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Casitas de amistad

La primera vez que crucé de este a oeste la colosal meseta central de Patagonia, por la ruta Nº 9 de la Provincia de Santa Cruz, en algún punto, repentinamente me apabulló esa línea horizontal que me rodeaba: el horizonte.

 

Detuve el vehículo y saqué cuatro fotografías, una hacia cada punto cardinal (resultaron 4 imágenes casi idénticas). En ese momento, me sentí vulnerable. Me hice la inevitable pregunta: "¿Qué estoy haciendo aquí?". El vacío es apabullante y, sinceramente, asusta ese desierto carente de vestigios humanos. Pero a la vez, fascina...

Más adelante, se me presentó ¡al fin! una obra del hombre. Una pequeña casita al lado de una tranquera, se había constituido en el único y modesto vínculo con la civilización en medio de esa inmensidad. Y precisamente, eso representaba...

Décadas atrás, cuando apenas cruzaban Patagonia unas cuentas huellas polvorientas transitadas por troperos, no existían comunicaciones regulares entre las viviendas de los pioneros y los "centros urbanos", muchas veces apenas poblados de unos pocos cientos de habitantes. Ni correo, ni teléfono que rompiese el aislamiento o que permitiese pedir auxilio en caso de ser necesario.

Entonces, se recurría a la solidaridad. Cualquiera de buena voluntad que viajase por las precarias huellas aceptaba arrimar un mensaje, una carta, un paquete, a algún distante poblador. Pero no siempre la vivienda se ubicaba cerca del camino, pudiendo en cambio estar a muchos kilómetros. Para evitarle mayores molestias a quien generosamente transportaba el envío, se comenzaron a colocar cajones al lado de la tranquera más próxima al camino y el destinatario chequeaba periódicamente su contenido.

Esos recipientes eran respetados por vecinos y transeúntes, y sumamente valorados por sus dueños. Así, fueron mimetizándose con el hogar al que pertenecían, transformándose en casitas inicialmente sencillas y más coquetas con el tiempo al adquirir puertitas, ventanas, aleros y hasta cortinitas.

Hoy, en plena era de las comunicaciones satelitales, las casitas de las tranqueras ya no cumplen un rol tan fundamental, pero permanecen allí, como emblemas, como homenajes a la amistad y las relaciones entre vecinos que tiempos que, el más cercano podía residir a una enorme distancia.

A medida que avanzaba por las rutas patagónicas de Argentina y Chile, iba imaginando lo que las casitas pudieron haber contenido. ¿Un mensaje anunciando un nacimiento? ¿un envase de medicamento? ¿un obsequio de un familiar lejano? ¿una demorada declaración de amor?

Ahora que también yo vivo en una zona rural, estoy pensando en instalar mi propia casita. Ya no para recibir mensajes porque me llegan a través del correo electrónico. Mi casita simbolizará a esos amigos reales y virtuales que se comunican desde largas distancias, acompañándome a lo largo de mis duros y solitarios inviernos chubutenses. Ya la tendré...

Por Raine Golab



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