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Arando la nieve

La gran nevada que el año 2001 costó en Patagonia la vida a 17 personas y a cientos de miles de ovejas, nos recuerdó inevitablemente la gesta de aquellos colonos que sobrevivieron a inclemencias semejantes, exactamente un siglo antes...

 

Andreas Madsen, que residía a los pies del cerro Chaltén a orillas del río de las Vueltas, en Santa Cruz, se encontraba en el lago Tar iniciando un arreo propiedad del señor Willowby hasta la costa. Era un 29 de junio, había una cuarta de nieve sobre el suelo, y los novillos traídos desde la estancia "La Federica" para ser amansados durante la travesía estaban terribles, embistiendo a todo el que no estuviese montado.

Hacia mediodía comenzó a nevar de nuevo, pero siguieron avanzando hasta un sitio llamado Manantial Alto. La temperatura bajó fácilmente a los 20º bajo cero, lo que dificultó muchísimo la tarea de trozar carne; sacarle tiras era todo un problema y se resolvía con una pesada hacha de leñador revoleada a toda fuerza. Mientras uno aplicaba los golpes, los demás debían estar atentos a recoger los pedazos, como de vidrio, que saltaban a varios metros y corrían el riesgo de desaparecer enterrados en el medio metro de nieve fofa.

El 7 de junio acamparon en El Shewen, donde por la noche comenzó a nevar otra vez; al día siguiente continuaron la marcha hasta el crepúsculo, sobre una pequeña huella enteramente borrada de modo tal que sólo se guiaban por instinto. Esa noche tuvieron que acampar sin leña, pues todas las matas estaban cubiertas por la nieve. Se limitaron a armar una pequeña carpa dentro de la cual lograron acurrucarse tres, los otros dos integrantes del equipo sólo disponían de una lona como cama.

Continuó nevando fuertemente toda la noche y al amanecer, el problema fue no el vestirse ya que dormían con todo puesto, sino calzarse las botas que se habían llenado de nieve. A falta de pala, la nieve fue despejada con una sartén y como no tenían leña, hacharon el costal de una de las carretas. Finalmente, encendido el fuego, Andreas preparó café y tortas a falta de pan. Algunos otros que encontraron sus botas llenas de nieve congelada tuvieron que arrimarse al fuego en medias para derretir lo que se pudiese. Madsen ya había pagado el derecho de piso y dormía con las botas debajo de su cuerpo.

Con más de un metro de nieve sobre el suelo, nevazón sostenida, visibilidad nula y nada para señalar la ruta, continuaron la marcha.

- Siquiera tuviéramos un compás -dijo Madsen- todo andaría bien.
- Pues tengo uno -contestó el patrón Willowby, a quien ni se le había ocurrido utilizarlo.
- Bien -le dijo Andreas- tome el rumbo de Punta Piedra.
- Tómelo Ud. que ha sido marinero - resolvió el inteligente patrón.

No hubo necesidad de buscar los bueyes, todos estaban amontonados junto a las carretas. De nuevo en marcha, al frente el patrón con la tropa de 12 caballos, Madsen los seguía a retaguardia con el compás, dando rumbo:

- Estribor..., babor..., a la vía.

Durante cinco horas los bueyes no podían levantar la cabeza fuera de la nieve... Metro a metro, gracias al compás, se arrastraron hasta Punta Piedra, a sólo un centenar de metros, máxima distancia que les dejaba vislumbrar la fuerte nevisca. Faltaba cruzar el río Chalía... Concluida la tarea del cruce, el patrón continuaba tieso sobre su montura. Cuando los demás lo vieron, se llevaron un susto mayúsculo pues tenía la cara blanca como nieve y estaba positivamente congelado. Cuando lo sacaron del caballo se desplomó en el suelo. Se atarearon sobre él con los rebenques tratando de no lastimarlo; su mirada tuvo primero una expresión de miedo convencido que querían asesinarlo, luego de cólera y, al volver sus miembros a la vida, se incorporó dispuesto a pelear con todos.

A todo esto había llegado la noche y faltaba todavía un kilómetro para llegar al rancho de José Matte. Araban literalmente la nieve y los pobres caballos tenían que levantar toda la cabeza para tener las narices libres; iban a paso de caracol y la ropa comenzaba a congelárseles. De repente, los reanimó el muy cercano ladrido de un perro y casi en seguida vieron la casa.

La Negra vieja, mujer de Matte, se atareó preparándoles cena mientras se deshelaban y circulaba el mate. La ropa les humeaba con el calor del fuego pero no tenían de recambio. La Negra vieja era como un ángel buscando cómo ponerlos más confortables. Por cierto, pesaba más de 100 kilos y Rembrandt no la hubiese elegido para modelo, pero para ellos en ese momento ella era la encarnación de la bondad y aquel rancho, un palacio.

De su marido, sólo pudieron informarle que había permanecido en el lago San Martín, cortando madera. Así que la Negra le anunció a Madsen lo oportuna de su llegada, pues cualquier día esperaba tener una criatura. Aunque la perspectiva de oficiar de partero lo sobrepasaba, prometió su auxilio llegado el caso; afortunadamente, Matte regresó a tiempo.

Días después, cuando la nieve se hubo endurecido, trataron de acercar al rancho un caballo, pero sólo pudieron sacarlo un par de metros fuera del circo que habían pisoteado y costó mucho volverlo a su lugar. Allí quedaron los animales, rodeados por un murallón como de piedra, hasta que todos murieron; tan sólo lograron salvar a uno de los dieciocho bueyes con que habían partido.

Ese mismo invierno, Andreas había visto perecer a millares de guanacos dentro de un radio de pocos kilómetros. Todos acudían al río en busca de matas pero al no encontrarlas se amontonaban y morían, y los aún vivos se trepaban sobre los muertos hasta formar grandes pirámides; algunas de ellas semejaban pilas de bolsas de trigo y debían contener más de dos mil animales cada una.

Pero el mayor problema fueron las provisiones para tanta gente congregada en el rancho de Matte. Al cabo de un tiempo se acabó la sal, lo que constituyó toda una tragedia. Era ya bastante miseria subsistir a carne flaca de caballo simplemente hervida, sin pan ni nada más: algo como suela de goma. A la yerba la habían secado como veinte veces y resultaba ya una simple ilusión para el estómago. El patrón era el que más sufría, pues no estaba hecho a la Patagonia como los demás. Algo debía hacerse... Como para entonces la nieve estaba compacta, se fabricaron una suerte de esquíes para llegar al campamento de unos indios; uno de ellos les cedió generosamente un par de kilos de sal. Regresaron al día siguiente cuidando la sal como si fuese un valioso diamante. En el rancho fueron recibidos como conquistadores.

Madsen nunca olvidó el gesto de aquellos indios. Les retribuyó de mil maneras y en sus travesías posteriores a la costa y viceversa, nunca dejó de llevarles algo, pero nada podía realmente pagar aquella generosidad, la de ceder a dos extraños parte de su muy escaso sustento, sin siquiera oír hablar de pago alguno.

Extraído de: "La Patagonia Vieja" por Andreas Madsen, editorial Zagier & Urruty. (Ver sección Libros en esta página).

Por Raine Golab

Ilustración: Flyfishing-Argentina tiene el privilegio de presentar en calidad de primicia este retrato inédito de Andreas Madsen, realizado por el historiador marplatense Ricardo Drault a quien mucho agradecemos la colaboración.



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