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Un viaje de novela

Jorge C. Donovan (1918-1997) fue uno de los fundadores de la AAPM y presidió su Comisión Directiva durante varios períodos.

 

Quienes lo conocimos guardamos de él un respetuoso y afectuoso recuerdo, y el permanente reconocimiento por lo mucho que hizo en favor de la pesca con mosca y la conservación. De su libro "Nací Pescador", publicado en 1983 reproducimos un capítulo en el que Donovan nos pinta cómo era la realidad que encontraron él y otros pioneros de la pesca con mosca en la Argentina, en. esos tiempos cuando ni caminos había.

Corría el año 1952 cuando con el Bebe Anchorena planeamos una aventura en busca de lugares de pesca desconocidos por nosotros. Con planos y mapas estuvimos estudiando, durante un invierno, hasta que nuestro itinerario estuvo completo. Según "conocedores" el viaje era poco menos que imposible. Hubo quien nos habló de la "Meseta de la Muerte", impasable, al punto de que ahí la ruta 40 quedaba trunca por un alambrado que la cortaba, como si fuera " El Muro de Berlín".

A pesar de todo un 3 de enero salimos de Buenos Aires en un Chevrolet que ya tenía gran experiencia en caminos patagónicos... Nuestra velocidad máxima sena 70 en el pavimento y 40 en la tierra, evidentemente no eran dos tuercas los que iniciaban el raid.
Nuestra primera etapa fue Tandil, ahí completamos la carga, dos días mas tarde emprendimos la marcha. Cuánto tardamos hasta "paso Flores" sobre el Limay, no sé, tal vez 2 días, tal vez más, por supuesto que eran días de 24 horas ya que no se paraba más que a cargar nafta. Íbamos muy despacio, al punto que al pasar por la plaza de Allen pinchamos una goma, yo oí el ruido que hizo al desinflarse, le digo al Bebe: "Pará que pinchamos una goma" me contesta tranquilamente: "No puedo parar porque estamos parados!" ¿Qué había sucedido? Íbamos tan despacio y tan entretenidos conversando, que nos habíamos detenido, yo no me había dado cuenta. Llegamos a la hostería Paso Flores sobre el Limay, e inmediatamente saltamos dentro de los waders y al río.

Yo estrenaba una "Salmón de Luxe" de Hardy, modelo viejo, un cañón impresionante, más en esa época que usaba línea muy pesada, estaba usando un G 2 A F, era gruesa como un lápiz, pero como hacíamos mucho "roll cast" me parecía sensacional. Aclaro que al Bebe nunca le gustó. Todavía la tengo y tirando una línea WF6 no es tan mala como otras cañas de esa época, aunque muy pesada. Recuerdo que pescamos un ratito y sacamos varias arco iris "tamaño kilo", pero más grandes que las tamaño kilo actuales... Comimos, e hicimos el plan. A pesar del Limay (palabras mayores en aquellos días), resolvimos tomar la ruta 40 al día siguiente, la intriga y las ganas nos impulsaban hacia el "Cardiel". También... el Bebe se había agenciado una foto en que mostraban una pila, y no es figurado, ni exageración, de truchas arco iris que la mas chica pesaría 4 kilos.

Viajamos todo el día para llegar de noche a Esquel. Dormimos en un viejo hotel. A la mañana siguiente fuimos a la "Importadora y Exportadora de la Patagonia" cuyo gerente nos daría cartas e instrucciones para llegar a algunas estancias, también nos cambió cheques, de ahí en adelante nuestro banco era la "Importadora". Gracias a la gentileza de Charlie y Pafoy Menéndez y Carlos Braun Menéndez, que nos había facilitado cartas y directivas para nuestro viaje, así como una invitación a todas las estancias de la firma por las que pasáramos. Seguimos viaje con intención de quedarnos en el Senguerr, pescar y visitar la zona. Salimos de madrugada, paramos en Tecka a tomar el desayuno. Era como si hubiéramos viajado al siglo pasado, a algún lugar del Far-West. En aquel momento no aprecié bien el pueblito fronterizo, hoy la distancia me lo pinta mucho más bonito y romántico.

Cómo lamento no tener una pluma florida para describir lo que entonces vi. Las casas de madera, las veredas de madera y elevadas, la ruta 40 que lo cortaba al medio.

Llegamos a Alto Río Senguerr a medio día. Compramos chocolate y galletitas. El viento era tal, que los envoltorios de los chocolatines que dejábamos caer por la ventanilla del coche se remontaban como barriletes, y pasaban por encima de las casas para perderse en la Patagonia.

Lamento no recordar todos los detalles de aquel viaje, hace ya muchos años y no tomé las debidas precauciones de anotar tantos parajes y paisajes de aquel viaje maravilloso. Recuerdo si que una madrugada, unas horas antes de "Bajo Caracoles", nos quedamos sobrecogidos por el paisaje. Era una noche de luna llena, íbamos atravesando unas serranías bajas, el camino muy sinuoso entre enormes piedras de variados colores y distintos tonos, que hoy creo iban del rojo vivo al verde tenue del pasto recién nacido.

Recuerdo con nitidez que cruzó la huella un enorme zorro colorado, rompió el encanto y el silencio en que aquel paisaje nos había sumido. El Bebe comentó: "Parece que estamos en la Luna", y faltaban años para el Apolo VII.

Después de atravesar la Pcia. del Chubut y parte de la de Santa Cruz llegamos por fin a Cañadón León, donde almorzamos e inquirimos datos sobre el camino al Lago Cardiel, primer objetivo de nuestro viaje. Los informes fueron vagos y desconcertantes, aparentemente no había camino, sin embargo, en sus cercanías existían pobladores. Finalmente nos indicaron una huella. Iniciamos nuestro viaje llenos de confianza y optimismo. A medida que avanzamos, el camino se hacia cada vez peor, así descubrimos que nuestra huella era el lecho de un río seco. Marchamos un par de horas así hasta que la huella empezó a mejorar, pero a cada paso topábamos con tranqueras de alambre. Jamás he abierto tantas como las que abrí aquel día. Al promediar la tarde, serían las 4 ó las 5, no podría precisar, avistamos el Lago. En aquella soledad, rodeados por la "terrible meseta Patagónica", el lago, color turquesa, era de una belleza inenarrable. Nos quedamos atónitos ante aquel enorme lago perdido en el mismo centro de la Patagonia y nuestros espíritus se colmaron de fe y de esperanza. Creíamos haber alcanzado nuestra meta, sólo nos restaba encontrar la huella de bajada.

El camino empezó a costear el lago, que veíamos allá abajo, aunque parecía cerca estaba muchos metros hacia abajo y a varios km. de distancia. A medida que avanzamos nos alejábamos del lago hasta que dejamos de verlo, aunque sabíamos que lo estábamos bordeando. La huella se hizo cada vez más fea, hubo que bajarse varias veces para apartar las enormes piedras que nos cerraban el paso. Veíamos grandes manadas de guanacos, que mansos y curiosos, se arrimaban muy cerca del automóvil. No sé si me imagino o es cierto, que vimos una tropilla de caballos salvajes crinudos y porrudos, galopando por las sierras. Se estaba haciendo oscuro, eso que era enero, el sol se ponía bien pasadas las 10 de la noche. Imaginen lo que pasaba dentro nuestro, después de ver y gustar del lago, no podíamos llegar a la orilla. Ya pensábamos hacer noche en plena meseta, cuando al bajarme del coche para apartar una piedra del camino, descubrí una tenue huella en dirección al lago, la seguí lleno de esperanza y descubrí la bajada.¡Pero qué bajada! Arena pura y totalmente a pique. Lo llamé al Bebe, cambiamos impresiones, llegamos a la conclusión de que bajar se podía, volver a subir ¡jamás! La decisión fue unánime e inmediata, bajaríamos! Cuando íbamos por la mitad, en la penumbra de la tarde, avistamos dos o tres ranchitos miserables a orillas misma del lago, sobre la boca de un río. Esto aumentaba nuestras esperanzas de pescadores, pero, ¿quién habitaba ahí? Perdidos en la Patagonia, sin comunicación aparente con el mundo exterior, serían cuatreros, contrabandistas. Eso elucubrábamos, así que había que tomar precauciones, esconder el dinero y colocar las "45" bien a mano. Seguimos bajando y por fin llegamos. Aparecieron dos hombres vestidos de paisanos, que resultaron ser gendarmes, uno, casado con una india, tenía varios chicos.

No sé quien estaba más sorprendido, ellos o nosotros. Al informarles que íbamos a pescar, lanzaron exclamaciones de asombro, pero mucho mayor fue el nuestro, cuando nos informaron que la temporada del róbalo había pasado y que no había pescados en el río. A pesar de ello, armamos las cañas y nos largamos a la boca. Creo que las dos primeras moscas lanzadas al Cardiel fueron las nuestras. Enseguida empezamos a sacar, pero no las enormes Arco Iris de la fotografía, sino modestas Brook Trout de alrededor de 1 kilo. El Bebe cambió de caña, armó una Víctor y empezó a lanzar una enorme cuchara noruega, sin éxito. Cuando se hizo noche cerrada volvimos al rancho donde vivía la familia, llevando las truchas que hablamos pescado. Entramos a la cocina donde el humo y el olor rancio de las frituras hacían de aquel ambiente un lugar inhabitable.

Nos alojaron en el rancho de al lado. Armamos nuestros catres de campaña uno a cada lado de la puerta, no había ventanas pero el ambiente era pasable. Nadie vivía allí. Comimos las truchas fritas por la india y nos fuimos a dormir. Por supuesto que nos acostamos semivestidos dentro de las bolsas de dormir. Yo, por precaución, en estos casos pongo la "45" en el cinto de manera de tenerla siempre a mano...Ni bien nos acostamos nos quedamos dormidos profundamente. Me desperté al oír abrir la puerta, la reacción fue inmediata, salté en el catre y encañoné la puerta. Entre sueños lo vi a Ferro que gritaba: "No tiren, no tiren". Termine de despertarme y lo vi al Bebe, que también apuntaba. Pobre Ferro, sólo venia a hablar por radio al cuartel, necesitaban víveres y tabaco, también alpargatas... y casi, casi, le hacemos dos ojales.

Seguimos sacando brooks, pero vimos en el río una enorme Arco Iris. Le hicimos unos cuantos tiros, pero el agua muy baja la tenía muy nerviosa, así que en una arremetida salió al lago y la perdimos de vista. Total, nada digno de contar. Al día siguiente reanudamos la marcha, cruzamos un vado muy bajo en el río y por la margen opuesta encontramos un camino buenísimo que recorrimos en un par de horas para llegar al lugar donde dos días antes habíamos avistado el lago por primera vez... de ahí pusimos proa a Nacimiento. Qué de ilusiones, íbamos convencidos de que encontraríamos otra "Boca del Chimehuín". Menos mal que el paisaje cambiante nos entretenía.

Pinchamos dos gomas, de modo que pensábamos arreglar y pernoctar en Nacimiento antes de salir a explorar. Llegamos, aquello era más triste y más pobre de lo que imaginábamos. El hotel, no se movía por milagro, porque la cantidad de insectos era impresionante. Fue así que después de no dormir unas horas decidimos seguir adelante, nos vestimos y a media noche partimos rumbo al Lago Viedma, ahí pararíamos en una estancia, llegamos ya anochecido, nos esperaban. ¡Qué baño nos dimos! Hacía como ocho días que no nos bañábamos. Además, qué comida, ni la reina de Saba comió mejor y con más hambre que nosotros esa noche, además dormimos en buenas camas con sabanas limpias, nadie se imagina que placer es ese, luego de ocho días de camino, durmiendo sentado o no durmiendo. Al día siguiente, seguimos teníamos una nueva meta, el río Leona.

El paisaje era cambiante, de meseta y desierto a cordillera y bosques, pasto verde, lagos inmensos, glaciares etc... No íbamos con espíritu de turista y no apreciamos demasiado.

El río Leona no fue lo que esperábamos, un río enorme y muy correntoso, lo cruzamos en balsa y seguimos; lago Argentino, un mar enorme; aceleramos la marcha, pasamos una noche en Estancia Anita, muy bonita pero los informes de pesca no eran lo que esperábamos. Nuestra próxima meta: estancia Glen Cross y río Penitente. Otra desilusión, sacamos, pero todo chico. En este lugar ocurrieron dos cosas dignas de mención. Habla un escocés ovejero entrado en años que era pescador y sería nuestro guía. Nos mostró su equipo, que trajo en su juventud cuando llegó a América, estaba obsoleto y muy mal cuidado. Se parecía a su dueño, resolvimos proveerlo. Llegamos al río, el Bebe le prestó una enorme caña de 2 manos de 14 pies y le dimos entre ambos varias moscas. El escocés armó y se dirigió al río, sabía tirar sin duda, después de su primer lanzamiento se dio vuelta, nos miró, aún seguíamos preparándonos, con su gran sonrisa y en su mejor escocés dijo: "This is what I call a rod". Enseguida nos separamos, uno río abajo y otro río arriba; cada tanto venía el escocés y me pedía una mosca, como el río da muchas vueltas, el Bebe me dice: Este escocés no sé qué hace que pierde todas las moscas. "¡Cómo! - digo yo-, no he hecho otra cosa que proveerlo". Nos miramos y largamos la carcajada, el viejo nos había tomado el pelo y se había provisto gratuitamente de moscas para una temporada.

En el Penitente sentí por primera vez la violencia del viento. Como la parte del río donde yo estaba tenía piedras grandes, me costaba mucho el "wading", estaba bastante hondo y tenía un barranco que me protegía del viento. A medida que pescaba iba subiendo y bajando grandes piedras, llegué así a un lugar que no podía pasar si no trepaba varias piedras que fue lo que hice, llegué arriba gateando y sentí el fuerte viento en la cara, no le hice mayor caso, el río daba vuelta y tenia agua poco profunda de mi lado, me paré y me arrimé para ubicarme, en ese momento una ráfaga mas fuerte que las otras, me levantó en el aire y fui a parar al fondo del río, por suerte había poca agua, aunque el golpe fue grande y la mojadura también.

Pasamos esa noche en Glen Cross y seguimos a la mañana siguiente a la estancia "Bella Vista" sobre el río Gallegos. La casa, bastante nueva, muy simpática y confortable, está colocada sobre el río. Nos encontramos ahí con Don Carlos Braun Menéndez, que estaba en gira de inspección, lo que ayudó a que recuerde esa estadía por lo cordial y agradable que fue. Además, tomamos contacto con las sea trout. El río Gallegos en esta parte no es muy grande y corre bastante lento. La tarde que llegamos, apenas nos ubicamos, nos largamos al río. Habla un viento respetable. Como de costumbre, uno fue río abajo y el otro en dirección opuesta. El pique fue inmediato, saqué varias marrones de alrededor de 1 kg. en sucesión, llegué así a la cola del pool, era hondo y corría poco, al segundo o tercer lanzamiento tuve un pique muy suave, me hizo acordar al pique del salmón, enseguida una larga y veloz corrida rematada con saltos y cabriolas. Desconcierto, no saltó como un salmón pera era de un color plateado brillante. Evidentemente, era lo más grande que había sacado en el viaje hasta ahora, creo que pesaba 2 '/2 kg, mi desconcierto era total. Nunca había visto un pescado así. Lo levanté y empecé a correr río arriba en busca de Anchorena, él venía en dirección opuesta y me gritaba algo pero con el ruido del viento no oía nada. Hasta que estuvimos al lado no nos entendimos, sacamos al mismo tiempo una "Sea trout" cada uno. Nuestra excitación subía de tono, habíamos entrado en materia y las grandes nos esperaban.

No pescamos nada muy grande, pero lo pasamos muy bien, aunque yo rompí el 2do. tramo de mi "Salmón de Luxe". Por suerte el 2do. tramo de una caña de "Greenheart" que llevaba andaba bien, así que pesque el resto del viaje con esa caña híbrida.

De "Bella Vista", procedimos a viajar hasta Río Gallegos, final de nuestro viaje en automóvil. De ahí volaríamos a Río Grande.

En Río Gallegos paramos en un hotel (creo único en su época), el dueño era un fanático de la pesca. Nos hizo tantos elogios del río Gallegos, nos contó de tamaños tan exagerados, que una vez instalados nos fuimos al río, 20 o 30 km. de vuelta. Llegamos y pescamos hasta muy entrada la noche. Sacamos algunas marrones pero nada extraordinario.

A la mañana siguiente abordamos un DC3 que emoción sobrevolar la Patagonia y el estrecho, como habla mucho viento volamos bajo y como era amigo del capitán fui adelante, así que pude observar muy bien la travesía. Cuando estuvimos en Tierra del Fuego, al avistar al Río Grande, sentí un cosquilleo en la columna. Qué me depararía ese río. El Bebe lo conocía y me lo habla ponderado mucho. Bajamos, nos esperaba el Sr. Duncan Mackay, entonces el mayordomo de la "María Behety". El llegar por primera vez a "María Behety" es un espectáculo que no se olvida. Al dar el último recodo del camino sobre una altura, se divisa un pueblo en el llano protegido por los cerros, sobre la derecha un inmenso galpón de esquila (debe ser él más grande del mundo); creo que en otra época esquilaban 300.000 ovejas. Alineados a ambos lados de una calle ancha, una serie de casas y edificios donde viven capataces y empleados, a la derecha una plaza y calles verticales a la primera, que son alojamientos de personal, almacén, club, biblioteca, etc... un verdadero pueblo. Pasando éste se tuerce a la izquierda y se llega por fin a la casa principal. Una autentica casa Fueguina, cómoda y con todo el confort moderno, ahí nos recibió la Sra. De Mackay y pasamos unos días inolvidables.

Ese primer viaje al Río Grande es tal vez el mejor que hice, aunque en otras oportunidades saqué más grandes. El Río Grande es distinto a todos los demás ríos conocidos por mí aguas más lentas y no cristalinas, por el lecho de arena seguramente. En aquel viaje pescamos mucho "el Basural", que ya no existe, y sus adyacencias, Hasta hicimos un raid de caminar desde "el Basural" hasta "el Tropezón". Tuvimos excelente pique, aunque con mosca no sacamos los monstruos que salieron después, cuando vino Brooks y nos enseño a sacarlos, pero en cambio creo que nunca pescamos tantas horas seguidas como en esa ocasión. En Tierra del Fuego en enero casi no se pone el sol y aun a media noche la oscuridad no es total. Íbamos al río a la mañana y volvíamos a la casa a las 11 de la noche o más tarde. De aquel viaje conservo recuerdos muy gratos, un monstruo que perdí en el puente de fierro que cruza el río camino a Ushuaia, un percance muy raro que no me volvió a suceder más, y el viento.

Por motivos de la administración nos habían trasladado a la "Estancia Jose Menéndez", estaba de mayordomo don Jesús Menéndez, viejo habitante de la isla, que nos recibió con la cordialidad y hospitalidad característica de la Patagonia. Como la Estancia queda río abajo de la "María Behety", es lógico que pescáramos mucho por la zona del puente. Una mañana nos habían dejado en el puente, yo empecé a pescar justo ahí, mientras que el Bebe se había ido a lo que denominamos el "pool de Barro". Yo tenía en mi caja de moscas un artefacto que alguien me había regalado y que se parecía bastante a los actuales Muddler Minnow, nunca lo había usado. Esa mañana, por esas cosas de la pesca, la puse, después del 2do. ó 3er. tiro pensé sacarla por que no se hundía, tenía demasiado pelo de ciervo que la hacía flotar. Mi mosca flotaba plácidamente cuando de golpe un gran borbollón en el agua, no me di cuenta inmediata de lo que pasaba, hasta que la vi saltar y sentí el tirón y el reel que "entonaba su canto de guerra", aún no creía que el pescado enorme estaba prendido, pero cuando disparó y se fue al fondo, sabía que mi rival era poderoso. Se había empacado en el fondo, lo tiraba hasta que me animaba, bajando la caña recogía hilo, repetía dos o tres veces la maniobra, entonces cuando salía un poco de lo hondo o de la corriente con dos o tres golpes de la cola me sacaba el hilo que yo habla recuperado. Duro un rato el juego, por ahí se enojó, de una corrida me saco todo el backing. Así a la distancia parecía más pesado. Vuelta a luchar, creo que lo arrimé unas treinta o cuarenta yardas, empecé a recoger hilo a toda velocidad, pero él fue más ligero. Su salto fue un poema, en la mitad de su vuelo se cortó la tanza, mi línea estaba tan ahogada que no cedió y el peso del bicho fue demasiado. Se fue mi esperanza de sacar uno grande de verdad. Este es otro grande que se fue y no lo olvido. En los últimos días de estadía estábamos una tarde pescando arriba del Tropezón, no había viento y yo exploraba el río, pescando desde la orilla de la "María Behety", trataba de llegar a los barrancos donde por experiencia sabía que siempre había buenas truchas. Engancho una trucha chiquitita, no más de 100 grs; para hacerla soltar empiezo a agitar la caña, lo cierto es que el pescadito saltaba como loco, en eso siento un tirón muy fuerte, pero muy raro, ya que veía que la línea en vez de hundirse salta del agua, levanto la vista y veo que una gaviota grande llevaba mi truchita en el pico, cuando sintió la resistencia del hilo la dejó caer, casi 20 mts. de altura, recogí, la trucha estaba muerta, casi la habla cortado en dos del "picotón".

En esa misma parte del río nos tocó un día de viento realmente increíble, llegó a tal extremo que tuve que acurrucarme dentro de un pozo para descansar del ruido en los oídos. El viento era tan fuerte que con mi caña híbrida no podía tirar, había que hacer roll cast y tenía miedo de romperla, así que arme la caña del Bebe de dos manos de 14 pies. Empecé a tirar y ante mi sorpresa tiraba toda la línea, a gritos le demostraba al Bebe lo bien que tiraba. En eso levanto la línea y sin hacer ningún movimiento, el viento colocó mi mosca en la orilla de enfrente!!!!

A los 15 días volvíamos a Gallegos y emprendimos el regreso, esta vez por la costa. En el camino resolvimos que lo mejor era hacer camping en Traful, de modo que pusimos proa al Paraíso del salmón, a donde llegamos cuatro o cinco días después.

Nos quedamos varios días haciendo camping en el nro. 4 y rematamos el viaje como correspondía en la "Hostería Chimehuín y en la Boca".

Por suerte hice ese viaje, no creo que lo repita, pero esa fue una experiencia de la que jamás me arrepentiré.

Nota extractada del Boletín Mosquero nro. 34. Otoño de 1999.
AAPM - www.aapm.org.ar



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