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Náufrago profesional

La historia de Máximo Clemente

 

Antes del advenimiento del buque a vapor, para viajar desde Europa al océano Pacífico se utilizaba la ruta más austral del Atlántico sur, por el Cabo de Hornos, y no la del estrecho de Magallanes para cruzar de uno a otro océano.

Por el angosto estrecho, los veleros corrían mayor peligro de varar o estrellarse contra rocas o costas altas. Cuando se generalizaron los vapores, éstos utilizaban la ruta más corta del estrecho.

Los primeros vapores que navegaron tan al sur, se encontraban muchas veces con que no conseguían el carbón suficiente. Por eso, inicialmente eran mixtos: tenían velamen por las dudas, y caldera a vapor también.

En 1873, zarpó desde Trieste el velero alemán "Dr. Hansen"con destino a Australia. Ya en medio del océano, fue advertido un joven polizón a bordo. Por supuesto le hicieron pagar el consabido "derecho de piso", pero terminó ganándose el afecto de los demás tripulantes y trabajando de grumete.

Capitán y tripulación bien alertas, el velero emprendió la vuelta al temible Cabo de Hornos, por donde debió soportar una terrible tempestad quedando a la deriva hasta encallar. El agua invadió las bodegas rápidamente...

Durante la bajamar, había que llevar un cable a tierra; la maniobra podía representar la vida de la mayoría, pero... quien se arriesgaba a echarse a esas aguas tan heladas y turbulentas, sin mencionar el peligro de las rocas sumergidas? Máximo Clemente, el polizón lo hizo!

Máximo era un chico alto y fornido. Gracias a su juventud, a esas alturas de la catástrofe no estaba tan exhausto como sus compañeros. Cuando el último hombre había ganado la costa deslizándose por el cable que el grumete llevó a tierra, el barco desapareció bajo las negras aguas.

Quien pudo encontrar a los náufragos, once hombres y una mujer, todos ellos esqueléticos y al borde del colapso...? Luis Piedra Buena, quién más! Don Luis escribió que jamás había visto seres humanos en tan lamentable estado... A los hombres hubo que cargarlos para sacarlos del peñasco donde se habían refugiado, demasiado débiles para valerse por sí mismos. Piedra Buena los amontonó como pudo en la pequeña bodega del "Luisito".

Lejos de amilanarse por la experiencia vivida, Clemente se quedó a trabajar con don Luis, iniciándose como marinero y lobero, siendo con el paso de los años, minero y hasta gaucho!

Cuando Piedra Buena vendió el "Luisito", su nuevo dueño lo rebautizó "Sapo". Clemente navegó también con él. Ironías del destino, estuvo a punto de naufragar con el mismo barco que antaño lo había rescatado... en ésta oportunidad, los náufragos llegaron dificultosamente a la costa de Santa Cruz, donde unas instalaciones abandonadas todavía conservaban un piano, pero nada de comida... El hambre los impulsó hasta a raspar los cueros de lobo en procura de recuperar una pizca de grasa para "condimentar" un zorro flaco y dos caranchos cual inolvidable puchero.

Hubo un tercer naufragio para Clemente, de ribetes dramáticos también, donde se salvó aferrado a un tablón para mantenerse a flote, batiendo records de permanencia dentro del agua.

Después de tan duras experiencias, no quiso ni escuchar hablar de barcos. Se aquerenció en la isla Pavón donde se convirtió en "caronte", encargado de pasar a los tehuelches a través del río Santa Cruz, cuando llegaban para comerciar.

Quedó manco al rodar en una guanaqueada, lo que no le impidió colaborar con Moyano, Moreno, Spegazzini, Bove, Oneto y otros expedicionarios que recalaban allí, sirviéndoles como baqueano. Es que, además, Máximo hablaba de corrido italiano, francés, inglés, alemán, yugoeslavo y, por supuesto, criollo-tehuelche. Estuvo entre aquellos que por primera vez navegaron el lago Argentino y acompañó a los científicos que llegaron a esas latitudes para observar el tránsito del planeta Venus... Pudo, así, recorrer la Patagonia hacia todos los rumbos.

Como a todos, le llegó la hora de apaciguarse. En 1886, contrajo matrimonio con Margarita Mansilla, moza de 16 años de edad, siendo el suyo el primer matrimonio cristiano de Santa Cruz, oficiando el padre José María Beauvoir en la ceremonia.

De baqueano pasó casi a posadero, pues Moreno, Ameghino, Onelli etc, todos iban a pernoctar a su casa teniendo, además, el placer de escuchar los relatos de sus aventuras... y el barullo ocasionado por sus diez hijos....

Su casa de Puerto Santa Cruz sobre la calle Frank Lewis todavía se encuentra habitada por descendientes. A dos cuadras, se levanta una monumento en homenaje a doña Margarita.

por Raine Golab

Fuentes:
* artículo de Carlos Borgialli en revista Argentina Austral.
* "Piedra Buena", por Arnoldo Canclini.



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