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Aluminé

El otoño que pasó fue caluroso y hasta hace pocos días, en arroyos y pequeñas lagunas pescamos dentudos con mis amigos, más atrás aún, quedaba el verano en el sur lejano.

Es un domingo por la tarde, gris y frío, hace pocos días comenzó el invierno de Mar del Plata. Mientras tomo un café se me ocurre atar unas moscas -no quiero terminar arrastrado a la T.V.- pero me falta el estímulo del uso que le daré a esas moscas; como si el ensueño de la pesca estuviese atado con un delgado hilo a la realidad; quizás pensamos en pescar más tiempo del que pescamos.

El otoño que pasó fue caluroso y hasta hace pocos días, en arroyos y pequeñas lagunas pescamos dentudos con mis amigos, más atrás aún, quedaba el verano en el sur lejano. Apoyadas sobre un costado de la computadora quedan unas fotos apiladas en desorden. Las reviso y me detengo en una: son dos muchachos que posan de pié con las varas de mosca cruzadas al frente, como en esgrima, al fondo la pared de una montaña árida que encajona al río Aluminé, abajo la apagada línea verde de los sauces que oculta el agua, y arriba el cielo azul pesado del atardecer, cruzado por un delgado trazo blanco de nube.

Estaba en el río Aluminé un abrasador enero de 2000; eran las siete de la tarde, la hora justa para comenzar la pesca. Las aguas venían apenas debajo de su nivel, se vadeaba con facilidad, era ideal para la mosca seca. Había acampado hacía cuatro días a unos ocho kilómetros aguas arriba del pueblo también llamado Aluminé y estaba solo. Mi única compañía era "Ana Karenina" de León Tolstoi. Había leído el primer tomo antes de partir de viaje, ahora me acompañaba el segundo tomo que tenía 650 páginas y ocupaba más espacio que el wader. El tiempo se repartía en pescar, leer, comer y dormir. De esto decía Bioy Casares: "las temporadas en comarcas lejanas, en soledad, con el monólogo interior y el recuento de cosas nimias: ahora hago esto, ahora hago aquello; se parecen peligrosamente a la locura".

Escuché voces a mis espaldas, me volví; eran dos jóvenes que rondaban los dieciocho años, pertenecían a la comunidad mapuche de Ruca Choroi, vestían camisetas de equipos de fútbol brasileño, gorras de béisbol, y ambos llevaban cañas de mosca en la mano.

-¿Pescó algo señor?

Les conté que esos cuatro días sólo había sacado tres arco iris respetables, no trofeos, muchas chicas y que la cosa estaba divertida. Oculté que a veces moría por charlar con alguien.

Se presentaron respetuosamente; Miguel y Juan José se llamaban.

-¿Qué tal la Fenwick?

Le alcancé entonces mi vieja y querida caña a uno de ellos. Al rato pescábamos los tres, yo con la pesada vara de malasia de Miguel; ellos se alternaban la Fenwick y opinaban.

Charlamos como si entendiéramos de las Orvis, Loomis, Sage; después pasamos a los reels, tocamos ya un poco más endeblemente el tema de las líneas, por último abordamos el tema de la gente, como corresponde a cualquier sociedad de consumo que se precie de tal.

-¿Conoce a Hugo Relmo?- me dijo uno de ellos mientras sacaba un cast insuperable con la garrocha asiática, y agregó -es el mejor pescador de Aluminé-.

Un pique muy corto casi imperceptible, seguido de una fuerte y decidida corrida en la mosca de Juan José, que soltó una maldición cuando percibió la línea floja, interrumpió la conversación que manteníamos. Nos reconcentramos entonces en la pesca, Juan José insistió en el mismo sitio de nuevo.

- Era una marrón, tiró como un tractor- dijo con voz baja, como suspirando para adentro, para no asustar al pez Miguel y yo no lo contradecimos, también necesitábamos creer en algo y con cara seria nos alejamos por los costados mientras casteábamos con suavidad.

Me dirigí río abajo de Juan José, donde se interrumpían los sauces por una pronunciada curva que proporcionaba un ensanchado remanso de aguas casi detenidas.

Comenzó un pique intenso de pequeñas arco iris que comían spents # 18, o más diminutos aún, que no teníamos. Había habido una eclosión pero se nos había pasado desapercibida. Todavía continuaba un poco, ya que algunas truchas saltaban para comer. Pequeños círculos como el que las gotas al caer provocan en la superficie del agua, encendían ese pedazo de río.

No había obstáculo en que esconderse, pero el viento soplaba suavemente contra la izquierda de mi espalda, era más que ideal. Decidí entonces hacer los casts sin entrar al agua, lejos de la orilla, comenzando primero por el borde para ir avanzando hacia el medio del río.

Las truchas eran chicas pero el pique era repetido. Sólo se producía cuando la mosca caía en el fugaz instante del pequeño círculo en el agua. Caí en cuenta que lo conveniente entonces era esperar con la línea extendida en el agua, luego castear con suavidad y precisión. Si la mosca caía bruscamente o alejada más de treinta centímetros de la trucha, ésta no la tomaba. La lucha duraba unos momentos, pero el desafío era engañar al pez, luego con cuidado lo devolvíamos al río; así hicimos con siete u ocho cada uno. Más tarde encendimos un fuego, y aún con luz comimos una sopa de pollo, unas manzanas y retomamos la charla con unos mates acompañados de unas duras tortas fritas del día anterior.

Me contaron de Hugo Relmo, él les había enseñado la pesca con mosca y a veces le acompañaban a pescar. Que tenía unos treinta y cinco años, estaba emparentado con una comunidad mapuche y trabajaba de disk-jockey en la emisora de radio del pueblo. Intentaron completar la semblanza refiriéndose a su caña de pesca; proponían nombres que se corregían o agregaban, recorrimos la lista de fabricantes de U.S.A. y de Japón, no llegamos a un acuerdo; entonces pensé que si las horas que le dediqué a manuales de artículos de pesca las hubiese dedicado a Tolstoi, hoy sería profesor de literatura.

La caña de Hugo Relmo quedó en el misterio. Quedé entonces en encontrarme con ellos en el pueblo e ir a visitar a Hugo a la radio, el tema era importante. Decía Oscar Wilde: Siempre tengo profundo respeto por las personas que toman en serio las cosas triviales y en broma las cosas serias.

No muy temprano por la mañana, con mi bicicleta, me dirigí al pueblo por el camino de ese movido desierto que ilumina el río. También el pueblo estaba casi desierto de gente, que se movían con la pereza de las mañanas patagónicas; en la plaza me encontré con Juan José y Miguel.

Hugo Relmo no había llegado. Me invitaron los que serían sus compañeros de trabajo, pero lo esperé afuera para no entorpecer la labor. Llegó al rato, era de altura mediana, bien parecido, rasgos finos, una afortunada combinación del mapuche con el godo. Vestía bombachas paisanas pero a la manera de un desarrapado estudiante de filosofía, con camisa afuera y zapatillas. Le dije que venía para charlar de la pesca en la zona. Se alegró, se presentó como pescador enfermizo. Le conté que lo tenían por el mejor pescador de Aluminé y él me contestó que además era el más elegante. Me cayó bien que se tomase en broma.

Me invitó a pasar a la sala donde estaban micrófonos, equipos de audio y aparatos infernales, indescifrables para mí. Se sentó frente a una computadora para operarla. Pensé en sus ancestros, se me ocurrió entonces sacarle una foto.

-No, luego te explico- me dijo.

Acepté callado.

Quedamos en encontrarnos para pescar al atardecer, me indicó el lugar, en las inmediaciones del pueblo.

Lo esperé en una callecita perpendicular al río que limitaba al pueblo por el sur. Terminaba en una plazoleta, luego un sendero de canto rodado que bajaba serpenteando entre unos pocos álamos hasta el agua.

Apareció, con la caña en una mano y nada en la otra, vestía la misma ropa con la que había ido a trabajar. De reojo miré la vara; de marca indefinida, alcancé a leer #7-8; un garrote para pescar tiburones. Bajamos a un rápido que moría en un amplio remanso en curva lleno de grandes piedras redondas que sobresalían hasta unos cincuenta centímetros del agua que y se interrumpían al llegar al veril.

-En éste lugar son chicas, pero a veces tuve sorpresas- dijo.

Yo me interné en el río con el agua por las rodillas sin waders y con zapatillas. Miré hacia atrás y vi como Hugo saltaba de piedra en piedra con destreza sorprendente, sin mojarse. Con velocidad avanzó a la piedra más distante, saltó y quedó flexionado, agazapado en equilibrio sobre la reducida superficie de la roca. Casteó sin incorporarse, muy suave; cayó la mosca lentamente como una araña agarrada de su tela. Dos, tres veces, levantó la caña con golpe corto y sereno y saltó alto una arco iris como de un kilo, luego corrió río abajo, la caña famosa se arqueó elegantemente como si costara quinientos dólares. La acercó despacio, la tomó cuidadosamente y con dulce mirada la dejó ir. Todavía quedó un rato con la vista en el agua donde se había sumergido la trucha. Se me acercó y me dijo

-Ni loco toco el agua- refiriéndose a que había entrado en el río sin mojarse. Pero no me dio explicaciones.

-Quiero explicarte porqué no permití que me sacaras una foto- me dijo; y agregó: -He leído bastante a Carlos Castaneda, el de "Las enseñanzas de Don Juan"- me recordó. -Aprendí que debemos prepararnos como guerreros y sólo tenemos la vida y la muerte por delante y que no debemos retener el pasado. Por eso no me gustan las fotos.- Mas tarde me dio un libro de Castaneda, y luego de otros dos días de pesca y lectura, se lo devolví y lo discutimos, luego me despedí.

Regresé al año siguiente con mi compadre, su hijo, mi hijo menor y un amigo, todos pescadores de mosca. Fuimos a buscarlo a Hugo a la radio y vino una tarde a pescar con nosotros al Aluminé. Ahora tenía, creo, una Saint Thomas #3 o #4, de dos tramos, bien corta, seguía fanático de la mosca seca. Disfrutamos de verlo pescar, saltar como una gato en las piedras y de escucharlo. Nunca nos contó porque no se mojaba en el río.

Pedro Diez

 

 



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