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Itinerario de pesca (en la zona de San Martín de los Andes)

Las noticias previas al viaje que emprendí en la última semana de febrero no eran muy alentadoras, debido al calor y al bajo nivel de los cursos hídricos,

 

a pesar de lo cual, con suprema esperanza, me llevé cuanta seca y ninfa encontré en mi casa (y en las de mis tolerantes amigos también), confiado en obtener algún resultado favorable. "El primer acto del pescador es un acto de fe", decía el finado Zapico. Y así es.

Cargué el tubo con tres cañas: 3,5 y 6. Sombrero, wader, y el resto son detalles: Cepillo de dientes, documentos, pasaje, alguna ropa.

Puntualmente, la ventanilla del avión me entregaba una vez más la familiar visión del Quilquihue serpenteando su camino hacia el Chimehuín atrás del Aeropuerto.

Al cabo de un par de horas, la Patagonia se apodera de mí y los tiempos se adecuan a su mandato. Las cuestiones de minutos desaparecen y todo puede esperar un ratito más. Nunca sabré si desaparece la ansiedad o saca a la superficie nuestra auténtica personalidad. Cada vez me inclino más por esto último.

Me estaban esperando mi amigo Jorge acompañado por Kevin O´Connor, un abogado amigo de Miami, entusiasta y reincidente visitante de la Argentina. El almuerzo y la charla fueron largos y sabrosos, y mis amigos que ya llevaban cuatro días pescando, optaron por la siesta. Yo me fui a pescar.

La granizada que cayó en la tarde del 27 de febrero fue brutal. El camino recordaba el paisaje de invierno con todo el hielo acumulado camino al Collón Cura. El termómetro descendió abruptamente y el cielo permaneció gris y con poco viento. "Nada mal", pensé, mientras entraba al ripio que costea el Chimehuín, a marcha lenta. En el cartel de la Estancia Quemquemtreu, accedí al río (¡una vez más!).

Caminando aguas arriba de este acceso hay que sortear un monte bajo y espinoso "cortando campo", ya que no es aconsejable seguir por la orilla debido a este obstáculo. Así, al cabo de veinte minutos de marcha se llega a un arroyo que tributa al Collón Cura, ahora casi seco, que en primavera forma una enorme corredera digna de albergar a cualquier monstruo.

La misma pareja de águilas moras me volvió a vigilar como en noviembre pasado.

Con agua baja, se marca el pozo que neutraliza la fuerte correntada. Es visible el desnivel que presenta con respecto a la corriente que le llega. En realidad, es un brazo del río lo que me proponía pescar. La caña 5 me resultó indicada porque podría aguantar bien una corrida en este pool, con poder de freno suficiente para evitar el escape (generalmente definitivo) hacia la corriente principal.

Viendo estas reflexiones, ya podrá imaginar el lector cuan ciega es la fe de un pescador.

Resignado a ninfear a la espera de tiempos mejores, aquí debía hacerlo "downstream" porque la geografía del lugar no permite otra cosa. Zug Bug en anzuelo 14 y al agua. Las arco iris no se hicieron esperar. Todas ellas gordas y salvajes, me dieron la bienvenida. Una inmensa perca bocona que tomó al final del pozo, me hizo entusiasmar cuando picó fuerte y se plantó en la corriente como una marrón hecha y derecha. El inconfundible cabeceo me sacó de mi ensueño.

Comenzaba a oscurecer. Ante la falta de insectos visibles, cargué una Adams parachute color castaño claro, armada en anzuelo 16 y comencé a caminar río abajo, bajo un cielo de plomo. En el primer pool una pequeña y rechoncha arco iris me alegró con su violenta acrobacia. Tres más la siguieron en el mismo sitio, y cuando ya estaba muy oscuro, al recuperar la mosca al final del recorrido, registro un ataque frustrado. Le aflojo, muevo un poco la mosca y toma....un hermoso pejerrey de la especie bonaerense. Me dio gusto encontrarme tan lejos con mis eternos adversarios del Plata. Lo salude afectuosamente y di por terminada la jornada. Retorné el camino en mayor tiempo, ya oscuro, solamente iluminado por los relámpagos que alumbraban, insistentes, el este.

La simpática figura de la camioneta me resultaba amablemente familiar. Pude encontrar la botella de naranjada que había comprado previsoramente en la YPF, y bebiéndola y escuchando a Louis Armstrong emprendí el lento regreso a San Martín. Gran cantidad de ciervos (manadas de hembras arriadas por un macho) cruzaron mi camino. Y hasta un circunspecto jabalí se quiso mostrar. Si, Louis, it´s a beautiful world.

El Queñi

Llovió toda la noche y parte de la mañana. Sirvió para prolongar aún más mi desayuno mientras preparaba los elementos necesarios para acampar en el lago Queñi. Linterna, bolsa de dormir, carpa y canoa estaban listos. Kevin anticipó su partida para ese mismo día por temas laborales, e insistió que no esperáramos a despedirlo.

Una visita más al supermercado Cumepén, gasoil en la YPF de Antonio, otro café y salir para Hua Hum. Empezaba a clarear de a ratos y un bello arco iris resplandecía en Yuco. La tradicional visita al guardaparque, que tiene siempre listos los mejores mates del mundo, y de vuelta en camino hacia el fondo del Lacar.

Los últimos centenares de metros de la senda al Queñi son pesados aún para un vehículo con doble tracción, pero la belleza y la soledad de ese lago bien vale el esfuerzo. Es pequeño y bastante reparado, con extensos juncales y buenos pedreros ideales para pescar en superficie al atardecer. Después de pasar el río y la casa del guardaparque, existe una ensenada muy apropiada para el vivac. En menos de una hora estaba el campamento instalado y la canoa en la playa. La leña que habíamos traído resultaba muy útil, ya que falta en el lugar. Mi amigo Jorge y yo partimos a pescar mientras Hernán, nuestro asistente y cocinero iniciaba un alegre fogón, bien acompañado por Lola, la fiel perra labradora negra.

Los primeros piques, de arco iris largas pero mal nutridas fueron para Jorge y su sinking-tip, con sus bien atadas Matukas, las infalibles Oliva-naranja, traídas con deliberada lentitud desde el borde de los juncales. En la boca del río prendió una muy buena, ésta sí bien saludable, que dio una larga batalla.

El juncal que sigue a este pedrero siempre es cosa seria. Allí tuve suerte con una black ghost que venía haciendo estelas en la superficie. Una arco iris macho saltó encima del engaño, totalmente afuera del agua. Esperé el tirón para clavar y después de devolverla, comprobé que había destruido las delicadas plumas del streamer. Basta de historias, me dije, y a la MadamX amarilla, que me miraba desde la caja. El resto lo hizo la calma total del anochecer nublado. Bastaba mover un poco este aparato infernal y algo le pasaba, a escasos metros de la canoa. Si bien eran truchas chicas, la mencionada ausencia de viento me había permitido desenfundar la número tres, y cada una era medio kilo de dinamita pura. Todas arco iris.

La columna vertical de humo blanquecino producida por nuestro cocinero nos orientó fácilmente hacia la playa distante algunos metros de donde acampábamos. Allí quedaron nuestras cañas armadas dentro de la canoa, debidamente varada. Como por arte de magia, el cielo empezó a despejar, lo que mejoraba aún más la contemplación del asado. Me había ganado ese whisky.

Pescar solo

Ni en el mejor hotel de Venecia he dormido como en una carpa seca en una noche de lluvia, con lo que me he ganado una bien merecida fama de salvaje.

Como fuera, entre esta condición, la lluvia leve que volvió a caer y el asado de la noche anterior ninguno de nosotros madrugó demasiado. Pero los mates fueron perfectos, y como mi amigo Jorge volvía ese día para Buenos Aires, decidimos levantar el campamento y bajar a San Martín sin pesca matinal. Cargamos todo sin prisa y bien ordenado, y una vez que Lola se acomodó en el asiento trasero, emprendimos el regreso.

La compostura adquirida por el tiempo ese mediodía me alentó a un nuevo campamento, esta vez en el Filo Hua Hum. Despedido Jorge, mi querido amigo y colega en Chapelco, enderecé para el paso de Córdoba previo aprovisionamiento de víveres y gasoil. Sin canoa esta vez, ya que para un hombre solo es un poco complicado cargarla en el techo, con el consiguiente riesgo para el vehículo y la propia humanidad. No pude resistir la tentación del Hermoso desembocando en el lago Meliquina, idea que me había aconsejado Héctor.

Puedo decir que fue un buen consejo, porque hubo buena pesca de superficie al atardecer, con una Irresistible blanca en anzuelo 16. Una hermosa marrón de ¾ kg hizo estallar el agua y mis nervios al tomar violentamente. El chapoteo resonaba en semejante silencio de lunes a la tarde. Fue la estrella indiscutible de la jornada.

Cuando me acordé de la hora, ya era de noche y tenía que acampar y cocinarme algo, por lo que emprendí nuevamente la marcha. Me detuve sin embargo un minuto frente al club de Pesca Meliquina, en sincero homenaje a Don José Navas, a quien no tuve el gusto de conocer, pero que reconozco como un precursor instintivo, básico y generoso a través de referencias de quienes sí lo conocieron y de mis múltiples lecturas sobre nuestro hermético deporte.

Un lugar encantador

Pasando el puente sobre la embocadura del río Meliquina al final del lago, sobre la mano derecha, la figura del Saloon Patagonia, con su tenue luz y el delicado humito que salía de su cocina me resultó totalmente irresistible, considerando la hora y mi apetito, habitualmente puntual e insistente.

Allí disfruté de una exquisita comida, acompañado por Osvaldo y Clara, su cordialidad y excelente discoteca de Jazz. Relatos de cacería amenizaron aún más este momento. Al cabo de un rato, vinieron a tomar algo unos vecinos, quienes se apiadaron de mi precaria situación de acampante sin campamento y me ofrecieron ocupar una cabaña que estaba vacía. Acepté velozmente. Esto me permitió estirar la sobremesa y no trabajar nada ese día, lo que aumentó mi dicha aún más. Martes a la mañana, bien dormido: desayuno Galés y al Filo.

El Filo Hua Hum

Con una buena provisión de pastelitos y nuevos amigos en mi haber, el corto viaje hasta el camping que está en la mitad del lago, se hizo más corto aún. Un buen surgente provee de excelente agua y solamente había un grupo de seis personas en dos carpas. Resultaron ser unos mendocinos sumamente simpáticos y conversadores que tenían pasión por el juego de truco, que me ayudaron amigablemente con mi campamento, a cambio de integrar pareja para este juego. A pesar que el naipe me gusta poco, accedí por cortesía y en eso se nos fue el día. Tan incansables eran, que cuando empezó a caer la tarde ni siquiera habían armado sus equipos. Tenían un lindo bote y relucientes cucharas, más un ánimo y alegría a toda prueba. Rechacé su gentil invitación de sumarme al grupo y me despedí de ellos no sin antes rogarles que usaran salvavidas. No era un gran bote para cuatro. Los dos restantes se quedaron......jugando al truco.

Me dirigí entonces a un lugar que amo: Los primeros tramos del río saliendo del lago, en una curva de noventa grados con grandes piedras, y dos pozos profundos (aún en marzo) consecutivos. Es un sector de lenta corriente, ideal para practicar el antiguo arte de la mosca seca con todas las reglas. Pero su transparencia es total, y con el viento en calma, resulta imposible pasar desapercibido. Vi pasar seis grandes truchas, de esas que viajan indiferentes al mundo, y que los ingleses denominan "crossing trout". En mi modesta experiencia, es excepcional lograr de ellas un pique en ese tipo de actitud, a pesar que se describen varias técnicas, clásicamente "behind and across". El que vio esto alguna vez sabe que situarse atrás y castear por encima de estos torpedos vivientes es difícil tarea aún para el hombre araña. Yo ya ni lo intento. El caso es que pasaron tres veces, en el mismo grupo y con la misma indiferencia. No tuve suerte esa tarde salvo con las más pequeñas, que aquí eran demasiado pequeñas.

Decidido a volver a la mañana, me volví a mi acogedora carpa, ante los alegres saludos de los mendocinos, que jubilosos exhibían una trucha marrón de unos cuatro kilos, que obtuvieron con una cuchara "criolla" color cobre en un veril del lago, y estaban condimentando generosamente, regada con un buen vino de un gran espíritu, como ellos mismos.

Un pedazo de jamón y dos pastelitos fueron mi cena, ayudados por el mencionado tinto que generosamente ofrecían y bebían mis singulares compañeros. Dormí como oso en noviembre. Al amanecer cargué mi amada GL3 no.5 que había quedado armada de la noche anterior, y partí para el mismo recodo del río que había pescado en la víspera.

No puedo decir que especie, pero una trucha bien brava y bien gorda me hizo añicos de un soberano tirón (que no esperaba) el tippet 4x, llevándose la pequeña Mickey Finn en su boca en el primer cast. Creo que era una que vino del lago a pasar la noche y habrá vuelto al lago seguramente. Me dejó el remolino y mi temblor de recuerdo.

Estas cosas se ven cuando uno acampa, y puede pescar las horas más propicias, por lo que pescar truchas es para mí, en cierta forma, una cuestión de tiempo.

Después de una hora de absolutamente ninguna respuesta, volví al campamento, a matear un rato. Los mendocinos roncaban. Literalmente.
Aprovechando una fresca mañana, me fui hacia la cabecera del lago, a ver los juncales y las bocas correspondientes. Tan sugestivos como siempre, no me brindaron esta vez ninguna emoción. Cuando volvía me atajó el rubicundo Domingo (el dueño del campo) y conversamos un rato. Cuando volví al campamento, los mendocinos servían un impecable guisado al disco de pollo y morrones. Acepté el convite, arrimando los pasteles que me quedaban para el postre. Una buena siesta y decidí volver al recodo del río y partir a la mañana siguiente.

Sólo las pequeñas truchitas estaban presentes aquella tarde. Pero nada más.

A la mañana siguiente me despedí de mis alegres vecinos, quienes solícitos me ayudaron a cargar la camioneta, para retomar luego su permanente partida de truco.

El sol y la temperatura eran magníficos, por lo que volví a la casa en San Martín y sequé todo lo húmedo del camping. Después de una buena ducha, y muy liviano ya de equipo, me encaminé al Malleo, para pescar esa tarde. De paso saludaría a unos amigos en Junín, uno de ellos excelente atador, dentro de los muy buenos que habitan esa ciudad. Además de saludarlos, me aprovisioné de moscas, que tengo una habilidad única para perder, y la peor inhabilidad para atar las secas más pequeñitas, que tanto me gustan. Varias Humpy, Irresistibles, trico Midgets, Caddis, Royal Wulff y Adams parachute ensartadas en enhebradores para desafiar la oscuridad en el Malleo me hicieron sentir bien equipado.

El río perfecto

Pago de los tres pesos de peaje mediante, me dirigí a mi sector preferido, bastante después de la Escuela y el camping en una zona de "raffles" y "flat water". Cada vez que subo la loma empinada al salir del camping y retomo la visión del paisaje repito, sin querer, en voz alta: "el río perfecto". Es que Dios hizo el Malleo para esto. No existe un accidente geográfico que no tenga. Para mí, junto al primer tramo del Río de las Vueltas, a poco de su origen en Lago del Desierto, son dos inmejorables pistas de prueba. Permiten y a la vez exigen, diversas técnicas de pesca en el mismo día, y en los dos lados las truchas tienen gran vista y suspicacia, mayor, desde luego en el Malleo, más presionado por cierto.

Varios sauces caídos en el medio del cauce hacían esto aún más impecable. Vi sólo cuatro pescadores, todos extranjeros bien guiados, que estaban complacidos.

Soy de los que se alegran de verlos, y trato de dejar bien nuestra imagen. Rechazo y combato la xenofobia, a la que siempre vi como paradigma de la ignorancia. Estos son grandes deportistas, que recorren grandes distancias para pescar éste y otros pequeños ríos que no albergan grandes tamaños pero exigen mucho. Hay que verlos y aprender. Algunos son asombrosos en su destreza. Son bien diferentes a los visitantes que encontramos en nuestro lejano Sur, generalmente buscadores de trofeos. Estos son en promedio mucho más técnicos y poseen grandes conocimientos entomológicos. Pescadores de precisión. Hace algunos años recibí una magistral disertación de uno de ellos sobre el género tricóptera, que eclosionaba ese día, de más de media hora.

Uno de estos visitantes que encontré esa tarde era la Sra. Nannette Wilson, de Memphis en Tennesee. Tuve el gusto de conocer a esta dama, pescadora viajera de todos los continentes, y desde prudente distancia observarla esa tarde ninfear con un pedacito de corcho como indicador de una manera tan eficaz como jamás antes había visto. Rescataba piques de todos lados. Cuando salió del río, pasé a despedirme, y me dijo, sonriente: "ellas están allí, y comen la mayor parte del día, sólo hay que enterarse, además, el corcho de vuestros vinos es tan bueno como el contenido". Ha colaborado con famosas revistas especializadas, según me manifestó.

La tarde había caído lo suficiente como para entrar al río con una Irresistible crema. Armé la número 3 de ocho pies con un leader de 12 pies. Tippet 5 y mucho cuidado. Hago esto por la necesidad, pero tengo claro que los tippets demasiado finos son a veces simple medida de nuestra soberbia. Siempre insisto con el uso de elementos lo suficientemente robustos para permitir una lucha más breve y una exitosa recuperación de nuestro contrincante. No me gusta dejar peces con moscas clavadas librados a su suerte. No me gusta ver pescados blancos por el shock que les ocasiona una prolongada lucha, liberados luego como una simple formalidad.

Había gran actividad, pero de portes pequeños en general. Solamente lanzaba en dirección a las subidas que parecían más importantes. Sabrá el lector cuan eficaz es una mosca seca decentemente presentada en estas circunstancias. La respuesta es segura, pero no así la clavada, tema crucial en este tipo de pesca. La armonía entre una deriva natural (drift) y un control adecuado de la línea que permita contacto con la mosca son la difícil clave. A algunos, sin embargo, nos basta con verlas tomar. Muchos colegas me han reconocido que sienten lo mismo al respecto.

La magnífica tarde, culminaba en un digno atardecer. Varias parejas de ánades volvían al nido, y el Martín Pescador grande, me había cedido el tramo del río como buen colega que es.

Una odiosa rosa mosqueta se quedó con mi mosca y gran parte de mis esperanzas, pero a pesar de la oscuridad creciente, un pesado chapoteo acicateaba mi voluntad de seguir. Se producía detrás de una piedra coronada de sauces. Me alegró tener dos enhebradores cargados. Nada de linternas. No había tiempo. Una perfecta Royal Wulff entró al segundo intento. Nudo al tanteo. Corte con los dientes del exceso, roll cast (salió uno de los buenos, de tanto leer los consejos de Chiche), y con el brillo de la luna casi llena, veo un destello que ataca. El tirón fue simultáneo y el ataque explosivo. Mi belleza halada había encontrado pretendiente.

Salto y al fondo. Firme plantada en el medio de la corriente y caprichosa, brutal corrida. El tippet (y mi nudo) aguantaron porque no les había llegado la hora. ¡Marrón!, grite con la caña en una mano y el sombrero en otra. Ya poco me importaba el resto del mundo. El tema era mi trucha, que no parecía estar muy al tanto de mis emociones. Se empacó al fondo del pool, donde yo sabía que no tenía, más allá, más agua. Al salto lo escuché y lo sentí. Y pensé que todo había terminado. Pero no. Por algún motivo, se venía nadando hacia mí, por lo que recuperé la línea rápidamente y la victoria se me acercaba junto con ella. Todo o nada. Se quedó quieta un instante suficiente para ser levantada por mi mano y la tuve contra mi cuerpo. La Royal Wulff seguía implacable y elegante, fanfarroneando en el borde del labio superior, al extremo de esa bella hembra de un largo kilo rebosante de salud y salvaje arrogancia, que devolví con cariño nuevamente a su medio. Gracias, salmo trutta por este momento inolvidable.

Mi regreso fue, esta vez, con gloria.

Una visita inesperada

Al llegar a San Martín me entero que visitarían la casa unos norteamericanos amigos de un hijo de Jorge, mi anfitrión, y que trabajan con él en Baltimore.

Confiaban en mí para atenderlos, ya que los demás habitantes de la casa sólo hablan español.

Al día siguiente recibí en Chapelco a un simpático grupo de cuatro jóvenes de alrededor de treinta años, uno de ellos de origen hindú y los restantes norteamericanos.

No puedo describir el entusiasmo que traían, ansiosos por conocer la Patagonia.....en dos días.

Por lo tanto, decidí que se fueran a caballo hasta el Bandurrias para ver desde el punto panorámico el bello Lacar esa misma tarde, y al día siguiente haríamos una excursión a los Currhué, con el correspondiente asado y pesca en la Laguna Verde. Opcional: Paseo en canoa.

Una vez despachada la caballería esa tarde me fui al Quilquihue a la altura del puente de la ruta a Junín, sólo para reconocimiento y estirar las piernas.

Diré que tampoco aquí comprobé tan bajo nivel del agua. Yo he visto hace años, como en el 98, estos ríos cortados. Actualmente tienen agua suficiente. La pesca de verano es igual en todo el mundo: difícil, agradable y en penumbra, y me parece que la parte del año que en general rechazamos nosotros es la más buscada por muchos extranjeros que nos visitan.

Los sombríos pronósticos de pesca que precedieron a mi viaje, felizmente no se cumplieron. Sólo que los tamaños son más pequeños.

Caminando aguas arriba, hacia el Aeropuerto, no me crucé con nadie. Vi buenos sitios para pescar, pero ninguna trucha. Cuando volví a la casa, los jinetes ya habían regresado asombrados y contentos. Dos de ellos cenaron parados.

Los Currhue

Antes del mediodía siguiente estábamos en marcha para los lagos. Elegí el camino más cercano a Junín, para que los visitantes pudieran contemplar el Lanín a su antojo, ayudados por el luminoso día. Varias paradas fotográficas mediante, en una hora estábamos en el control de Gendarmería, en la cabecera del Currhué Chico.

Decidí alcanzar los fogones que están sobre laguna Verde, en la costa del río Currhué. Trataríamos de encontrar leña suficiente y de hacer pescar a los dos muchachos que eran aficionados. Paseo en canoa por la laguna para ellos, mientras armamos un buen fuego. Después de un excelente asado y tinto acorde, los mandé con Hernán a las termas, distantes 15 Km. De ese lugar. Para su vuelta, preparé waders y dos cañas número 6 para pescar la Laguna, en general productiva. Mi programa era pescar el río a la tarde, porque se veían muchas truchas, aunque pequeñas y quietas, a la siesta de un día glorioso de sol y sin viento, no sin antes tomar una breve siesta en un arbolito que ya tenía bien observado.

Un pescador era Ashu el Hindú, con poco conocimiento de mosca. Chatham Sullivan en cambio, como buen nativo de las Carolinas, era un talentoso aunque no muy experto "angler". Los llevé a la lengua de arena negra que está en esa playa de la bella laguna, enfrentada a la zona de palos secos.

Las sinking tip con peludos rabbits (para mí "perritos") hicieron su tarea. Un pique perdido de Ashu y una hermosa Fontinalis de las grandes en la caña de Chatham, quien la trabajó hábilmente y obtuvo su merecido premio. Ya había atardecido y muñido de la número tres me encaminé hacia el río Curruhé. Todas pequeñas truchas de arroyo que tomaban ávidamente y sin muchos miramientos como corresponde a su especie cuanto bicho seco les llegaba.

A medida que se aproximaba la noche, me fui acercando a la boca del río en la laguna Verde, especulando que alguna de las residentes del lago se acercara al río con el cambio de luz.

En ese momento se produjo la eclosión de polillas más grande que yo haya visto. Una de las Caddis beige oscuro que tenía en la caja, era idéntica, y rendía muy bien. Todas truchas chicas, pero en una modalidad y un lugar perfectos, en completa soledad. El mayor gusto era ver tantos peces alimentándose en superficie, bajo una luna redonda como un queso.

Tal vez algún día

Despedidos mis flamantes amigos al día siguiente, daría por terminada la pesca en este viaje, aprovechando los días restantes para otros quehaceres, no sin antes visitar esa mañana una vez más el Malleo. Con un calor caribeño, y todo el sol, obtuve una hermosa arco iris con una ninfa de pelo de jabalí, de esas que hacen en Junín, débilmente lastrada con una pequeña munición en pleno mediodía.

Cada vez que dejo San Martín y me despido del Quilquihue en silenciosa contemplación, vuelvo a evaluar tantos proyectos personales, que por lo constantes ya son anhelos, de vivir en el lugar más bello que conozco. Tal vez algún día.

por Adolfo A. Marinesco (Royal Wulff)




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