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De aventureros y hospedajes

Soy una de las afortunadas que partió antes de la fecha fatídica que cambió muchos y aniquiló más hábitos argentinos. Con mi amiga Angela, partimos tempranísimo el 1º de diciembre pasado, hacia el sur del sur, para enterarnos de las “medidas” recién el do

El descalabro económico en nuestro país, entre tantas otras cosas, creo que llevará a terapia intensiva a la hotelería como tradicionalmente la entendemos. ¡Llegó la hora de los albergues para mochileros! Y quiero desmistificarlos... uno tiende a asociar "mochileros" con una banda de ruidosos adolescentes, entre los cuales se teme hacer el mismo ridículo que si después de los 30 de edad se entra al boliche de moda después de las dos de la mañana...  

Pues bien. Al día siguiente de haber partido, me encontré en la disyuntiva de abortar el viaje recién iniciado, o continuar de manera mucho más "gasolera" que de costumbre. En todas partes, buscamos los hospedajes más baratos. En general son con baño compartido y a veces, las habitaciones también. Lógicamente, hay de todo. En Calafate, encontramos una pocilga por $ 8 cada una, y un lugar acogedor, limpio, bien equipado por $ 10. En Punta Arenas dormimos cómodamente por U$ 6 los que incluían el desayuno. Frente de estos dos últimos lugares, estacionaban poderosas y carísimas camionetas 4x4, y se alojaban familias muy bien vestidas.

Donde dimos con el lugar más sorprendente, fue en Río Grande, Tierra del Fuego, Argentina.

Graciela Abat (oriunda de Bragado) tuvo la idea. Conversó con un amigo para proponerle hacer algo interesante como armar un albergue para viajeros. El hotel Argentino apareció como salido de un cuento, blanco y deteriorado por la vejez; el edificio tiene 75 años. De idea pasó a ser un proyecto concreto, con ganas de dignificar el viejo hotel que en épocas mejores, había sido el más concurrido por casi todas las personas de la ciudad y las que procedentes de otras regiones pasaban por allí. Se formó una sociedad para la explotación del albergue y conversaron con los dueños. Pero el desafío fue aún mayor. En el viejo hotel vivían pensionados a quienes el PAMI pagaba la renta de la habitación. Cualquiera que pensara dedicarse a los turistas, hubiese pactado el alquiler de un edificio vacío, pero no en este caso... Graciela y sus socios no los desalojaron, aceptando a los pensionistas incluidos. Se trata en general de personas mayores de pocos recursos, que se resisten a malgastar sus últimas energías y habilidades sepultándose en un asilo de ancianos.

Toda la recaudación de los primeros tiempos de reinvirtió en el reciclado, en el que primó el buen gusto logrando la calidez de las viejas casas de la época. Miraflores fue su primer nombre; años más tarde se llamó hotel Argentino y les pareció importante mantenerlo, por tradicional; los viejos habitantes de Río Grande, cuando pasan, se asombran de que esté ahora pintado de color amarillo y notan la diferencia que poco a poco está adquiriendo la fachada, a la que se respeta al máximo su estructura original.

El edificio tiene 27 habitaciones y unas 40 camas. Los detalles son los que evidencian la tarea realizada con amor... Es más que evidente que Graciela disfruta plenamente todo lo que hace, desde patinar mesas, pintar cortinas, hasta poner un comprensivo hombro a disposición de sus pasajeros, los que, más que haber sido atendidos, sienten que fueron cobijados.

Y lejos de una multitud de jóvenes bulliciosos, los turistas que encontramos eran todos adultos ¡y qué personajes!

Un francés de 38 años de edad, Jacques Sirat, piel tostada y reseca de tanto sol y viento destacando una alegre y franca mirada, que un día se hartó del "sistema" y salió a correr por Europa, por allá por 1994. Corrió 18.260 Kms. gastando 26 pares de zapatillas y uniendo 32 países en un año y medio. Se detuvo un tiempito, pero ya no podía retornar a una rutinaria, burguesa y urbana existencia después de tamaña experiencia, así que en el 97 partió nuevamente, esta vez montando una bicicleta y cargando unos 80 Kgs. de equipo. Ya visitó la mayor parte de Asia y Europa y estaba en Río Grande preparándose para alcanzar "el fin del mundo" antes de remontar toda América por su costa occidental.

Este ex-empleado de Correo, es auspiciado en parte por una marca deportiva, escribe artículos para revistas especializadas y acepta cualquier tipo de changa que le permita continuar su viaje sin fin. En Brasil dictó conferencias sobre ciclismo para chicos enfermos en un shopping que le financió otro mes de recorrido. Me contó que cuando corría, en las capitales europeas encontraba en poste restante decenas de cartas de chicos que le enviaban dibujos. Ahora, cada vez que abre su casilla de correo electrónico, descarga hasta 400 mensajes que lamenta no poder responder en su totalidad.

Además del "Francés errante", conocimos aquí a Dominique, una arquitecta que había trabajado en política. Por una circunstancia fortuita, debió permanecer -hace unos años- varios días como huésped de una familia nómada, en Cachemira y Jammu (norte de India y Pakistán). Allí conoció otra escala de valores y necesidades cotidianas, volvió a Francia, renunció a todo, y desde entonces se dedica a guiar turistas a esa región que conoce a fondo y aprendió a amar. Bin Laden le impide el acceso actualmente, así que aprovechó para conocer la legendaria Patagonia. Llegó en avión a Buenos Aires y desde allí viajó a dedo hospedándose en albergues para mochileros.

La gran sala de estar de Graciela se convierte al caer la noche en un lugar de febril intercambio de información. Se despliegan mapas, se agendan direcciones, se comparten mates y en este caso, el asado que Angela hizo bajo la lluvia, mientras uno de los pensionistas estables le ceba mate a Graciela que pinta un viejo mueble y otro carga el lavarropas con sábanas. Los franceses celebraron el festín; para Dominique fue el primer asado de su vida! Produce una rara sensación compartir momentos así con aventureros que han recorrido exóticos lugares de todo el planeta. Es como que la época de los grandes exploradores continúa ¡y sos uno de ellos!

La alegre convivencia de los turistas extranjeros con los pensionistas locales, sólo puede darse gracias a la fuerte y conciliadora personalidad de Graciela. Nadie se estorba, todos se complementan. A la hora de cenar, compartimos la mesa 3 franceses, un sueco, un chileno, una escocesa y dos argentinas; mediante un disparatado cruce de traducciones, todos nos comunicamos con felicidad.

Una buena cama, agua caliente, una gran cocina disponible, excelente compañía y la posibilidad de escuchar fascinantes anécdotas de personajes escapados del Discovery Channel, por módicos U$ 10. Quien prefiera seguir pagando -si puede- un impersonal hotel de 2, 3 o las estrellas que sean, se lo pierde...

Raine Golab



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