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Lahuan e hijo

Descubrí el nuevo sendero a comienzos de mayo. Días después, invité a mi amiga Mariángeles; nos citamos para un domingo temprano, y partimos.

 

Sobre el mediodía, la bruma de la fuerte helada todavía acariciaba las laderas. El día era perfecto, ese día único de cada otoño, de cumbres blancas seguidas por el color morado de las lengas, algún álamo aún dorado y la fruta de la rosa mosqueta bien rojo, como un beso de amor.

Recorrimos los 66 kms. desde Trevelin hasta el camping del río Arrayanes con una alborozada sensación de alegría, mientras un guanaco nos miraba entre sus largas pestañas y la laguna Terraplén refulgía como un espejo.

Ya dentro del Parque Nacional Los Alerces, como cada vez que estoy allí, me abrumó la certeza de ser una privilegiada, pudiendo tener tanta maravilla en exclusividad.

Después de haber recorrido el camino que, orilleando el lago Futalaufquen hacia el norte llega hasta el río Arrayanes, estacionamos el furgón en el camping y liberamos a mi perrito Guli que de inmediato corría y saltaba por todas partes sintiendo, también él, la energía de la naturaleza que lo rodeaba.

Nos equipamos con lo necesario y comenzamos a caminar río abajo, volviendo hacia la desembocadura, por una orilla amplia y transitable porque hacía más de un mes que no llovía. El cartel indicaba que nos demandaría una hora y media y un nivel de esfuerzo bajo; también nos informaba que el sendero nos llevaría hasta el "lahuan viejo".

Es imposible describir un recorrido así, algunos de ustedes lo saben bien. El verde esmeralda del agua poblada de tranquilas truchas bien visibles; esas ramas color canela extendiéndose y enrollándose; coihues enormes, ñires altísimos, pájaros carpintero, el canto de los traviesos chucao; inusitados hongos de diversos colores y tamaños, muchos de ellos realmente minúsculos, festejando la resurrección de la vida en cada pizca de tierra abonada, sobre cada tronco caído en descomposición...

Se terminó el sendero y nos encontramos con un derrumbe de roca sobre el que intentamos continuar hasta que nos quedó claro que ya no se trataba de "esfuerzo bajo", y volvimos, advirtiendo entonces que el Guli nos guiaba por la huella correcta.

Ángela fue la que advirtió un ejemplar bastante maltrecho de alerce, algo escondido entre otros árboles y rodeado por una maraña de ramas y troncos. Y allí estaba. El lahuan viejo. ¿Qué edad podría tener? Mostraba cicatrices de antiguas heridas, había perdido su copa, pero nuevas ramas emergían de las viejas.

Alguien a quien quiero mucho y que encontró el justo equilibrio entre filosofía y arrabal, me reveló cierta tarde de mates que, de ninguna manera, el hombre es el ser superior de la naturaleza. Tanto hormigas como abejas, insignificantes criaturas a las que eliminamos de un pisotón, tienen una increíble organización social y se autoabastecen sin alterar el medio ambiente. ¿Cuál es el ser supremo, el gran estratega que, siendo inválido, sordo, ciego y mudo, consigue no sólo VIVIR durante siglos (y digo VIVIR, no como los fósiles o los antiguos monumentos que simplemente ESTÁN, perduran), sino que atesora la energía universal y absorbe los gases tóxicos para que el resto de las especies respire aire puro? : es el árbol.


Y ese árbol que admirábamos, el viejo lahuan, testigo de muchos siglos, que escuchó clamores de batallas lejanas y canciones de cuna que el viento le arrimaba, seguía produciendo vida: ¡tenía un retoño! Un bebé de lahuan creciendo pegadito a su mamá, mostrándonos orgulloso sus hojitas que dentro de cuatro o cinco siglos treparán hacia las alturas.

Quien tenga algún día el mismo privilegio que tuvimos nosotras y llegue hasta ese lugar, ojalá respete a esa magnífica criatura y comprenda, con humildad, que se encuentra en presencia de un milagro.

por Raine Golab



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Raine y su perrito Guli, foto de Nelly Idiart
Raine y su perrito Guli, foto de Nelly Idiart
bebé lahuan (alerce) al pie del tronco materno
bebé lahuan (alerce) al pie del tronco materno