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El espíritu de la laguna

La bahía del Braulio es un rincón de la laguna de Sauce Grande, a 15 km de Monte Hermoso y 20 km de Coronel Dorrego en la provincia de Buenos Aires.

 

I

El invierno en la llanura argentina, sin ser despiadado, es excesivamente frío, ventoso y triste. Las nubes grandes, con sus bordes oscuros, navegan por un cielo que se adivina pálido y opaco. Las tareas campesinas son un bálsamo de actividad para evitar que el paisaje apriete el alma y el razonamiento enloquezca.

El hombre de la zona es taciturno, reservado. Si su condición lo ha llevado a habitar en las pequeñas ciudades o pueblos, el paisaje igual deja su huella.

El manto del clima y la visión diaria forman al individuo. Lo tallan para que encaje en un todo sin desentonar. Casi no hay diversiones. La amistad es dispersa y rara. El recelo es cosa común, aunque se niegue.

Las casas son bajas porque el viento las aplasta desde la idea. Son de grandes habitaciones y pocos muebles, como grande es la extensión que se alcanza con la vista y mínimos los elementos que la alteran.

La vista se pierde en el horizonte lejano y sin alteraciones, acongoja. La tristeza es la realidad y el sonido del viento es la música que se conjuga con el pensamiento, que de ninguna manera, puede ser feliz.

Las lagunas de la provincia de Buenos Aires, gigantescos espejos de agua encadenados entre sí, son la impronta chata que altera la visión interminable de pajas bravas y cardos bajos. Los vientos las castigan sin piedad. No encuentran ningún accidente elevado que los amaine. Cortan la llanura silbando entre los pastos duros. Levantan olas encrespadas en el agua que ponen más tristeza y frío a la visión. Las olas, copas de espuma bravía y movediza, se suman de a miles. Asemejan corderos que desaparecen cuando se les quiere fijar la vista. Aparecen como en un salto que viene del fondo y son detenidas por el viento que las destruye implacable cuando ascienden a la superficie.

II

Durante la semana, desde la cabina del tractor, Braulio se entretiene con el vuelo circular de las gaviotas que rodean a la máquina mientras marcha. En picada se arrojan hasta el surco roto y, temerarias, bajan en busca de algún bicho o lombriz que atrapan y engullen en segundos. Esos anillos blancos y vivos, plagados de gritos monocordes y agudos, son su compañía.

Es domingo de invierno, cargoso y porfiado. Un feriado lo descoloca. Debe cambiar de ropa, que casi no tiene.

Se pone la camisa blanca a la que le falta el botón del cuello y otro en una manga. Ese no importa. El saco de lana jaspeado en verde y gris que le tejió su madre, hace tanto, lo disimula. Se ajusta con un cinto de cuero crudo, sucio y usado, el único pantalón marrón. De salir. Se calza los zapatos negros tipo militar que compró cuando se casó su hermana. Se termina de engalanar con un saco beige que le ajusta de hombros y no le cierra. Acomoda su boina negra y bien afeitado sale para el pueblo. Son las diez de la mañana y todavía conserva el buen ánimo.

La helada que cayó por la noche aún no termina de levantar. Se eleva fría desde el suelo desafiando al sol. Despide un aliento escarchado que le hiela los pies.

Dos leguas largas lo separan de la ruta. Todo es conocido, las caminó con el mismo frío muchas veces. La caminata lo pone ansioso, apurado. No lo entretiene. De la casa hasta la tranquera. De la tranquera, por el alambrado, hacia la izquierda hasta el otro alambrado. Desde allí con dirección al molino hasta el camino tambero. Luego, por este camino, con la laguna a la derecha, hasta su final. La ruta, apagada como una cicatriz en el verde amarillo del campo, lo mimetiza hasta que algún vehículo lo levanta y lo lleva hasta el pueblo.

III

La laguna, furiosa, parecía querer saltar por el aire. El viento provocaba las olas que levantaban, a un metro de la superficie, una neblina gruesa que mojaba como llovizna. Vaivenes borrachos de distintas densidades, dibujaban el aire desordenado por ráfagas intermitentes. Alguna que otra embarcación saltaba. Eran manchas oscuras que aparecían y desaparecían acompasadamente.

Como siempre, se detuvo frente al agua en el mismo lugar. Una pequeña bahía de tierra barrosa que recibía los lamidos ruidosos de las olas blancas y pertinaces.

La laguna lo atrapaba y recordaba los cuentos que su madre inventaba cada vez que se lo pedía. Que lindo era vivir con ella. Su madre y esos cuentos eran el encierro preferido de Braulio. Le gustaba pensarse como miembro de uno de esos cuentos y participaba, vivo en su locura, debajo del agua.

IV

Fantaseaba con los peces y con una dama que los gobernaba. Una compañía de pequeños dragones, oscuros y feroces, eran los voraces enemigos que pretendían alcanzarla. Las tarariras habían tomado ese rol en la inocencia de su idiotez.

La dama era de piel transparente. Se podía ver a través del cuerpo formado de niebla. Su ropa suelta de colores pálidos y el pelo muy negro retorcido en una sola trenza que llegaba cimbreante más abajo de los insinuados senos.

Braulio miraba deslumbrado la salvaje danza de la laguna. Esperaba ser sorprendido por esa representación idealizada desde la voz de su madre y elaborada laxamente en la soledad del tractor, entre el olor a gasoil y las gaviotas.

Después de un buen rato, en el que sus esperanzas no se destruían, seguía el camino.


V

Llegaba al despacho de bebidas que estaba en la YPF. Saludaba con su boina en el pecho, inclinaba ligeramente la cabeza y repetía:

- Buen día, buen día, buen...

Siempre lo hacía hasta llegar al mostrador, donde se acodaba con una sonrisa que tardaba como una hora en desaparecer. Hasta el mediodía se hipnotizaba con la carrera de autos, sin prestar atención a los comentarios de aquellos que cada domingo compartían la televisión y su soledad. Salía del boliche con la alegría en el cuerpo de dos grapas dulces.

Entraba por las calles empedradas hasta la plaza, que a esa hora ya estaba concurrida. La giraba con avergonzado paso y se dirigía a la casa de su hermana. Allí repetía el ritual de la boina al pecho y las inclinaciones de cabeza. Se sentaba a la mesa mirando a sus sobrinos, mocosos y llorones, hasta que servían la comida.

Su conversación era mínima. Daba respuestas. Nunca tenía interés por preguntar o esperar contestación. Su idioma se había desarrollado sólo contestando preguntas.

- ¿Cómo estás?

- Bien.

Quienes lo conocían, superado el interrogatorio elemental y respetando su desinterés, ya no lo participaban del resto de la conversación. Braulio era alguien que estaba pero no influía en nada de lo que pasara. Se quedaba en lo de su hermana absorbiendo sentimientos. A las cuatro de la tarde, más o menos, pegaba la vuelta desandando el camino hasta la bahía de la laguna. Aún cuando su cuñado lo quisiera llevar hasta el campo, él se bajaba en el mismo lugar.

VI

Se acercaba a un pequeño escalón. Sin importarle la humedad de la tierra, se sentaba y disfrutaba de su delirio al imaginar escenas en las cuales participaba de ese reino de fantasía con la dama que llenaba su alma y su pensamiento.

Flotaban juntos en la niebla. Se paseaban sin caminar por entre los juncos que se abrían para liberarles el paso. Se elevaban tomados de la mano y se internaban en el agua negra, que era transparente y apenas transformaba las figuras. Miraban confiados a las tarariras. Dragones temidos que, casi inmóviles, los miraban indiferentes desde una celda de juncos. Los cardúmenes de pejerreyes, numerosos y apenas separados entre sí, trazaban figuras elegantes e invisibles alrededor de ellos.

Quieto y absorto, con la mirada perdida en algún punto del horizonte, se dejaba transportar a ese mundo mágico, suspendido entre la voz tibia de su madre, la bravura de la laguna y las imágenes tejidas en esos cuentos interminables. Cuando la oscuridad o el frío lo sacaban de sus pensamientos, regresaba sin prisa a su casa. De allí a la cama y al otro día al tractor.

VII

La cabina oscura, el asiento duro y el austero tablero recogían su presencia. Como cada mañana, la capa de hielo en el parabrisas tardaría en derretirse. Ponía en marcha el viejo tractor, lo dejaba calentar y lo metía en el potrero que había empezado a arar el día anterior. Mil metros hacia el este mirando al sol que, pálido e impotente, empezaba a despuntar. La inmensidad por delante le era indiferente.

Daba una vuelta corta, fijaba la vista en la huella recién arada y se ponía a la par, en un milimétrico cálculo que dejaba a los surcos paralelos e iguales. Volvía otros mil metros controlando atento la rectitud de la marcha. Esto se repetía hasta el mediodía. Volvía a las casas donde, junto a los encargados, comía calladamente.

Sus compañeros de almuerzo ya habían agotado los interrogatorios. El silencio sólo se interrumpía por el ruido de platos o por el tintinear de la botella de agua al golpear el borde de los vasos gruesos. Después de la comida, volvía al trabajo.

Mil metros hacia el oeste viendo como el sol bajaba. Una vuelta corta y la vista fija en el surco recién arado.

Las bandadas de gaviotas seguían el rutinario destino graznando y quitándose en el aire la comida que alcanzaban. Una danza insensata de aves blancas y gritonas era el espectáculo repetido y tenaz.

VIII

Braulio soportaba la rutina y el tedio sin que influyera en su ánimo. Las manchas blancas que planeaban por delante y por detrás lo entretenían.

Su mente limitada se centraba en esos viajes por la laguna. Protegido por los recuerdos de su madre, gozaba de esas presencias imaginadas y tan queridas.

Sabía que cada domingo, cuando llegaba a la bahía y se sentaba en el mismo lugar, todos lo estaban esperando. Era parte de ese mundo. Cada pez, cada garza, cada nutria cumplía con lo que él esperaba.

Con gestos indicaba las danzas preciosas e interminables de los pejerreyes en sus giros precisos y repentinos. Dirigía con sus manos elevadas, más allá de sus hombros, una sinfonía que movía ese ballet de flechas blancas que obedecían cada una de las coreografías indicadas. Con su dedo índice marcaba a la garza el momento preciso para que cortara el aire con sus alargados aleteos y comenzara con el acto sublime de la danza. Se reflejaba en diagonal sobre el cielo azul, sobre el agua oscura donde los peces, de acuerdo con las indicaciones de Braulio, hacían arabescos maravillosos. Luego, su cabeza giraba hacia los juncos. Bajaba enérgico su mentón y salían, en una loca carrera de negro y amarillo, gallaretas enlutadas poniendo el detalle escandaloso en esa sinfonía de sonidos suaves y movimientos interminables.

Nada le importaba más que ser parte de ese realismo que dirigía desde su alienación y enfermo encierro.

Cada día, al terminar su jornada, esperaba la comida mirando el atardecer con sus gratos pensamientos puestos en esas imágenes repetidas. Había en su vida una rutina de trabajo que ocultaba una creatividad secreta permanente. Quienes lo rodeaban sabían de estas locuras pero no conocían sus detalles. Era muy fácil verlo dirigir una imaginaria orquesta en la laguna, con gestos suaves y medidos.

También era común una sonrisa extendida en la cara tonta, sin motivos aparentes, en momentos raros. Braulio, era feliz en su idiotez y eso a nadie parecía molestarle.

IX

Ese domingo volvía del rutinario paseo rumbo a su casa. Como cada domingo del año, esperaba ese momento para empezar el diálogo fantástico con la laguna, sus animales, sus personajes y ese delirio mágico que lo transportaba.

Caminaba y la sonrisa no se le desdibujaba del rostro, a pesar del frío que encendía sus mejillas. Salió del camino en busca de la bahía. Un pequeño barranco separaba el inicio de la playa. El agua se divisaba luego de alcanzar el punto más alto. Trepaba el último trecho, con la cabeza bamboleante y la mirada en el pasto que empezaba a humedecerse, sonriendo de gozo por el inminente encuentro.

Traspasado el barranco, parado sobre la meseta pedregosa que bajaba hasta el agua, su cara cambió. Los abiertos y aterrorizados ojos parecían salir de la cara blanca, cianótica, que mostraba la cavidad profunda de su boca abierta. Muda y quieta. Sus brazos se movían hacia la boina con movimientos paralelos y rítmicos. Giraba la cabeza buscando a alguien y miraba hacia el cielo, implorante. Las piernas no le respondían. La costa rugosa y negra estaba tapizada por una plataforma de pejerreyes que mostraban su agonía con leves y ondulantes movimientos. Hacia donde la vista se dirigiera, la alfombra plateada se movía moribunda. No podía entender lo que veía. La desesperación lo aturdía. Descendió.

En el playado comenzó a arrojar los pejerreyes al agua. Los empujaba con el pie, pero las olas impiadosas los regresaban a la costa. En el barro, algunos intentaban girar su aleta caudal con movimientos esforzados e ineficientes.

Aquellos que pasaban por el camino no veían la tétrica escena de muerte y locura protagonizada por los peces que eran arrojados por la corriente a la tierra negra y barrosa. Braulio iba de un sector a otro, gritaba, levantaba los peces y los miraba con ojos desorbitados antes de apoyarlos amorosamente en el agua.

Cada vez más panzas blancas aparecían en la superficie de la laguna. El viento persistente provocaba el oleaje que los subía a la costa. Ese viento del oeste era el arriero macabro de la muerte.

Poco a poco, algunos espectadores llegaron para asombrarse y presenciar esa escena terrible. Braulio los miraba, levantaba algunos peces, los mostraba y con su mirada idiota pedía una explicación. Pensaba en su dama y en los paseos sin tiempo que juntos hacían a lugares silenciosos y bellísimos. Pensó que agonizaba, como todos esos pejerreyes que se ahogaban impotentes arrojados por el viento y la corriente.

Los gemidos dolorosos y prolongados de Braulio sumaban espanto a la tragedia. Sus manos extendidas los señalaban mientras su mirada extraviada buscaba ayuda. Estuvo horas, el insensato, en el menester de recoger peces casi muertos y tratar de revivirlos.
Algunos testigos, muchos más de los que en realidad lo vieron, contaron que de pronto el viento amainó. El sol escuálido del invierno desapareció lentamente entre nubes lilas y rosadas.

Justo antes del anochecer, con paso cansado y los hombros encogidos lo vieron internarse en la laguna que, como un gran ataúd, se había quedado quieta para esperarlo. Aparecieron gaviotas y garzas que volaron por encima de la cabeza de Braulio en un cortejo envolvente de aleteos y graznidos. Mientras caminaba inflexible hacia la muerte, dicen que apareció una dama, casi transparente, envuelta en niebla, que lo abrazó justo cuando desaparecía. Luego el viento desató su furia, la laguna se encrespó como un océano y la masa de muerte apoyada en la playa oscura era despedida por olas gigantes que la alejaban de la costa.

por Enrique Gómez
Del Libro "De pescados y pescadores"



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