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Río Manso

El 5 de enero de 2002 bajamos del ómnibus en Villegas, ochenta kilómetros al sur de Bariloche, caserío que toma el nombre del pequeño río que pasa a su lado y que unos mil metros aguas abajo se vuelca en el Manso, río más caudaloso que llega al Pacífico.

 

Mucho demoraron en descargar nuestros bultos más cuatro bicicletas. Entumecidos, mudos, tardamos en reaccionar, sólo atinamos a observar los picos nevados brillantes por el atardecer. Por fin el micro partió sin nosotros. Miré las caras agotadas de mis tres compañeros: Raúl de 52 años, Mariano de 28 y mi hijo menor Juan Alberto de 15.

Habíamos viajado casi 1700 kilómetros desde Mar del Plata. Eran ya pasadas las ocho de la tarde, quedaban menos de dos horas de luz y todavía debíamos armar nuestras bicicletas, cargar en ellas el equipaje, recorrer mil metros por un accidentado sendero de canto rodado, mallín y arena por la ribera del Villegas hasta su junta con el Manso, hacer el campamento y encender el fuego. Sólo pensarlo cansaba.

"Poco antes de que den las diez", aún con luz, nos sorprendieron junto a un fuego las carpas levantadas empequeñecidas por gigantescos coihues, también cipreses, manzanos silvestres y helechos, ya casi sombras.

El suave dúo del Villegas con el Manso y el chapoteo a contratiempo de las truchas se nos metió en el cerebro anulando todo cansancio, hasta los recuerdos, la vida cotidiana.

De ahora en más éramos pescadores, sólo pescadores. Me costó dormir y más aún despertarme.

La claridad, el rumor del agua y una pareja de pájaros carpinteros en un tronco cercano me hicieron salir de la carpa. Raúl ya estaba junto a un fuego, los más jóvenes dormían. El desayuno es la mejor parte del día en un campamento, la fruta, el pan de ayer tostado en una piedra, el mate, el café.

Luego una lenta caminata por las riberas de ambos ríos, el Villegas, aunque menor, este año venía con bastante caudal.

Dos años antes tenía poco agua y nada de pesca, acampé aquí con mi otro hijo mayor, Juan Manuel, quien luego de unos días partió en bicicleta con otro amigo hasta Los Antiguos en el lago Buenos Aires. Ahora, este río en un corto trayecto ofrecía contraste: saltos, rápidos, remansos, playas, bordes de acantilados, sombras de diminutos sauces debajo de grandes coihues.

No habíamos observado trucha alguna.

Volvimos a nuestro campamento ubicado a sólo unos diez metros de hojas secas de un remanso del Villegas. Más café, otros mates. No hay apuro, la parsimonia nos va tomando. Los más jóvenes se despiertan, el desayuno se hace infinito.

De pronto, un chapuzón. No lo advertimos. Luego otro y otro más. Salimos en puntas de pie con las cañas de pesca. Ramas y hojas estallan bajo nuestras pisadas sigilosas.

Pescamos con moscas secas muy pequeñas #10 a #18, Griffith Gnat, Adams, Mayflies y otras. No hacen falta waders. Las truchas pican en los primeros casts, son chicas pero muy vigorosas. Pareciera no resultar importante el tipo de mosca, sí en cambio hacerla caer delicadamente y dejarla derivar naturalmente.

Luego nos vamos alejando más del campamento, ya son las once de la mañana.

El Villegas se torna un delta para unirse al Manso de difícil vadeo. En el remanso lateral de un torrente hago un cuidadoso cast, una arco iris de unos setecientos gramos toma la mosca en el aire y corre y salta una y otra vez.

Dejo de pescar, estoy feliz. Mis compañeros han pescado, y más que yo. También había tenido suerte Mariano que se iniciaba como mosquero. Las muchas horas diarias de pesca lo convertirían en excelente pescador.

Estamos tan contentos que parecemos locos. Ninguna trucha era grande pero la manera de pescarlas era muy divertida, debíamos hacerlo muy sigilosamente, agachados o a veces escondidos detrás de un coihue.

Los piques mermaron bastante en la tarde, más aún cerca del campamento, hasta hacerse nulos. Dejamos de pescar cuando todavía quedaba una hora de claridad. Encendimos el fuego para la comida de la noche.

Mi hijo insistía aún en pescar, demasiado cerca, a sólo unos pocos metros del campamento, sitio ya harto trajinado y aturdido por nuestros propios ruidos. Intentaba derivar una mosca río abajo, hasta el oscuro túnel de un pequeño sauce.

Hay bastantes buenos pescadores, lamentablemente yo no soy uno de ellos. Hay ya menos que saben enseñar lo que hacen y menos, muchos menos, que saben trasmitir la pasión de la pesca con mosca. Como éstos últimos tuve dos maestros: Heriberto Quintana y Marcos Córdoba. También disfruté las enseñanzas de Carlos Elbert, mosquero rosarino, pescando tarariras en el arroyo Pavón, a 50 Km. de Rosario. Mientras lo observaba pescar una tararira tras otra y yo trataba de imitarlo infructuosamente, me dijo esa tarde: "Los chicos pescan allí donde nadie lo hace, aprendí de ellos, no dejo de observarlos, son tenaces y creativos, dos virtudes importantes en la pesca".

-¡Papá, papá!- llamó Juan Alberto -. Corrimos todos a él. La caña completamente curvada, la línea que cruza velozmente a la orilla opuesta, la mano izquierda de mi hijo deja entonces escapar más metros del reel.

¡Quién no ve hermoso al hijo!, pero ahora lo desconozco: el gesto concentrado, la decisión, la destreza, me emociona verlo.

-¡Arriba Juan!- le grito -.

Creo que por mucho tiempo no se va a aproximar otra trucha por ese lugar. Lentamente la fue acercando a una playita diminuta que a duras penas lo contenía, nosotros observamos de arriba desde una pequeña barranca, colgados de los coihues.

Un chapoteo pesado y lento, ahora cercano. Pide entonces el copo que le habían regalado antes de la partida, lo abrazamos. Es una marrón de más de un kilo. Retornamos al enorme fuego, bailamos alrededor de él, estábamos felices. Un poco locos.

Nos demoramos tres días en ese paraíso de picos nevados. La pesca era buena. El caserío cercano a media hora de bicicleta, nos proveía de tortas fritas, dulce de mosqueta y chicha de manzana.

Partimos a las diez de la mañana. La bicicleta con todo el equipaje resulta pesada antes de acostumbrarse. Cruzamos a la otra orilla del Villegas por un puente y luego, por ese río, topamos rápido con el Manso. Lo seguimos. Nuestra meta era cruzar la frontera, distante 47 km. Se podía alcanzar en dos días, resultaron cuatro. El paisaje y las truchas marcaban nuestros pasos. No teníamos planes.

Comenzó a llover a poco de andar. Duró veinte horas sin parar. Cuanto más se resistía la naturaleza y más nos poblaba de dificultades, más nos estimulaba. Cuestas en las que debíamos descender de las bicicletas, caídas, barro.

Por fin, llegamos a una chacra al atardecer. Su dueño, Miguel Andrade, de unos sesenta años, descendiente de colonos chilenos. Su mujer hizo las mejores empanadas que comimos en ese viaje.

A Raúl se le escapó la trucha más grande, culpable de que nos demorásemos dos días más en este tramo del Manso. Aquí el río corría en una pequeña pampa, los enormes coihues muy espaciados, sombreaban reparos para algunas vacas perezosas. No había manera de despegar de ese lugar, sólo las truchas traían un poco de excitación a nuestras vidas.

Ahora sólo estábamos a menos de veinte kilómetros del límite con Chile. Un poco inocentemente creíamos que yendo río abajo predominaría más la bajada. Perdimos la inocencia con litros de transpiración. De más está decir que existía un natural agrupamiento generacional. Los más jóvenes debían esperarnos de cuando en cuando, a veces con ruidosas burlas, sobre todo, cuando un buey tenuemente domesticado que marchaba en dirección contraria a la nuestra, arremetió contra Raúl y yo, arrastrando vara, paisano y buey. Nos salvamos arrojándonos al charco de la cuneta lateral del sendero. Pareció un descarrilamiento. Cubiertos de barro alcanzamos a nuestros compañeros entre carcajadas.

Al mediodía superamos los trámites aduaneros. Recién entonces supimos que el camino culminaba en el territorio argentino, faltaban diez kilómetros. A partir de aquí si queríamos internarnos en Chile lo tendríamos que hacer de a caballo. El camino acompañaba al río permanentemente, cada tanto éste se ocultaba tras el bosque enmarañado.

Comenzamos a ascender lentamente, casi durante media hora hasta que llegamos a la altura máxima. Abruptamente terminó el camino que se continuaba en un sendero de animales. Ante nosotros, en declive, apenas salpicada de árboles, se extendía una prolongada planicie circundada por una vuelta del río.

La admiración y el cansancio nos detuvieron. Un mojón indicaba Chile. Un puente colgante en construcción, de más de cien y casi treinta sobre el agua, se mecía aún sin viento, tres tablones de andamio por el medio de la estructura posibilitaban el cruce. Como el ancho total era de tres metros no podíamos tomarnos de las barandas laterales, además debíamos sostener con una mano a las bicicletas lo que aumentaba la dificultad.

Raúl no quería cruzar. Por fin el Manso, en fila, nos vio pasar. A este sector se lo denomina Manso Inferior, son los últimos cincuenta kilómetros antes de volcarse al Pacífico y por los afluentes que va recibiendo, su caudal aquí es mayor que nuestro Limay.

En un recodo del río, ahora rugiente, se avistaba un diminuto pueblo de casas separadas unas de otras coronando colinas y acantilados. Un corto remanso bañaba el pueblo, lo seguían rápidos, correderas, pozones y la confluencia con el León, río más chico que limitaba y daba nombre al poblado. Por encima de las colinas, asomaban verdes montañas rematadas en nieve. Delimitaban un cerrado valle. Todo el pueblo se sucedía en empinadas cuestas, una detrás de otra. Venía muy poca gente.

Al principio presentimos cierto recelo en los pobladores pero al día siguiente ellos nos incorporaron como vecinos. Eran muy corteses y respetuosos, incluso los niños, éstos se sacaban el sombrero cuando saludaban. Los muchachos jugaron un partido de fútbol con cuatro o cinco carabineros y algunos pobladores: estaba todo el pueblo. La mitad jugaba y la otra mitad miraba.

Apolinario Olavarría había proyectado y dirigía el puente que habíamos pasado. Tenía sesenta años, pelo corto y bigote a lo Hitler, sombrero inglés y guardapolvo beige del que asomaba un metro plegable de madera. A pesar del bigote, era muy bondadoso y educado, también lo era con sus obreros, y fue nuestro compinche en esa semana. No era ingeniero ni arquitecto, tampoco constructor, casi no hacía planos. Tenía largas charlas con Raúl, nuestro compañero arquitecto, asombrado con el puente y con Apolinario.

Seguimos pescando con moscas secas. El primer día el remanso frente al cual estaban nuestras carpas fue abundante en saltos y piques, todas de medio kilo aproximadamente. Con el correr de las horas se fueron alejando hasta la confluencia con El León. Allí pescamos tres que pasaban del kilo.

Algo muy singular fue la larga mesa que nos trajeron los pobladores a nuestro campamento. Ubicada a solo dos metros, paralela al río, en ella atábamos moscas y cumplía funciones de mesa de examen de pesca. Uno pescaba y tres criticaban.

Dejábamos derivar una seca o una ninfa muy lejos debajo de un sauce. Era muy difícil llegar a ese lugar, se debía corregir previamente con roll cast para torcer el curso. Lo hacíamos todas las tardes. A veces, alternábamos con partidas de "truco". Le denominamos "el laboratorio". Otra vez aquí Juan Alberto, sacudió la paz de ese espejo con corridas y chapuzones de una "marrón" de un kilo y medio, con todo el apoyo de la mesa examinadora. Desde ella se observaban las truchas y el pescador de un lugar equidistante.

Por las tardes también nadábamos y buceábamos con lunetas mirando a las truchas, dejándonos llevar con la corriente suave hasta los primeros rápidos. Una mañana de lluvia apareció un paisano con caballos, llegó antes de que nos levantásemos. Venía del valle del León, dos horas de a caballo, hasta donde le había llegado el rumor de nuestra presencia. Estaba afuera, sentado sobre los talones como los gauchos, soportando el agua. Prudentemente alejado. Tendría unos sesenta años, canoso, de piel blanca. Tomamos mate con él. Nos propuso un viaje a unos lagos a dos días de a caballo. Lo sometimos a votación y partimos al día siguiente.

Todo el pueblo salió de sus casas a despedirnos y un grupo de hombres y mujeres a caballo, nos acompañó durante media hora. Río arriba, al paso, cargados en las grupas con alforjas, carpas, avíos de pesca y los tubos de las cañas, vistos de lejos mis compañeros semejaban lanceros. Ahora el valle era más cerrado aún, los precipicios de piedra caían a pico por arriba de nosotros.

El baqueano nos mostraba los nidos de cóndores. Vimos unos pájaros diminutos que nunca habíamos visto y en el río, de pronunciado declive, vimos visones cazando truchas. Le preguntamos a Andrés el porqué del nombre del río.

-El año pasado- contestó -, un solo "león" me mató cuarenta ovejas. Escapó, se perdió en la "tupidez."

Después de más de dos horas llegamos a su casa, en lo alto de una breve colina. A unos doscientos metros estaban los corrales, donde había atacado el puma. Nos invitó a comer. Entramos a la casa, rústica, de dos plantas y techo a dos aguas, hecha por él. Nos presentó a sus tres hijos: Cristian de siete años, Fabián de veinticinco, que trabajaba en el puente con Apolinario Olavarría y Jovita de unos treinta. Ella estaba preparando un guiso de cordero. La mujer hablaba poco, era de rasgos duros, boca grande y, como en sus hermanos, se advertía la ascendencia araucana.

Conversamos en la mesa, de caballos, "leones", y truchas. De costumbres de aquí y de allá, de hombres y de mujeres. Jovita se mostró más locuaz y nos enseñó las mantas, los aperos de montar, la ropa de vestir y ponchos por cuya trama no pasaba el agua. Todo lo hacía para ser usado, no para vender. Lo mismo con el queso, el pan y los exquisitos dulces de frutillas.

El pueblo chileno más cercano, Cochamó, distaba a cuatro días de a caballo. Nos despedimos. Cuando subíamos a los caballos y mientras esperábamos que Andrés nos acompañara, brotó una discusión a favor y en contra de la belleza de Jovita que debimos interrumpir con la llegada de su padre. Seguimos dos kilómetros más, hasta una planicie salpicada de cipreses y coihues partida al medio por el río.

-Aquí pueden acampar, vinieron hace dos años unos alemanes, nadie llegó desde entonces- dijo Andrés -. Hicimos el campamento, Andrés se despidió y llevó los caballos a su casa.

Por la tarde ya estábamos pescando. El río con saltos, enormes piedras y troncos que modificaban su paso, túneles de sombra, remansos cristalinos, canto rodado, otras veces arena. Se alternaban paisajes bellísimos a pocos pasos. Por la tarde fuimos los cuatro a pescar, pero antes hicimos una caminata por la orillas.


Observar a los peces era casi tan maravilloso como pescar. Desde una barranca, o una gigantesca piedra o montado sobre un árbol que atravesaba el río como un puente ubicábamos a las truchas que eran asustadizas. Eran en su mayoría pequeñas, pero también había más grandes. A través de un arbusto, en el fondo de un pozón de unos dos metros de profundidad, debajo de mis pies, vi a una de éstas.

Debí andar río abajo una veintena de metros, luego vadear a la orilla opuesta, regresar hasta unos diez metros río arriba de la trucha, vadear hasta la mitad del curso con el agua a la cintura hasta una piedra que me ocultaba completamente. Desde allí divisé el reducido remanso encajonado en vértice de piedras debajo del arbusto, donde debería estar la trucha. Ahora, yo no la podía ver, pero ella tal vez pudiese llegar a verme. Estaba a sólo siete metros, tenía una sola oportunidad. Asomé apenas la cabeza, muy lento hice un falso cast, la Griffith Gnat # 16 tomó envión perezosamente, casi besó la piedra, rebotó y cayó al agua.

Explotó el río.

El pez subió desde la profundidad y la atrapó en el mismo momento de la caída. Con el agua a la cintura, y cambiando la vara de pescar a la derecha o a la izquierda de la piedra donde me había escondido, luché con ella hasta poderla acercar a una playa de arena muy blanca a mis espaldas. La arco iris tenía un kilo, fue una de las mejores pescas que he hecho en mi vida.

El sol no llegaba a nuestras carpas hasta las once de la mañana. Tan altas y empinadas eran aquí las montañas. A esa hora apareció Jovita de a caballo, llevaba a otro más de las riendas. Tenía los labios pintados y sombrero. Lucía bellísima. Rodeamos parloteando como loros su cabalgadura, atrás venía su padre con otros caballos para nosotros. Callamos. Andrés nos habló del viaje: iríamos al Lago "Oscuro", propiedad de un paisano vecino llamado Adolfo. Debíamos primero ir en su busca, ya que lo necesitábamos de guía pues Andrés nunca había llegado hasta ese lugar. Fuimos al punto de encuentro con Adolfo. Desde un precipicio descubrimos su silueta de a caballo, abajo nuestro, a mucha distancia, tardó veinte minutos hasta que se nos reunió.

Comenzamos luego a subir la montaña, el sendero que serpenteaba la ladera dejaba espacio sólo para el caballo, del otro lado el precipicio. A ratos un tronco cortaba la senda, entonces nos agarrábamos muy fuerte de la montura y el animal lo sorteaba con un salto muy suave. El vértigo era fortísimo. El río abajo era una fina cinta. Llegamos a la cumbre, cerca de las nieves y comenzamos a bajar. Primero a una llanura de cañaverales que superaban a caballo y jinete, interrumpida con mallines y barriales, sin sendero. Parecíamos avanzar a ciegas. Delante iba Adolfo, luego Andrés con nosotros.
Cruzamos por el costado, un pantano chico pero pronunciado, con bordes de tosca. Juan Alberto cruzó un poco al medio y el barro chupó al caballo hasta la panza.

-Péguele- gritó Andrés -. Juan Alberto golpeó con la rienda sobrante la cabalgadura. El animal estiró las manos que parecían agarrar el borde de tosca como si fuera un felino, estiró las patas traseras casi nadando en el lodo, se irguió por delante y salió con el jinete.

Los gritos de triunfo acompañaron la salida del animal. Por entre las cañas asomó el lago.

-Uds.- dijo Adolfo -, son los primeros gringos que ven este lago.

El espejo debía tener unas cien hectáreas, angosto y alargado. Por la altura, las cumbres nevadas estaban bajas. Era hermoso, pero no fuimos capaces de sacar una sola trucha.

-Vamos a otro- ordenó Adolfo-En éste sí hay pique-. Los paisanos también pescaban con el sedal alrededor de un tarro de hojalata.

-Tampoco éste "laguito" lo conoce nadie- agregó-.

Nos desviamos un poco sin avanzar más. Nos topamos con una pequeña laguna de tan sólo media hectárea. Un óvalo rodeado de pantano y pozos cubiertos de hierba. Llegamos a la orilla cubiertos de barro, las abejas nos perseguían. Por uno de los numerosos agujeros del destrozado pantalón, en la ingle, penetró una. Sentí un lanzazo que me dobló en dos. Me erguí, faltaban pocos pasos para la orilla, metí una pierna hasta la rodilla en el barro, caí otra vez. Me levanté de nuevo, tomé la vara de pesca como un estandarte. Cubierto de barro, casi arrastrándome, con el último aliento, hice el cast ya agonizante con una seca #12.

Cayó al lago tras un vuelo demasiado breve. Un sacudón me elevó por los cielos, la felicidad de un instante. Una marrón de un kilo tomó la mosca en la superficie, la llevó hacia abajo, como siete metros. Me sorprendió la profundidad.

La lucha duró un rato, sólo la línea que iba y venía surcando el lago adivinaba al pez en ese lugar tan pequeño, el agua tan inmóvil, que acrecentaba la agitación que le habíamos provocado. Cuando la acerqué, la tomé con cuidado, le di un beso y la volví al agua. Luego me desplomé.

Retorné con mis compañeros. Nos abrazamos embarrados. Los paisanos en cambio, estaban impecables y habían sacado más truchas que nosotros. Regresamos desde aquí.

Descendimos la montaña, Raúl y yo estábamos atrás, delante los otros cuatro jinetes caracoleaban los senderos de precipicios. Desde arriba de las nubes que pasaban cubriendo y descubriendo el valle, extasiados, agotados, volvimos en silencio.

El esfuerzo nos había traído hasta aquí, sabíamos que pasado el cansancio nos contagiaba la tentación de seguir más aún pero estaba más allá de nuestras posibilidades. Aún nos quedaban dos semanas para un regreso lento, muy lento.

por Pedro Diez



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