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Buscando la ciudad de los Césares

Cuando por primera vez españoles hollaban nuestras tierras, encontrándose con una maravillosa, lujuriosa naturaleza, Gaboto fundó el fuerte de Sancti Spiritu, en 1527, ubicándolo en la confluencia de los ríos Paraná y Carcarañá.

 

A medida que los azorados europeos reconocían el territorio, la imaginería comenzaba a producir... No sólo aquí, la leyenda de Califa, la reina de las amazonas negras, dio su nombre a California. El norte del Brasil tuvo la suya propia.

Apenas un año más tarde, partió desde el fuerte Francisco de César; enviado en busca de oro y plata, anduvo por San Luis y Mendoza durante dos meses. A su regreso, sus hombres, apodados "los césares", contaron acerca de una fastuosa ciudad. Así se inició la leyenda de "la ciudad de los Césares", incentivando imaginaciones y apetencias a tal punto, que durante casi tres siglos se costearon expediciones en su busca.

La idea de que algunos incas pudieron haber huido de las huestes del conquistador Almagro, hacia el sur, fue reforzando la versión de que los habitantes de la ciudad podrían ser indios. Pero posteriormente, otros hechos contribuyeron a pensar que bien podrían ser españoles.

Como por ejemplo, los hombres de la expedición colonizadora de Simón de Alcazaba, que fueron abandonados como castigo (ver relato "De cuando Buenos Aires pudo ser interior") de quienes se sospechó que podrían haber sobrevivido y fundado la ciudad. También se les adjudicó a los náufragos de Sarmiento de Gamboa. (Ver relato titulado "La increíble y triste historia de Sarmiento de Gamboa").

Y otra más, la expedición de Gutierre Vargas de Carbajal, Obispo de Plasencia, cuyos barcos llegaron el 12 de enero de 1540 frente al cabo Vírgenes. El 20 de enero embocaron el estrecho. La nave capitana a cargo de Francisco de la Rivera naufragó, alcanzando la orilla 150 soldados, 30 aventureros, 48 marineros artilleros y grumetes, y ¡13 mujeres casadas! Otro barco, al mando de Gonzalo de Alvarado (había participado de la expedición de Pedro de Mendoza), navegó por otro estrecho (más tarde llamado de Le Maire), invernó seis meses en puerto Las Zorras y regresó a España. El barco de Francisco de Camargo, logró atravesar el estrecho de Magallanes siendo el primero en navegar un nuevo canal (el de Beagle) al sur de la isla de Tierra del Fuego y el primero en avistar la isla grande de Chiloé. Llegó hasta el Perú donde su capitán perdió la vida.

De los náufragos de De la Rivera se contaron fantásticas leyendas, desde que fueron vistos por Santiago del Estero y Tucumán, por México, y hasta que fueron los fundadores de la ciudad de los Césares. Dos de ellos, Pedro de Oviedo y Antonio de Cobos, alcanzaron Concepción donde relataron su odisea y afirmaron que a 41º de latitud sur, junto a una gran laguna, existía una población inca donde todo era de oro, plata y piedras preciosas.

Si las condiciones en que los hombres procedentes de Europa viajaron hasta estas latitudes eran penosas, pensar en que las mujeres se atrevieron a semejante travesía, a la luz de las comodidades actuales, es un ejercicio que la imaginación apenas puede concebir. Estos minúsculos galeones a vela tenían fecha de partida, pero jamás de llegada. Por otra parte, nadie a bordo sabía con certeza cual era su destino. Estos galeones no disponían de luz ni calefacción. Sin refrigeración para conservar alimentos, se transportaban animales vivos, sacrificándolos a medida que se necesitaba carne para consumo. Aún no se utilizaba vidrio en las ventanas. No tenían baño, y el agua era a menudo tan escasa que se racionaba no obstante largos períodos de sed. Las mujeres viajaban sin intimidad alguna, con menstruaciones regulares y a veces hasta parían.

Estos pocos datos no agotan la enormidad de información que, con el correr del tiempo, se fue acumulando... Ya comenzada la búsqueda, cada expedición realimentaba los sueños...

Del otro lado de la cordillera las cosas estaban complicadas. En 1599 los mapuches destruyeron las ciudades de Valdivia y Osorno, que debieron ser totalmente evacuadas. Loyola era el gobernador en esos momentos. En adelante, la región comprendida entre el Bio Bio y Puerto Montt sería inaccesible para los españoles, debido a la belicosa dominación indígena y a la impenetrable selva valdiviana.

Mientras, en El Plata, para 1604 gobernaba Hernando Arias de Saavedra quien, acompañado por su yerno Jerónimo Luis de Cabrera (fundador de Córdoba) exploró el interior llegando, probablemente, hasta la altura del río Negro, entonces llamado "Claro".

Años más tarde, el Capitán chileno Juan Fernández llegó al Nahuel Huapi. Partió del puerto de Calbuco en transcurso del año 1620, con 46 hombres, en piraguas por el Seno de Reloncaví, cruzó el lago de Todos los Santos y el río Peulla, para buscar la Ciudad de Los Césares en la región del Nahuel Huapi.

Posiblemente Fernández haya navegado el lago Llanquihue y recorrido el Puelo. Pero antes, según antiguos documentos, a fines del siglo XVI habrían llegado frailes mercedarios o franciscanos. Habría sido entre 1568 y 1593 y su ataque por indios en 1655. Y también con anterioridad a Fernández habrían cruzado la cordillera soldados españoles, pues el lago Nahuel Huapi ya era conocido como "La Deseada" y Fernández mismo escribió que los alrededores del lago Todos los Santos habían sido asolados y no quedaba casi nadie. En su diario, escribió acerca del Nahuel Huapi: "hace esta laguna un caudaloso río (el Limay) que es donde se volvió el gobernador Hernando Arias de Saavedra que iba a descubrir los Césares... Un día apresamos dos indios, uno puelche y otro de tierra adentro que tenía las narices perforadas como los del Perú...".

En 1621 Diego Flores de León, desde Castro cruzó la cordillera por el paso de las Lagunas (Blest), navegó el Nahuel Huapi hasta la península Quetrihué, buscando a náufragos de expediciones anteriores y, a su vez, a la ya legendaria ciudad.

Mediando el Siglo XVII, hicieron su llegada a Chiloé los jesuítas, fundando en Castro, bajo la rectoría del padre Nicolás Mascardi, una escuela de primeras letras y doctrina para niños y adultos, indios y españoles.

Entre los indios esclavizados en Chile, había una princesa vuriloche, de nombre Huenguele o Huageluen (estrella), apresada en 1649, a quien Mascardi educó cristianamente. Ella fue quien lo convenció de la existencia de la Ciudad de los Césares.

Mascardi no remoloneó mucho... en 1670 llegó al Nahuel Huapi, guiado por la princesa vuriloche. Fundó una misión que fue primero nominada "Nuestra Señora del Popolo", más adelante "Nuestra Señora de los Poyas" pero con el tiempo se conocería como "Nuestra Señora del Nahuel Huapi". Luego, recorrió la cordillera hacia el sur.

Al no haber hallado a los césares, les escribió una carta. Lo hizo en cinco idiomas, con la esperanza que alguna conociesen: italiano, español, latín, araucano y poya.

Sin demasiado tiempo para reponerse del esfuerzo, al año siguiente emprendió otra exploración llegando esta vez hasta los lagos actualmente conocidos como Musters y Colhué Huapi.

Incansable, Mascardi inició su tercera expedición en 1672. Recorrió los ríos Limay y Negro hasta el Atlántico, y de allí al sur hasta el cabo Vírgenes.

En transcurso de su último viaje, Mascardi encontró la muerte. (Existen distintas versiones: que fue en Puerto Deseado; que fue lanceado el 14 de diciembre de 1673 por el cacique Antullanca en la misión del Nahuel Huapi; que fue sobre la cordillera más o menos sobre el paralelo 47º. Donde sea que haya muerto, leí que su cadáver fue recuperado por orden del gobernador Juan Henríquez; si alguien sabe donde está sepultado, agradeceré me lo haga saber!. El único español que le acompañó durante estos casi cuatro años fue un niño, Juan de Uribe, quien luego fue sacerdote.

La misión de Mascardi fue continuada por el padre Philip Van der Meer, quien llegó al Nahuel Huapi en 1703, completamente solo. Castellanizando su nombre, era conocido como padre Laguna. Al año se le agregó el padre Guillelmo. Fue el padre Laguna quien introdujo las primeras ovejas en el territorio del Neuquén en 1707; murió envenenado por el cacique Tedihuén, en Ruca Choroy.

Guillelmo continuó la misión del Nahuel Huapi, que fue incendiada en 1713; durante dos años fue reemplazado por el padre Manuel de Hoyo, siendo este misionero el único que salió vivo de los intentos de colonizar la región.

El padre Guillelmo reconoció el esquivo camino de los vuriloches, dejando marcas a lo largo de la traza que ya había recorrido en 1711, a partir de Ralún por la falda oriental del Tronador, acompañado por Gaspar López, paso éste más rápido y seguro que el camino por las lagunas (Blest). Hubiese facilitado el aprovisionamiento desde Chiloé, pero este camino volvió a perderse por otros muchos años, con excepción de la travesía que pudo haber realizado Menéndez en 1791. Existen opiniones que Guillelmo en realidad redescubrió este paso, pues ya se habría utilizado hacia fines del siglo XVII cuando los conquistadores españoles venían a maloquear a los poyas.

Había otra posible ruta... Algunos indios que no sabían fabricarse las canoas necesarias para remontar el paso de las lagunas, conocían otro terrestre a la altura del lago Puelo que nunca fue descubierto por los españoles, aunque pudo ser conocido por el padre Menéndez.

El padre Guillelmo finalmente fue envenenado en la toldería de Manquinuí, en las márgenes del río Limay, en 1716, y reemplazado por el padre Helguera, que murió lanceado el año siguiente. Los indios quemaron la misión. A continuación llegó el padre Arnoldo Jaspers quien sepultó el cadáver y rescató de las cenizas una estatua abandonada de la Virgen. La imagen actualmente se conserva en la Catedral de Concepción.

La misión fue abandonada durante medio siglo, pero no olvidada... en 1767 el padre Segismundo Cuel intentó reconstruirla, pero la expulsión de la Compañía de Jesús frustró sus planes.

Seguían los rumores... todavía en 1715, Silvestre Antonio Díaz Rojas presento ante la Corte y el propio Rey de España, un derrotero y el relato de sus vivencias con los Césares. El Rey le creyó todo y transfirió el asunto a Chile. La Audiencia de Santiago, a su vez, remitió cartas a los "césares".

También en Chile, desde el gobierno se ordenó abrir un camino que una a Valdivia con Chiloé. Ignacio Pinuer, que integraba la partida, escribió que los indios fueron ayudados por los "césares" en esta oportunidad, y que un prisionero le indicó la ubicación de la ciudad "de la otra parte del lago Puyehe a seis días hacia el sudoeste". Pinuer logró, con esto, comandar una expedición propia de búsqueda, integrada por 100 hombres, que remontó el río Calle Calle siguiendo después hacia el sur, recorriendo hasta el lago Llanquihue. Tampoco logró encontrar a los escurridizos "césares".

La acción de los jesuitas expulsados fue retomada por los más humildes franciscanos. Uno de ellos, el padre Francisco Menéndez estaba misionando, en 1779, por unas islitas en aguas pacíficas, al sur del golfo de Penas. Esto es a la altura de los grandes campos de hielo San Valentín y Norte.

En el año del Señor 1783, el padre Menéndez, desde Chiloé, como hacían los jesuitas, cruzó la cordillera a la altura del actual Parque Nacional Los Alerces; descubrió el lago que hoy lleva su nombre, tal vez buscando el paso terrestre por Puelo del que se hablaba décadas atrás. Menéndez también había escuchado muchos relatos acerca de la nunca hallada "Ciudad de los Césares", habitada por hombres rubios, y donde habría muchísimo oro.

Era andariego el hombre... en 1791, nuevamente partiendo de Castro, acompañado por el sargento Tellez, de 60 años de edad, Diego Barrientos y por 8 hombres más, cruzó la cordillera de los Andes por el camino de los Vuriloches; guiándose por las anotaciones del padre Guillelmo, llegó a orillas del Mascardi, pero no pudo alcanzar el gran lago que buscaba. Volvió a la carga en 1792 y esta vez sí, llegó al Nahuel Huapi.

Realizó su tercer intento por hallar la ciudad de los Césares al año siguiente. Llegó al Nahuel Huapi con milicianos y soldados que levantaron unos ranchos. Se relacionó con gente de una tribu asentada sobre la orilla del lago, entre la naciente del río Limay y el arroyo Ñirihuau, quienes le contaron que conocían la ruta para llegar a una ciudad grande, donde se comerciaban muchas mercaderías y vivían extranjeros: la ciudad dorada? Para ganarse su confianza, Menéndez les obsequió las acostumbradas chaquiras.

De regreso a Chiloé, entusiasmadísimo, convenció a las autoridades de que tenía informantes que lo guiarían hasta la buscada Ciudad, consiguiendo tropas y equipamiento para la gran expedición que partió desde Ancud en 1794. Al encontrarse otra vez con los mismos indios del año anterior, Menéndez notó que las mujeres poseían más y mejores chaquiras que las que él mismo les había dejado en su viaje previo. Ellas le explicaron que se las traían de "Chico Buenos Aires" y que venían periódicamente desde allí para fabricar chicha. ¡Qué desencanto, pobre Menéndez! Así se enteró de la existencia del Fuerte del Carmen; y para descorazonarlo por completo, el cacique Chulilaquin le contó de la expedición de Villarino realizada 11 años atrás (ver relato "Primera navegación del río Negro"). Se convenció -al fin- que no encontraría ninguna ciudad encantada. Aunque no logró su objetivo, lo de Menéndez fue increíble... aún hoy, cruzar la cordillera a esa latitud, por medio de la densa selva valdiviana, a pie, sería una hazaña, y lo hizo muchas veces!

Habían pasado 266 años de ilusiones desde que los "césares" iniciaron la leyenda.

Un feriado provincial del Chubut recuerda a Alcazaba. Chile nombró a un bellísimo lago del Parque Torres del Paine en recuerdo de Sarmiento de Gamboa. Los jesuitas Mascardi y Guillelmo se perpetúan en sendos hermosos lagos en cercanías de Bariloche, mientras que otro, en el Parque Nacional Los Alerces -espectacular- lleva el nombre de Menéndez.

Texto y fotografias por Raine Golab

Fuentes:
"La ciudad encantada de la Patagonia". por Ernesto Morales, Ediciones Theoria, 1994.
"Tierra del Fuego", por María Teresa Luiz y Monika Schillat. Editorial Fuegia, 1997



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