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Oteando el horizonte

Testimonios del Yeti patagónico (parte I)


El primero en comentarme algo al respecto fue don Cinecio Flores, por supuesto un viejo poblador del lugar. Más adelante algunos se enteraron y vienen de vez en cuando a charlar conmigo de sus propias experiencias, asado de por medio.  

De vez en cuando... Pero el primero fue el paisano Cinecio. Murió hace un par de años, eso dicen, pero hasta el momento nadie encontró huesos que delaten su cuerpo. La única testigo muda de su desaparición es la cabaña donde vivió junto a sus padres, hermanos y sobrinos hasta que uno a uno lo fueron dejando solo. Justo es decir que ya era un hombre viejo cuando lo conocí. Al que preguntaba su edad él explicaba las vicisitudes mundiales que enmarcaron su nacimiento, y uno se hacía la composición de tiempo mucho antes del año 11. De su desaparición nos fuimos dando cuenta los pocos frecuentadores de su propiedad a medida que el paso de las semanas nos hacían ir a verlo, a llevarle unos cigarrillos, algo de pan o un asadito. Así fuimos viendo que nuestras ofrendas de amistad se acumulaban en el exterior de la cabaña, sin que nadie, salvo los pumas o algún jabalí, las reclamara.

Fue luego de una copiosa nevada seguida de bajísimas temperaturas, las más bajas registradas en décadas, que me largué a la ruta con mi destartalada estanciera a verificar el estado de mi amigo e informante. Algunos decían que estaba "chapita"; otros, que la soledad había afectado su discernimiento; los más cercanos, que tenía una obsesión con el ventisquero del otro lado del lago, un gigantesco monstruo de hielo, nieve y piedra, vigilante ancestral acechando desde la inmensidad entre nubes bajas y misterios sin resolver. Como sea, don Cinecio Flores era un valiente indagador de la contemplación divina, y eso nadie puede negarlo. Su agudo instinto natural hacía tan simples nuestras vidas explicando en pocas y sencillas palabras los pormenores de la creación, que uno sentía la escuela de toda una vida de contemplación e interacción, fluir por sus poros y meterse hasta en el último resquicio del más pequeño hongo. 

¿Y cómo no creerle a un maestro de vida? ¿Acaso alguien puede discutirle a un ingeniero civil la posición del puente? 

Todo lo que me confió aquella primera vez al respecto halló la explicación natural el día ese en que entré en la cabaña haciendo a un lado los desperdicios de las bolsas destrozadas por los animales. Con la seguridad de encontrar al hombre muerto en el frío piso de barro apisonado, empujé la puerta con anticipado dolor. Sorpresa. Todo en su lugar. La cama prolijamente tendida, una mesita de luz, dos diccionarios gordos de antigua edición, un estante con libros de historia y geografía, algunos de antropología, "El viaje de un naturalista alrededor del mundo", una copia ajada de la teoría de la evolución... Y la prueba que necesitaba. En ese momento, y a pesar del frío, un calor excitante recorrió mi ser. Por fin lo había logrado. Don Cinecio Flores había conquistado el trofeo al esfuerzo. Y aunque no hallé rastros de él, la huella, cuidadosamente grabada en arcilla, que medía 45 cms. de largo, hizo detener mi búsqueda. Busqué los prismáticos que le regalara unos diez años atrás y salí al aire gélido, enfocando el Torrecillas del otro lado del lago. Incontables veces había encontrado a Cinecio haciendo lo mismo; observando la espesura de las nieves eternas, de los hielos ancestrales. Más de una vez me decía: "llegaste tarde. Ya pasaron...", o "Son 4. Es una familia"; en algunas ocasiones suspiraba bajando el lente y murmurando un cansado: "que Dios los proteja del hombre". Por eso le creí la primera vez que me contó algo, allá por el 90.

"Del otro lado", decía, "del otro lado de la ladera tiene su morada. Es tímido. Solamente lo he visto en invierno sobre esta pendiente del ventisquero. Él siente que el hombre se acerca cada día más, y sabe que no puede evitarlo". Y me convenció. Así organizamos salidas con mis equipos de acampe hacia la ribera este del lago Menéndez, vadeando pequeños y correntosos ríos, subiendo y bajando, a través del bosque. Cinecio con su fiel caballo; yo, como el obediente Sancho, enfrentado molinos de viento a la caza de un sueño: ver de cerca al hombre de las nieves, perdido eslabón de un mundo cada vez más lejano.

Y esa noche me quedé en la cabaña de Cinecio Flores, observando el glaciar en todo su esplendor, brillando a la luz de la luna llena. Blanco. Siempre blanco. Bello. Imponente. Y lentamente la obsesión del paisano se fue metiendo en mis huesos como el frío helado de los 17º bajo cero. ¿Y si la huella realmente pertenecía al amigo del hombre? Alguna vez supo decirme que los dos se observaban mutuamente a lo lejos, sabiendo del otro. Esperando el momento de reunirse en un mudo descubrimiento.

Entrada la noche miré la figura en arcilla. Mis dedos recorrieron el contorno frío y me di cuenta de que el misterioso personaje ya se había instalado para vivir a mi lado. 

Casi sin darme cuenta comencé a pasar mis fines de semana en la cabaña; hoy paso la mayor parte del tiempo aquí. Yo también espero, mudo de contemplación, el momento del encuentro.

Y mientras tanto, me vuelvo un Cinecio cualquiera, oteando el horizonte, descubriéndome en la diaria vigilia como un ser vivo, palpitante en la inmensidad del hoy con las ansias del ayer para el hombre nuevo.

Fuente: oral de Cinecio Flores, desaparecido circa 1998

María Ángeles Maraschi
Fotos: Raine Golab




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