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El lago Escondido

En mis últimas extendidas de línea, y gracias a los largos días sureños, he tenido la oportunidad de quedarme a pescar hasta muy tarde, ya con una oscuridad casi total...

 

Diré que cuando uno se encuentra en esa situación, la penumbra es siempre llevadera... se puede ver hasta el fin, bien hasta el fin dentro de un moribundo atardecer.

Ya eran más de las diez de aquella noche en la que permanecía con el agua hasta la cintura en el lago Escondido, sin tener novedades que levantasen mi ánimo de pescador novato; sólo algunos castores me hacían compañía: pasaban delante de mí y al sumergirse golpeaban su cola en la superficie produciendo un fuerte sonido que estremecía la quietud del bosque, más aún si sabemos del silencio que reina en él a esas horas... Pensaba en cuánto me faltaba por aprender todavía, en tanto mi floating se extendía y dejaba caer en el agua la seca de turno, una caddis amarronada.

El lago Escondido se encuentra a unos 60 Km. de Ushuaia. Como sabemos del viento característico de la zona, podemos decir que en este lugar nos sentiremos más que reparados, pues está, como su nombre lo denuncia... escondido. Totalmente rodeado por montañas boscosas, sus aguas son muy claras y es atravesado en sus costas por grandes troncos, muchos de ellos escondites de hermosas marrones y otros tantos convertidos en hogar para los castores.

Es así que mientras meditaba y soñaba con algún tardío pique, empecé a levantar mi mosca del agua, viéndola arrastrarse por la superficie, formando una estelita que avanzaba hacia mí -algo que los mosqueros llaman drag- y, para mi espectacular sorpresa, vi cómo era atacada... digo espectacular, porque no acababa de ver el clásico ataque de seca -cuando la mosca desaparece de la superficie y se sumerge, claro-, sino que esta vez había sido distinto... pues el atacante también lo había sido... no sólo yo había visto el drag... además un desprevenido y recién levantado murciélago había caído en el engaño, y eso, amigos míos... es mejor que nada...

Ese fue el hecho que determinó mi regreso a la cabaña... ya era tarde y quería disfrutar de mis últimas horas con veintiséis años junto a mi novia...

Mientras volvía, entre el oscuro bosque pensaba en cuánta belleza y encanto albergaba la noche en aquel lugar -claro que sí- eso y una que otra rata voladora que todavía no se había terminado de despertar.

por Orlando Andrés Tula
22 de enero de 2002



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