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Mis primeros pasos

Conocí y comencé a pescar truchas en 1958 en el río Senguer, en su nacimiento en el lago Fontana, provincia del Chubut, de la mano de compañeros de trabajo norteamericanos.

 

Utilizábamos sofisticados equipos de ‘Spinning' para la época, y extrañamente, diminutas cucharitas bañadas en oro de pocos quilates.

Mi primer equipo de Mosca, fue producto de una compra casual a un vecino, quien me ofreció en venta algunas cosas heredadas de su padre. Me llamó la atención una caja muy bien hecha y de buena madera, que contenía una caña de bambú, un viejo carrete Dam, unas líneas trenzadas, unos tarros con diferentes grasas, y unas mosquitas.

La caña, que no era otra cosa que una vieja pero buena caña de pescar con mosca, tenía los pasahilos de algún cristal como ágata. Pero en realidad, como yo no sabía que era para una técnica de pesca especial, imaginé que serviría para lanzar muy lejos con una cucharita, por aquello de menor fricción en los pasahilos. ¡Que desilusión!.

Fue quizá en 1961, cuando en un viaje a la localidad de Caleta Olivia, en la provincia de Santa Cruz, bordeando esa magnífica costa del Atlántico, paré en un sitio elevado sobre el mar, saqué la caña y la armé con un reel de ‘Spinning' frontal y amarré una cuchara como de 28 gramos en el nailon Nº 0.30 mm. Recuerdo que pensé; "¡esto va a tirar más de cien metros!".

Lo primero que ocurrió, fue que la cuchara cayó a solo unos veinte metros, mientras el hilo hacía un ruido fuerte al golpearme los nudillos, lo segundo fue un profundo dolor en la mano donde el hilo me había rozado, producto de que el reel en esa caña va colocado detrás de la mano.

Allí comenzó mi investigación por saber que clase de caña había comprado, y ¿para que serviría?

Quizá es interesante hacer notar, que ninguno de los muchos norteamericanos que conocí por mi trabajo en aquellos primeros años, ni utilizaba ni mencionó nunca la Pesca con Mosca.

Años después y viviendo en Neuquén, mi interés por ésta actividad creció de tal forma, que me llevó a fuerza de prueba y error, a manejar el equipo de Pesca con Mosca con bastante eficiencia, a pesar de que no tenía acceso a prácticamente ninguna información.

En el año 1971 fui transferido por razones de trabajo a Río Grande, Tierra del Fuego, adonde por supuesto, disfruté muchísimo de la pesca de esas hermosas truchas marrones hasta finalizar la temporada del año 1976, cuando regresé a Neuquén.

Quiero destacar que, gracias a la amistad que me brindó el Sr. Charles Menéndez Behety, quien era uno de los propietarios de la estancia María Behety, yo tenía acceso libre a todos los mejores lugares de pesca que el Río Grande ofrecía en ese entonces.
Fue en ese río, donde nació una relación muy especial y respetuosa, que se extendería por siempre, con el gran pescador de mosca y uno de los precursores más importantes de esa modalidad de pesca en Argentina, el Sr. José Evaristo Anchorena, conocido entre nosotros con el sobrenombre de "Bebe".

En esos cinco años, donde coincidimos varias veces y compartimos algunos muy lindos momentos, yo aproveché para observarlo sin molestar, tratando de comprender su pasión, su búsqueda en silencio, y seguramente sin que se diera cuenta, aprendí de él muchas cosas, especialmente sobre la ética y la esencia de la Pesca con Mosca al verlo disfrutar solo, sin testigos y sin sentir nunca la necesidad de demostrar nada. Si hablaba, era solo para enseñar. ¡Que distintas serían otras experiencias que viviría yo pocos años más tarde!.

Como reconocimiento a Don José E. Anchorena, quiero mencionar una afirmación que me hizo en la orilla del río Grande, en oportunidad que regresábamos al agua una de esas magníficas marrones, cuando profetizó tan acertadamente: "Con el paso del tiempo y por poco que se cuide, vas a ver que cada año éstas truchas serán más grandes y habrá en mayor cantidad, y así como hoy es bastante fácil tomar una de ocho kilos, en pocos años más será igualmente fácil obtenerlas de 12 Kg. o más". Cuanta razón tuvo!!.

por Luis "Chiche" Aracena



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