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El engaño clavado en su boca

Antes de ir a pescar, muchas veces hablamos con nosotros mismos. Distraídos y desde nuestro interior sorpresivamente el instinto avisa donde se encuentran – ¡no es lejos! La trucha espera -, su voz sin salida muchas veces dice la verdad...

 

Es entonces cuando todo comienza a vibrar, la alegría brinca de contenta. Una maraña de ideas te aleja del despelote, en una fracción de segundo el rumbo se acomoda buscando el destino...

Tomé el volante y comencé a viajar. Las piedras que "muerden" los neumáticos vuelan, el ruido produce una sinfonía arrítmica... los golpes no duelen, el chasis se afirma al camino.

¡Qué placer! otra vez en el río...justo en el lugar desde donde la intuición había llamado.

Estacioné de trompa apuntando al viento. Desenrosqué la alfombra detrás del Defender sobre los puntudos coirones amarillentos, quemados por las primeras heladas. Desplegué la silla para acomodar mis huesos y articulaciones, en posición sentado, antes de meterme dentro de wader. Saqué del bolso impermeable los zapatos de vadeo, llenos de arena endurecidos del frío. La felpa antideslizante abierta y despegada de las puntas de sus suelas, confirman el uso y el desgaste de toda una temporada.

La idea de limpiarlos en la orilla podía alertar al pez. Sabía que él se escondía justo de éste lado y que, en las heladas mañanas de otoño "las grandes buscan aguas bajas" donde los primeros rayos de sol templan la atmósfera.

No era necesario meterse... esta mosca va despedir la temporada, "así pensé..."

En el medio del río una gran piedra partía la superficie, dejando dos surcos al chocar, las ondas rápidamente desaparecían bajando la corriente... todo estaba saliendo como había planeado, era el último día de tantas jornadas.

Listo, analicé el modo en poner la mosca por un costado de la roca. Conocía la táctica, una de las más antiguas y eficientes como para poder sorprender a la astuta trucha desde afuera.

Sin ser visto, me ubiqué en una posición donde mi sombra no reflejaba "la presencia extraña" del intruso. De un solo lanzamiento la línea se extendió prolijamente... el gran pez se sobresaltó, sin embargo de un mordisco dio vueltas y comenzó a huir furioso por el engaño clavado en su boca.

por Raúl Sommariva (abril/2003)



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