nuestra mayor atención y entusiasmo pero también los carpinchos y sus crías, los escurridizos coipos, las grandes tortugas y la infinidad de aves son un imán que incentivan nuestros sentidos y el trayecto se hace mucho más corto, hasta casi olvidamos que vamos a pescar. Finalmente llegamos a los lugares donde nuestros guías presumen la presencia del dorado.

Primeras indicaciones y a la batalla, en pocos minutos pierdo el primer pique, me hipnotizó un dorado que seguía mi mosca y detuve la tracción, error! Voy por la revancha y la obtengo un rato después. Mi compañero Eduardo a todo esto ya tenía un par de capturas. Parecía fácil pero no lo fue, al juntarnos con los amigos de la otra embarcación pasado el mediodía no habíamos tenido grandes resultados, apenas 4 ó 5 dorados más bien pequeños y otros tantos piques perdidos.

El almuerzo posibilitó distendernos, charlar sobre las diferentes técnicas, equipos y moscas y tomar nuevo impulso para tratar de levantar la puntería en lo que quedaba de la jornada.

En las últimas horas de la tarde mejoró el rendimiento general y una cosecha de unos doce dorados al cierre de la jornada nos dejaron conformes y tranquilos para el siguiente día.

El regreso no fue menos entretenido que la ida pese a que nos habíamos alejado muchísimo de nuestra base de operaciones, otra vez la sinfonía de colores, flora y fauna y el plus de la puesta del sol sobre los Esteros nos brindaron un retorno casi mágico.
Luego de la reparadora ducha, picada con salamines de Tandil gentilmente donados por Eduardo y asado que habíamos solicitado como cena. Sobremesa con nuestro anfitrión Mario y su esposa y a dormir rápido que el domingo era el último día y lo queríamos aprovechar al máximo.

El día se nos presentó nublado, con amenaza de lluvias y fuerte viento, condiciones totalmente distintas a las del anterior, sin embargo salimos con la ilusión intacta. Esta jornada a pesar de las condiciones desfavorables nos dio una gran cantidad de capturas, no importó el viento que dificultaba los lanzamientos ni el cansancio acumulado, si importó la experiencia del día anterior y los sabios consejos de los guías más vaya a saber uno porqué, los dorados tomaban nuestras moscas con frecuencia. Otros veinticinco dorados fueron capturados -y devueltos- entre las nueve y las diecisiete horas la mayoría en tamaños que iban de los dos a los tres kilos y la nota de la jornada uno de casi cinco kilos capturado por Adolfo.

El día se nos fue tan rápido que no nos dimos cuenta, más que satisfechos emprendimos el regreso.

El recuerdo de las aguas brillantes a la luz del ocaso perdurarán en nosotros durante mucho tiempo. Mientras tanto el dorado reina en los Esteros y los pescadores deportivos pensamos en volver.

por Héctor Gugliermo



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