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El rey de plata

Aún para el más incansable viajero, México es una experiencia única.

 

El sol de Yucatán

Quinientos años de historia compartida con España le han dado tradiciones y complejos contenidos culturales a cada uno de sus actos. Todo tiene un porqué y una historia allí.

La península de Yucatán, en la parte sudoriental de esa nación es la tierra de los mayas, ese pueblo de misteriosa sabiduría en la astronomía y las matemáticas, pero también expertos en obtener sustento de la naturaleza y hábiles en el arte de curar. Buenos navegantes, surcaban las aguas costeras para explorar, pescar y erigir sus templos.

Esa poderosa fe religiosa los caracteriza y la rica y compleja creencia guarda para mí curiosas similitudes con las grandes religiones de la antigüedad en Asia y África.

Fueron casi exterminados en la guerra de 1850 que asoló a la península. En ella, se aliaron a los ingleses en uno de los tantos intentos del siglo diecinueve de fragmentar aún más a las jóvenes repúblicas americanas.

La victoria de las fuerzas federales mexicanas significó la masacre de los mayas. No aceptaron la esclavitud a que hubieran sido sometidos de conservar la vida. Hoy quedan quinientos mil descendientes.

Yucatán pertenece al mar. No hay ni ríos ni lagunas de agua dulce. Este es un recurso costoso, de difícil obtención.

Mirando el mapa

Esta península constituye la punta sur del Golfo de México. Las coordenadas aproximadas son: 22º N 87º W.

El mar es semejante al que encontramos en el sur de la Florida, Bahamas, Cuba, y desde allí hasta Venezuela y el norte extremo de Brasil.

Esta inmensa extensión tiene tres formaciones distintivas para los pescadores: Los bajos, los arrecifes y las aguas azules o profundas.

Mi plan era pescar en los bajos, con sus cayos o afloramientos calcáreos y lagunas con manglares, islotes semiflotantes que constituyen un paraguas de protección para muchas especies, formando un definido ecosistema.

Las aguas subecuatoriales se caracterizan por su estabilidad térmica y mareas cortas. La densidad es la mayor de todos los mares debido a la salinidad. Las recias escamas de los peces son producto de esto.

Esta geografía de aguas cristalinas y escasa profundidad se presta a la pesca con mosca sobretodo por las especies de interés que la habitan.

Las "estrellas" son cuatro: El macabí o Bonefish (Vulpes Albula), el Robalo o Snook (Centropomus sp.), la Palometa o Permit (Trachinotus Falcatus) y el Sábalo o Tarpon (Megalops Atlanticus).

Este último era mi objetivo. Septiembre es un buen mes para el sábalo pequeño (Baby Tarpon) en Yucatán. Estos bebés pesan entre cinco y doce kilos, por lo que pueden pescarse con equipos relativamente livianos (caña 8) y son más abundantes que sus parientes gigantes del verano pleno (junio y julio).

También es común obtener róbalos de dos a seis kilos.

Si se quiere tener chance de obtener las cuatro especies en la misma jornada (Grand Slam) se debería viajar en mayo o junio.

La pesca en esta zona se hace en lagunas de agua salada con manglares y en las salidas de las mismas al mar abierto.

Estudiando a Rita

A la sencilla pero delicada gestión de obtener un día de pesca en vacaciones en semejante paraíso, se agregó el Huracán Rita, que además de inestabilizar el tiempo con lluvias aisladas y vientos regulares presentaba el riesgo de virar al sur y adiós vacaciones. El pronóstico anunciaba que tocaría tierra en Texas el 24 de septiembre, por lo que seleccioné el jueves 22 para la salida de pesca.

El guía fue recomendado por Don Carlos Godoy, prestigioso mosquero mexicano autor de numerosos artículos y generoso promotor de esta pesca. Su inestimable ayuda me permitió realizar esta experiencia.

El segundo día de otoño

A las 5.10 sonó el despertador. Lo estaba esperando.

Me vestí lentamente con la solemnidad de un Templario: pantalones desmontables, camisa de manga larga, gorra de doble visera, pañuelo y zapatillas sin cordones. Nada improvisado. Cargando mi brevísimo equipo de tubo y pequeña cartera, a las 5.30 bajé los siete pisos hasta la conserjería del hotel.

La línea 8 333 WFF de Cortland estaba bien estirada con un sencillo leader de dos metros de diámetros 60/50/40. Seis o siete moscas producto en gran parte de la imaginación y de los catálogos, alicate y los infaltables polarizados. La GL4 de Loomis # 8 descansaba a la sombra del tubo. El butt de pelea incluido.

Ya había tomado dos cafés largos y arreglado México y la Argentina con el simpático conserje, y estábamos empezando a ocuparnos de Venezuela cuando apareció una camioneta Dodge roja dos puertas ochenta y tantos.

Eran las 5.40 y se presentó un risueño personaje, sobrio y franco. Era José Enrique Fernández Catzin, mi guía. Había venido con su ayudante: Angel. ..."Oye güey... saluda a Don Adolfo pues..."... y el ayudante saludó y solícitamente tomó mi breve equipo y lo cargó en la parte trasera del vehículo.

El motor Chrysler sonaba lleno en una madrugada que prometía ser lo único fresco del despejado día, pero con vientos moderados ya a esa hora. Nos dirigimos al norte a la laguna Chaak mu chuk (no pude averiguar que quiere decir) previo paso por la casa de José Enrique, humilde pero completa y limpia, que me recordó a las casas de Formosa, pero sin una sola planta o arbolito. Dos botes estaban en la puerta. Eran viejos catamaranes Boston Whaler de cuatro metros, ideales para pescar con mosca, de tipo Carolina Skiff en reparación. Orgulloso, José me confirmó que engrosarían su flota.

Mientras salían los niños para el colegio, la esposa de José se presentó y nos entregó una gran heladera Igloo con las provisiones, que Ángel cargó de inmediato bajo mi vigilante mirada.

Nos despedimos y a marcha regular seguimos nuestro camino hacia el norte. Se pasó rápido la media hora de marcha, hablando de ciclismo, deporte que José practicó profesionalmente, y de boxeo, mientras yo seguía concentrado en la figurita que adornaba el tablero del vehículo, tratando de descifrar si se trataba de una virgen o de una bailarina española.

Así llegamos al embarcadero que José tiene en la laguna, con un pequeño pero bien provisto Bar y baños. Tres botes amarrados prolijamente al muelle completan su justo orgullo. Todo en él revela pujanza y un marcado sentido empresarial.

La excursión pactada era de ocho horas de puerta a puerta, y si el día no se verificaba como propicio, se pasaría a otro día.

Cargaron mi breve equipo y la gran heladera en un simpático bote plano de cuatro metros con amplia plataforma de casting, propulsado con holgura por un Suzuki 40 HP de cuatro tiempos. Dos tanques de combustible, enorme red de mano.

A José le pareció adecuada la condición, por lo que me instalé en una de las dos cómodas butacas y partimos, no sin antes repetir que mi objetivo era pescar un sábalo.

La suerte estaba echada.

El Manglar

Después de media hora de navegación hacia la costa reparada por el viento, mi guía aminoró la marcha y se acercó al borde del mangle sin entrar aún a la laguna. Abundantes troncos secos y salidas de agua cristalina hacían más que atractivo el lugar, y las plantas nos protegían del sudoeste regular.

Tomó José el botador mientras me invitaba a armar la caña. Después de examinar el leader, lo aprobó y me cedió una de sus moscas. Un sencillo bucktail rojo y blanco atado a partir de los 2/3 traseros del anzuelo, pesadísimo 3/0 no diseñado para moscas seguramente.

Empezó el lento recorrido por el borde vegetal tratando de ver peces.

Una pequeña barracuda siguió la mosca en el primer cast de prueba.

A poco de andar, vi claramente un pequeño sábalo que exploraba a corta distancia del bote. Tomó la mosca al segundo tirón. Levanté la caña como si fuera una trucha, y voló por el aire a su libertad. Fue un error instintivo, porque estaba advertido de clavar con la línea y mantener la caña baja hasta que la pieza no estuviera asegurada.

Entramos entonces a la laguna.

Por períodos atravesábamos galerías de plantas agachados hasta acceder a los claros de calma perfecta.

En uno de esos claros, me avisó José que tenía tres Tarpones a 15 metros. Los vi claramente. Respiré hondo, emprolijé el doble tirón para presentar semejante anzuelo, y éste se depositó a 60 cm. delante de los peces. No alcancé a alegrarme del lance cuando sentí la llevada. Violenta. Ahora si, lo tenía aferrado y lo clavé varias veces con la mano, como si fuera una tararira. Se quedó quieto un instante. Me preparé y salió a una velocidad indescriptible hacia el manglar. Intenté frenarlo suavemente y sucedió algo increíble: Saltó por encima de una rama! Un metro y medio!

Recuperé la línea y buscamos otro sitio. Cambié el mellado tippet.

Bandidos a las dos!

Decidimos salir de vuelta al mar, probando en las canaletas por las que desagua la laguna.

En aguas abiertas, el bote debe verse como un reloj con las doce en la proa, que sirve para que los más expertos ojos del guía nos avisen dónde lanzar.

La voz de José sonó clara: Don Adolfo! A las dos! A 40 pies, seis peces buenos! Obedecí la orden y cuando la línea estaba en ese rango vi la banda que se acercaba. El tirón fue más fuerte. Esperé a que se diera vuelta. Opuse la caña y tiré de la línea varias veces. Después siguió una corrida impresionante, backing afuera varios metros y salto. Recupero y vuelve hacia mí, para encarar luego una carrera más frenética. Intento frenarlo un poco y afloja. Recupero el leader roto en el nudo. Mi falta, a pesar de haber probado esos nudos hasta el cansancio.

Terminaba de atar otro tippet y un deceiver azul y blanco y José grita: Son varios a las tres! Lance ahorita! A toda velocidad lancé unos quince metros, a las sombras que viajaban veloces, patrullando en busca de pequeños peces. Jale! Ahorita1 jálele! El tirón fue sostenido y largo, esperé unos segundos y clavé, sin miedo al corte, y volví a clavar.

La corrida que siguió fue fuerte, y cuando sentí la vibración característica....Bajé la caña y aflojé la tensión.

Saludo al Monarca

El salto fue espectacular, como a 50 metros. Fue seguido de otro salto y otro saludo, la vieja e imprescindible maniobra de apuntar al pez con la puntera, bajando la caña y aflojando línea. No hacerlo con el sábalo es perder la pieza casi seguro, porque la boca difícilmente se atraviesa por lo dura, y el anzuelo queda agarrado en algún lado dentro de la boca por lo general. Frenar este salto, es desgarrar algo con el resultado previsible.

Más o menos conté siete saltos, en largos minutos de pelea con arrimadas y escapes. La ocho no sobra nada.

Cerca del bote es peor. Por eso decidí cansarlo intentando concretar esta captura.

El freno más bien flojo, preferí usar la mano frenando el carrete.

La red de Enrique terminó la lucha.

Le agradecí y le dije que volviéramos. Mi objetivo estaba cumplido.

Al volver al embarcadero, comimos un sándwich y nos refrescamos un poco. Un extraño joven moreno, con el pelo trenzado y una camiseta de River que el no sabía de quién era, me miraba divertido.

Conclusión

En tantos años pescando, he tenido suerte varias veces, pero nunca sentí en mis manos un pez tan metálico, una joya maciza de plata, compacto y poderoso. Con cuidado lo reanimamos y saludamos cuando volvió a su Océano, y entonces recién imaginé lo que debe ser un adulto.

Pero ese será otro relato, si Dios quiere.

Adolfo A. Marinesco (Royal Wulff)
Buenos Aires, 29 de setiembre de 2005



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