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Recuerdos de una excursión relámpago a Sierra de la Ventana

A propósito de truchas - Un concurso donde ganan las truchas - Escapada tripartita hacia los pozos de FULKE - ¿y las truchas? Bien gracias. Por CAPITAN REEL

 

Cuando se habla de truchas con un profano, es decir con uno de esos extraños seres que no conocen más que una pregunta: ¿pican?, lo primero que surge al iniciarse la conversación es lo relativo a la desconfianza de la trucha. Es lo único por otra parte que los profanos saben de las truchas. La trucha es un animalito muy desconfiado, dicen, y respiran lo más ufanos y satisfechos de sus conocimientos halieúticos.

Sin embargo hablando con propiedad zoológica - diremos así - no podría afirmarse que la trucha sea desconfiada; desconfiada, al menos, al modo del desdichado genero humano, sino que viendo este pez en un medio muy claro, muy definido, sabe a que atenerse a cerca de los ingentes peligros que le acarrea su voracidad y se ingenia para contenerse prudentemente cuando la oportunidad le ofrece un premio a su apetito siempre despierto. De ahí que los profanos atribuyan desconfianza a las truchas y dictaminen que su pesca es una de las más difíciles y dificultosas, juicio éste que, al revés de otros muchos comunes, corresponde a la realidad.

Los argentinos nunca hemos sido muy aficionados a los peces, quizás debido a la extraordinaria facilidad con que engordan las vacas en nuestras extendidas praderas. De modo que se explica que sean muy pocos los que conozcan la existencia de truchas y de las buenas, desde muchos años atrás, en plena Provincia de Buenos Aires. La circunstancia de que estas truchas, tuvieran poca o ninguna influencia en los movimientos oscilatorios de nuestra balanza comercial les ha permitido vivir ignoradas y felices en una especie de silencioso retiro conventual, solo violado por una escasa docena de "connaisseurs" que, a su vez, se callaban por la cuenta que le tenía.

La primera vez que yo me entere de que había truchas en el más importante estado argentino, fue gracias a la información de "Fishing Gazetta" de Londres, la decana de las publicaciones halieúticas del mundo. Picada mi curiosidad de aficionado a los peces, en aquel año revelador de 1933, me informe, ya en nuestra tierra de casi todos los arroyos de la parte montañosa de la Provincia de Buenos Aires, habáin sido ennoblecidos por la presente de la vivaz y andariega trucha arcoiris de los piscicultores, Salmo shasta, la más deportiva de toda esta distinguida familia, y que este animalito del agua clara y limpia, desconocido de los argentinos, provocaba anualmente un importante turismo deportivo desde la misma patria de la pesca, Inglaterra.

Crease o no, la verdad verdadera es que, desde antiguo, un grupo selecto y cada vez más numeroso de pescadores británicos-en épocas normales se entiende- se hacía el viajecito de millares de millas marinas, para internerse en la pintoresca Sierra de la Ventana, donde, flexible caña en mano y enarbolando las más vistosas de sus moscas artificiales, olvidaban sus negocios y sus quebraderos de cabezas, asechando el paso rápido y furtivo de las "rainbows" en los cursos cantarinos y sinuosos de los arroyos bonaerenses. ¡Y tenían a Escocia a un paso de sus propios hogares!. Pero esa raza es así y no desprecia emociones nuevas por lejanas que se hallen....

Las truchas en el tapete

Desde el año pasado, las truchas de la Sierra de la Ventana gozan de relativa popularidad. La inauguración de un establecimiento de piscicultura en la zona, con asistencia del entonces Ministro de Agricultura, Altos funcionarios nacionales y larga comitiva de invitados, descubrió la existencia de los salmónidos en nuestro primer estado. Por lo tanto estas truchas han perdido su tranquilidad paradisíaca. Pero no nos alarmemos demasiado, porque las reinas de las aguas saben defenderse eficientemente contra los intrusos y sus intenciones, según lo demostraron al darse a conocer los resultados del primer concurso de pesca de trucha, realizado inmediatamente después de la inauguración oficial del establecimiento, que ha de velar por la propagación de la familia truchera en Sierra de la Ventana. Total: dos pequeñas truchas arcoiris pescadas entre quince hábiles pescadores en dos horas de continuo revoleo de moscas, a cuál más tentadora. (Y que me perdone el Doctor Besio Novaro y la Señora de Ohlsson, ganadores en este orden de concurso).

El paisaje bonaerense de la región truchera es sencillamente encantador. El ferrocarril, después de dejar Pringles, llega a una pequeña estación rodeada de verdeantes sierras - no tan bajas, como que algunas pasan de los mil metros de elevación -, pero antes ha venido acompañando el curso de un arroyo de aguas claras y rápidas, que es ya un verdadero anticipo de truchas, digámoslo así para entusiasmar de entrada a los pescadores desconfiados. Este arroyo como casi todos los de la región tiene truchas en sus remansos y en sus pozos o "pools" palabra inglesa que significa casi siempre una trucha prendida de la mosca artificial, luchando como un verdadero gato montes... y para concluir de acelerar el curso de los pescadores añadamos que esos "pools", vírgenes de anzuelos, amparan truchas, verdaderas truchas a poco más de 500 kilometro de Bueno Aires la múltiple, la ensordecedora.

Los ya lejanos y corajudos viajeros que durante la primera mitad del siglo XVIII, visitaron la entonces desértica región - el jesuita Falkner, por ejemplo -, estamparon en sus crónicas sabrosas observaciones locales. Los indios Puelches y los Moluches, habían levantado en los escondidos valles lugareños, poblaciones estables, verdaderos pueblos y llamaban a la Sierra de la Ventana "Casunati" (montaña alta), los primeros, y "uutyalet" (montón grueso), los segundos. Siendo una zona naturalmente defendida por las montañas, los indígenas juntaban allí las cabezas de ganado que robaban durante sus sangrientos malones, a las avanzada de la civilización cristiana y luego de descansarlas y engorsarlas, continuaban arreándolas hasta las primeras estribaciones de la cordillera, donde ya nadie podía rescatarlas del dominio del salvaje. El arroyo sauce chico, uno de los más hermosos y prodigo ahora en truchas, se llamaba "hueycheleubú" es decir río pequeño de los sauces, pues en las orillas se levantaba con su aire melancólico y tristón centenares de sauces colorados. Sospecho que los cristianos al avanzar sobre los indios, convirtieron a estos sauces en leñas, porque en 1943 no he visto ninguno. Detalle insospechado: los fogones del siglo XVIII abrieron sin saberlo el espacio vital necesario para el suave restallar de las cañas trucheras, a orillas de los arroyos serranos....

Sobre el rastro de las arco iris bonaerenses

Las dos truchas pescadas durante el concurso en él, arroyo del Negro Muerto, donde se levanta la nueva estación de piscicultura, nos probaron a los circunstantes que en verdad había truchas. De modo que, por la tarde, y separándose de la comitiva oficial, se formo una pequeña expedición, formada por Pablo P. Bardín, Ernesto Lagache y el autor de estas líneas, cuyo fin principal consistía en hallar "mas truchas" fuera del arroyo del Negro Muerto, oficializado ese día y repleto de concurrencia de curiosos. Asi, gracias a un rápido automóvil "de prestado", pusimos rumbo después del almuerzo, a unos famosos "pools", los pozos de Fulke, viejo poblador de la zona que fue, precisamente, según las crónicas lugareñas, el primero que sembró truchas. Eran pues, las autenticas truchas de Fulke, las que íbamos a buscar con los amigos Bardín y Lagache, 20 kilómetros más allá de la estación de Sierra de la Ventana, para el lado de Bahía Blanca. Pescaríamos en el Sauce Chico, aquel arroyo que en tiempos de los puelches y los moluches, tenia sauces colorados en sus orillas. Los expedicionarios sabíamos - ¿acaso podían ignorarlo los expertos trucheros como Bardín y Lagache? - que el día era malo para la pesca: había llovido durante la noche anterior y los arroyos se hallaban bastante turbios. Para la trucha ni para ningún pez que se estime, reza aquello que "a río revuelto, ganancia de pescadores". Además la hora también resultaba un inconveniente para la pesca, pero el deseo de recorrer la encantadora región serrana y de "conocer tierras" pudo mas que la casi certeza de fracasar con las cañas y las moscas. Completaba el cuadro de síntomas desfavorables, el continuo silbo del viento sur, que arrastraba un "cardumen" aéreo de desflecadas nubes de algodón en rama. De pronto sol y de pronto nublado, ¡hum! No hay trucha que pique... pero ¿y si picaba, por ventura, alguna más desprevenida que las otras? Teníamos en nuestras cajas las mejores moscas parea las truchas de Sierra de la Ventana, por lo menos eso nos aseguraron los expertos del lugar. ¿Despreciarían las truchas del Sauce Chico a la aristocrática " Alexandra" bautizada así en honor de una reina poderosa, a la "Teal and Red" o a la famosa "Jock Scott", cuyo lomo rojo y amarillo paseado en triunfo por todo el mundo, es un verdadero "bocatto di cardinale" ante el que sucumben las más ariscas de las criaturas de las aguas. Habría que verlo.

Al llegar a las famosas pozas de Fulke, los componentes de la exposición nos abrimos cautelosamente en estratégico abanico. Bardín en el ala derecha, Lagache en el centro y yo en el ala izquierda. Comenzó sin más trámite la fatigosa tarea de investigar las aguas con las famosas moscas de llamativos colores.

Estábamos, por cierto, en la más desfavorable de las posiciones: con el sol a nuestras espaldas, pero la topografía del lugar y la escasez del tiempo no permitían buscar otra posición de más conveniente estrategia. Las sutiles cañas trucheras iban y venían trazando repetidos arcos de circunferencia sobre el cambiante cielo serrano. "Pescamos" así, durante buen rato los pozos, los remansos, las cercanías de las pequeñas cascadas sin ningún resultado practico. En vista del fracaso, realizamos una rápida consulta y decidimos cambiar de sitio y de arroyo. No puedo mencionar el nombre de este nuevo arroyo que elegimos, pues en el desierto es difícil preguntar nombres, pero sospecho que debía ser el arroyo de la Ventana, afluente del Sauce Chico, que desciende desde el Abra de la ventana. Para el caso, poco importó conocer el nombre del arroyo, porque "pescado" concienzudamente por los tres integrantes de la expedición, dio igual resultado que el anterior; las truchas no se vieron por ninguna parte, a pesar que nerviosos enjambres de inverosímiles mosquitas blancas revoloteaban sobre las aguas, cayendo mas de la mitad de ellas al cauce. Si las truchas no se impresionaban ante aquel abundante alimento que les caía del cielo, ¿cómo podía conmoverlas una mosca solitaria escondiendo un anzuelo disimulado, por más "Alexandra" que fuera?

Sin embargo, no obstante todo esto, solo la premura del regreso y la obligación de devolver a su dueño el automóvil "de prestado", nos hicieron abandonar la partida, precisamente en la mejor hora, la del atardecer, cuando las sombras se alargan y la naturaleza se apresta a la invasión de las legiones nocturnas que no son, por cierto, de muerte, sino de reposo...

Pequeña Arcadia de pescadores

El hecho de que nosotros no viéramos ninguna trucha en el curso de aquel ventoso día de Abril, no quiere decir que no las haya. Las gentes del lugar pescan a menudo, aunque no observan todos los mandamientos estrictos del difícil arte. Las pescan con lombriz -¡horror, manes de Isaac Walton!- y sacan muchas hermosas Arco Iris. Pero el pescador de mosca o de cuchara también suele hacer sus buenas cosechas, y conozco el caso de un aficionado británico que, hace algunos años, en aguas del Fortín Chaco, obtuvo en 3 días de pesca la friolera de 70 Arco iris, algunas de más de 3 kgs. de peso.

La dificultad práctica del deporte en esta zona consiste en que casi todos los arroyos corren por campos particulares y hay que contar, pues, con la buena voluntad y el permiso de sus propietarios, no siempre inclinados a facilitar la entrada debido a algunos abusos cometidos por gentes inescrupulosas.

A pesar de estas restricciones naturales y comprensibles, creo que Sierra de la Ventana, es un futuro no lejano, puede ser la primera etapa del pescador que se dirige a probar fortuna con los salmonidos de los más apartados lagos y ríos patagónicos.

Pedro Zizar, distinguido y arriesgado piloto de la Real Armada Española, que realizo un viaje a Patagones en 1781, estuvo de paso en Sierra de la Ventana, señalo el nacimiento de los ríos Sauce Grande y Sauce Chico y bautizo a esta apartada región, en poder de los salvajes, con el mote de "Pequeño Andes" impresionado quizá por la altura de los mas espigados picos.

162 años, después, desaparecidos los pueblos indígenas, y aparecidos los hoteleros, yo, cronista de mediados del siglo XX, me atrevo a rebautizar a Sierra de la Ventana, después de haber visto los chañares, los piquillines, las barbas del chivato, las sombras de toro, y los molles que adornan sus campos y las veras de sus arroyos trucheros, con el mas apropiado nombre de "Arcadia de los Pescadores", no obstante haber sumergido en vano mi vistosa "Alexandra" en sus aguas cristalinas y eternamente inquietas...

Transcripción de un fascículo de la revista Pique del año 1944.
Gentileza de Darío Pellegrino
Asociación de Pescadores con Mosca de Azul



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