Acceso Premium

    Usuario:
    Contraseña:

Inicio » Notas » Lugares
Las fuentes del Gallegos

Me desperté con el azul resplandor del lago Viedma.

 

La ventanilla del 737 se había transformado en una pantalla natural para el espectáculo más imponente que se pueda concebir. El amarillo blancuzco de la estepa reflejaba la luz en un espectro digno del hiperrealismo más genuino.

Como colosal esmeralda, pronto se aparecería ante nuestros ojos el lago Argentino. Idiomas extranjeros y motores de cámaras hacían el resto.

Mientras explicaba a una extasiada pareja alemana el detalle geográfico, la conciencia plena volvía a instalarse en mí. Y agradecía el poder verlo una vez más.

Es común obtener esta bonanza al principio del otoño en esas latitudes, y el viento parece tomarse un descanso. Seguramente para volver con más fuerza en pocos días, y seguir atormentando a los que allí se atreven, como desde el principio de los tiempos.

Este rudo entorno ha forjado un carácter peculiar en los pobladores. Pausados y taciturnos, son sin embargo solidarios al extremo, concientes tal vez de que la falta de tal condición puede ser mortal para el necesitado.

Ya en el Aeropuerto de El Calafate, el apretón de manos y el abrazo quebrantahuesos de Milthon, un gigantón afable y cariñoso biznieto del mismísimo John Evans, el legendario galés dueño del Malacara, aquel noble y resistente pingo criollo, que veloz como el viento y también como el viento incansable lo salvó de la indiada y hoy es monumento, allá por Trevelin.

Los pasajeros que me rodean en el Jeep rumbo al pueblo, no se acercan por menos de veinte años a mis cincuenta, y el tamaño de sus ojos revela su asombro y entusiasmo por el paisaje. Hacen preguntas incesantes que Milthon responde muy pausadamente. Deliberadamente. Un brillo pícaro se enciende en sus ojos, que me dirige en una mirada cómplice. Para "aclimatarlos" dice después.

La voz de Lucas suena irónica por la radio preguntando a Milthon si lleva sano y salvo a su "aventurero progenitor". Él contesta afirmativamente, al tiempo que bromea sobre el inminente peligro que correrán las truchas los próximos días.

A pesar de los varios años transcurridos, el encuentro con mi hijo me genera la misma emoción, aquel nudo en la garganta de mi primera visita, a siete meses de habernos separado cuando decidió que la Patagonia era su lugar.

Lo estoy viendo siempre con su pelo revuelto y su campera roja esperándome en el Aeropuerto aquel otro abril de algunos años atrás, parco y sereno, gestando un hombre en su interior, bien escondido en su juvenil figura, y en mi visión paterna de aquel pegote de tantas aventuras, que se dormía acurrucado en la proa, en medio de la tormenta, envuelto en cuanta frazada había. El que amaba nadar conmigo en los pozos del Río de la Plata. Allí donde el agua es fría aún en verano.

El Chulengo es una institución patagónica, destino final de cuanto tambor grande de combustible en buen estado exista. Muñido de patas, grilla y chimenea es un generador inagotable de delicias gastronómicas de diversa índole. El tiempo vuela en sus inmediaciones, y esto sucedió una vez más aquel mediodía. Entramos a la Ruta 40 a media tarde, por lo que nuestro primer destino sería el Río Pelque.

El Pelque

Existe cerca del puente por donde el camino atraviesa al río, un puesto policial. Un sendero vehicular lo bordea y por su margen Sur acompaña a este curso de agua en su camino hacia el Este, donde tributa al Coig. A unos tres mil metros de la ruta y por ese mismo sendero se encuentra un puesto de Estancia asentado con elegancia sobre una bella lomada y resguardado por un monte añoso.

En la tranquera de acceso nos preparamos y empezamos a bajar la suave colina rumbo al río, al que desde esa altura se ve serpenteando en innumerables meandros, entre las altas matas amarillas. La bellísima tarde es surcada por una suave brisa, y una bandada de cauquenes levanta vuelo y pasa sobre nuestras cabezas como una escuadrilla de bombarderos pesados. Los corderos huyen despavoridos a nuestro paso, hasta que quedamos solos atravesando el campo acompañados únicamente por la familiar hostilidad del tero.

El Pelque es el perfecto trout stream de los ingleses. Una sucesión ininterrumpida de curvas, correderas y pozos que se suceden por kilómetros y kilómetros. Es ideal para las truchas, que sin embargo son en general pequeñas, seguramente por la escasez que genera la superpoblación. Solo a principio de temporada suelen obtenerse ejemplares grandes, que con el mayor caudal suben del Coig.

Es un ambiente íntimo y pequeño, en un paisaje semejante a Escocia, con sus aguas heladas y límpidas. Dominio exclusivo de las bellas y agresivas salvelinus fontinalis.

Puede decirse que no habrá engaño bien presentado y adecuadamente dimensionado que no sea honrado con un feroz ataque. Es un paraíso para los cultores del antiguo y noble arte de la mosca seca.

Pero ésta deberá ser verdaderamente seca y flotar libremente según lo establecen las reglas, porque si bien las truchas de arroyo no suelen ser selectivas, ven muy bien aquí por la claridad del agua, y a veces se aprecia cómo varios ejemplares observan a pocos centímetros el engaño, acompañándolo en su deriva. Todos los habitantes de este lugar, aunque breves, ostentan un buen estado de nutrición y la gallardía característica de la especie. Feroces y territoriales cazadores. Debo decir aquí, que nunca he visto fontinalis desnutridas, y se me ocurre ahora que tal vez sea por su inagotable y tenaz búsqueda de comida, que sólo abandonan en época de celo, para abril generalmente, celo del que salen maltrechas, y por su variada dieta. Depredan sobre cualquier criatura viviente que puedan engullir. Son implacables cazadoras de roedores, tanto en la Patagonia Norte como en la Tierra del Fuego.

Una Grizzly Wulff atada en un anzuelo 15 o 16 es aquí (una vez más) mortífera. Dos horas en este bello y solitario lugar, con una caña 2 o 3 representan una experiencia muy grata para un pescador de truchas. Y un saludable remedio para el espíritu.

El tiempo pasó sin notarlo, y cuando me acordé de él, el sol ya presentaba un estrecho ángulo con el horizonte, por lo que con pesar saqué a Lucas de sus pequeñas ninfas, a las que comenzaba a domesticar, para iniciar juntos la vuelta.

Sería inútil describir para el que no lo haya vivido, la gloria de volver colina arriba, entre las matas de coirón, con el sol y la recia brisa patagónica en la cara hacia el camino, después de una tarde de pesca, sintiendo que aún puedes acompañar el paso de tu hijo.

Río Turbio

Nuestra única opción dada la hora, era hacer noche en Río Turbio. Pero había que llegar primero, después de una larga jornada y viajando de noche sobre una ruta semidestruida. Solamente los acostumbrados pueden hacerlo con cierta seguridad, y Lucas parecía estarlo, por lo que cansado de apretar los dientes con cada pozo y banquina, finalmente me quedé dormido y me desperté entrando al pueblo, sanos y salvos.

La impresión que genera el acceso a esa localidad es curiosa, cuando uno bordea por debajo del nivel, la mina de carbón. Las luces en las laderas simulan un extraño hormiguero sumido en la bruma, una fantasía industrial digna de Orwell, que en medio de esa niebla nocturna resulta desconcertante, fantasmagórico.

Tuvimos nuestra breve y frugal cena en un lindo Hotel que se encontraba en reformas, y luego de un sueño profundo y un abundante desayuno, volvimos a la ruta 40.

El origen del río

La cordillera a esta altura vuelve a adquirir protagonismo en el paisaje. Del lado occidental se encuentran las Torres del Paine.

Las níveas elevaciones contrastaban claramente con la amarillenta estepa de abril.

Casi sin darnos cuenta, llegamos al Gallegos.

El puente Blanco de la ruta 40 atraviesa al río a poco más de trescientos metros de su origen. Nítido accidente geográfico dibujado claramente desde la Creación.

Del Sur llega encajonado el Penitente, procedente de la cadena montañosa que bordea el Estrecho de Magallanes. Fuerte y caudaloso, corre más profundo en una honda cañada. Sigue su misión geográfica en forma casi rectilínea, recibiendo al Rubens por el Oeste, casi en ángulo recto, el que confluye en medio de las enormes piedras que arrastra en sus crecientes, verdadero testimonio de su carácter aluvional y violento.

Y así, como en una simple lección de geografía, nace el Gallegos. En forma grandiosa pero sencilla, como suele suceder en esta parte desmesurada y particular del continente. Esta zona de extrañas dimensiones. Donde todo es distinto. Esta tierra de gigantes. Donde Chile queda al Sur.

El río Rubens

Frescos y entusiasmados, no nos detuvimos demasiado en estas contemplaciones y decidimos remontar el Rubens por su orilla Sur, por lo que muñidos de una caña cada uno y una mochila para los dos, donde llevábamos escasa comida, fósforos, una linterna, algún abrigo y las bolsas de dormir junto a unos cortes de polietileno capaces de envolvernos en caso de necesidad, nos encaminamos a paso firme agradeciendo la bondad del clima, insólito para estas latitudes, y muy confiados en nuestra detallada Carta del Instituto Geográfico Militar.

Dividiendo las horas de luz que nos quedaban, teníamos cinco horas de marcha aguas arriba y cinco para regresar, si queríamos hacerlo con alguna claridad. Nos turnaríamos con la mochila.

Después de pasar una loma alta y un tupido bosquecillo de lengas, ideal para acampar, la barranca desciende hasta transformarse en un meandroso río de llanura. Curva, barranca y pozo. Todo el tiempo.

Muy bajo, al extremo de una temporada seca que no se quería ir, se encontraba en su estiaje mínimo, lo que permitía apreciar su perfecta constitución. El agua no demasiado cristalina, por el fondo barroso por tramos, y con regular cantidad de vegetación acuática. Mucho alimento albergaban estas aguas, seguramente.

Una pancora y varias moscas de piedra grandes se mostraron al levantar una roca plana, lo que confirmaba la apariencia.

Decididos a entrar al río en el próximo pozo, nos sorprendió la estampida de media docena de grandes truchas que estaban con la aleta dorsal afuera del agua, en una zona playa y sin corriente.

Intentamos después de esperar un rato, y durante un cuarto de hora sin resultados, con ninfas grandes sin lastre, paseadas glamorosamente sobre las piedras de la barranca de enfrente con la línea de flote. Luego lastramos y tampoco.

Es un río difícil. Tan difícil como bello. Después de horas de marcha, y múltiples entradas al río, recién obtuvimos una gorda marrón. Tan gorda, salvaje y colorida como se pueda imaginar.

Otro monte pequeño sigue al cabo de tres horas de marcha, al borde de un bajo que según la carta es estero, seguramente con caudal normal. Varias bocas que se encontraban secas marcaban sitios en otras condiciones estratégicos.

Pero en ese hermoso día era un buen lugar para almorzar, ya muy ligeros de ropa, con un fuerte sol. Las escasas porciones lentamente ingeridas con abundante agua fueron, sin embargo, suficientes para saciarnos.
Lucas decidió acceder a la modorra que el sol y la digestión le provocaban, favorecido por un tronco de grandes dimensiones que generaba buen apoyo para el cuerpo.

Una extraña visión

Yo decidí seguir subiendo el río otro tramo. El sol era verdaderamente fuerte, y el cansancio y el almuerzo ya no hacían tan ligera mi marcha.

Un recodo pronunciado del río me ponía en dirección Sur franca, y dudé por un momento de lo que mis ojos mostraban, por lo que los restregué, y allí a unos trescientos metros estaba sin embargo avanzando a regular velocidad por la estepa, y dejando abundante polvo detrás......Un camión rojo de mudanza, que decía García Hnos. y llevaba algunos muebles grandes en su caja parcialmente descubierta, con algunas lonas al viento y dos niños que agitaban sus manos en saludo.

Sorprendido y aún dudando de mi visión en semejante desierto, volví a contárselo a mi hijo, quien dándose vuelta para dormir otro rato me dijo: "Viejo, vos te crees que esto es una película de Kusturica".

En medio de mi risa, la exacta carta del Instituto Geográfico Militar me informó que estábamos en la frontera con Chile, y que a esta altura hay un camino que atraviesa un puesto de Carabineros, lo cual me tranquilizó sobre mi estado psíquico también.

Una acrobática arco iris y una marrón también residente que se soltó completaron una jornada bella y memorable para mí, por motivos ajenos a la pesca.

Sólo quien conozca la Patagonia austral, comprenderá la incomparable impresión que genera en nuestro espíritu, el caminar estas despobladas y amadas partes de nuestra Patria. Más amadas que ninguna otra.

Un personaje patagónico

Cansados, contentos y empapados de sudor volvimos al auto. Allí nos esperaba con su camioneta Ford azul y su chaqueta de lluvia amarilla el Guardapesca. Cordialmente nos solicitó los permisos, y nos preguntó qué habíamos pescado. Nos sugirió comenzar a armar la carpa porque iba a helar, como casi todas las noches, o el Hotel del Puente Blanco.

Sin ninguna discusión, nos dirigimos al Hotel.

Semidestartalado, un cartel borroso anunciaba su carácter de Hotel, y el nombre del propietario. Gran cantidad de leña se agrupaba a un costado, dos perros se desperezaron y se acercaron alegres, y unas cuantas gallinas sonorizaron la escena. La noche caía y con ella el termómetro.

Abruptamente

Una agradable temperatura nos recibió en el interior. Un joven taciturno, con un adorno metálico debajo del labio, fumaba y bebía cerveza junto al fuego. Su aspecto no inspiraba confianza. Tampoco el desorbitado y desmelenado personaje que apareció a través de una puerta, que comunicaba esta recepción en que nos encontrábamos, con un gran espacio, mitad cocina y mitad fogón, donde ante un gran fuego, se asaba un cordero. Nos preguntó de donde veníamos. La mirada brillante de sus ojos oscuros era notable. De pescar, dijimos, y espetó: No habrán matado ninguna trucha, no?. No, claro, contestamos. Porque los que las matan, no son bien recibidos en mi casa!, exclamó. Pero nosotros no matamos ninguna, afirmamos. Entonces... Sean ustedes bienvenidos!, dijo mientras reía a carcajadas haciendo gestos e complicidad a su lacónico hijo que seguía la escena desde el hogar, y que no era otro que el joven del adorno metálico. Mi nombre es Héctor, dijo al tendernos la mano con franqueza, y éste lugar está lleno, pero en algún lado los voy a acomodar, así que dejen sus cosas por ahí y dense una ducha caliente, que se me quema el asado.

Si las apariencias engañan, éste era el caso. No podíamos estar en mejor lugar y con gente más buena. Después supimos que Héctor (que así se llamaba nuestro singular hotelero) había recibido este negocio como herencia de sus padres, una pareja de alemanes que como tantos otros de sus paisanos poblaron y construyeron realidades en estas lejanas tierras, con sólo sus manos y sus sueños.

El hoy desea restaurarlo, y lo habita de octubre a mayo, siguiendo la temporada de pesca. Reside habitualmente en Río Gallegos.

El agua caliente, que salía a raudales de una cañería recién instalada, fue algo muy bien recibido, y, limpios y relajados, bajamos a la peculiar sala, adonde ya habían llegado otros huéspedes, todos pescadores, que bebiendo mate esperaban por el cordero.
Una docena de cueros de enormes pumas se apilaban a un costado, alguna cabeza de vaca y también cueros de choike completaban la decoración, rodeando a una antigua y bella fotografía de los dueños originales, retratados junto a su hotel, en la solitaria estepa.

Rápidamente nos presentamos y participamos de la ronda, hasta que apareció Héctor que anunció el asado para las doce, y nos convidó también, salvo que por lo cansados que estábamos prefiriéramos una minuta, a lo que accedimos gustosos, ya que queríamos descansar pronto para probar en el Gallegos la mañana siguiente.

Habían ocho pescadores en total, cuatro cordobeses y el resto locales. Sus anécdotas y datos eran imperdibles. Eran habitué de este lugar, y pescaban exclusivamente el Gallegos, y a veces el Penitente. Usaban poderosas número 8 y las moscas más estridentes que pueda imaginarse. Sus resultados eran buenos, según decían, y todos los días capturaban varias descomunales plateadas, que así se llama a las marrones migratorias (sea run brown trout). Los cordobeses eran verdaderos expertos, lo que no extraña en absoluto. Al igual que los rosarinos, suelen ser muy destacados en general.

Esta charla se vio interrumpida por la colosal aparición de Héctor, que con un asistente traía un enorme disco de arado lleno de bifes de cordero, huevos fritos y una fuente de fina losa (seguramente del Hotel original) con tomates y cebollas finamente cortados. Completaba el inolvidable menú un enorme pan casero.

Nada mejor nos podía haber sucedido en ese momento, después de semejante jornada. Para completar nuestra dicha, había quedado una botella de Merlot Trapiche de unos cuatro años, que habíamos encontrado en La Anónima, entre mucho obviable, y que atesorábamos entre nuestras ligeras pertenencias. En una dignamente preparada mesita, disfrutamos ¡y como! de tanta abundancia. El Merlot fue honrado hasta la última gota.

Saludamos y nos retiramos a nuestras camas, sobre las que descansaríamos enfundados en nuestras bolsas de dormir, dada la falta de calefacción del piso superior, y de algunas ventanas del cuarto. Descansamos como reyes, sin ninguna sensación de frío. Ni de ninguna especie.

Un paisaje irreal

Nos despertamos temprano, y al bajar, ya nos saludaba Héctor desde la cocina. Un bello mostrador con estaño completaba la alzada de roble de la recepción, que aún se mantenía en pie.

Casi de inmediato apareció nuestro sorprendente anfitrión con pan tostado, manteca, leche y café soluble. Una gran caldera de agua hirviente, humedecía gratamente el ambiente. No había amanecido aún, pero ya se veía la blancura de la escarcha.

Esperaríamos a que claree, ya que no conocíamos la zona.

La charla con Héctor fue animada. Su humor parecía no tener fisuras, como su buena disposición. Nos dio algunas moscas de su creación, mientras completaba mi desayuno con unos mates.

Se advertía en él una idea de misión en reconocimiento a sus padres. No he vuelto desde aquel entonces, pero no tengo duda que habrá logrado su cometido de restaurar su propiedad. Así al menos lo deseo sinceramente.

De estas "historias mínimas" está hecha esta parte, donde empieza la Argentina continental. Bien lo sabe quien la ha caminado.

A esta altura me animé a preguntarle a Héctor a que se debía su fervorosa protección hacia las truchas, habida cuenta que la cantidad de cueros de animales salvajes, no sugerían en él creencias hinduístas.

"A que son mi recurso turístico. Nadie vendría aquí si no es por ellas". No hubo respuesta ante tanta claridad e inocente lógica. Me calcé los waders y no podía dejar de sonreír en el camino al río.

El Gallegos dista doscientos metros del Hotel. La bruma que producía la espesa escarcha en medio de una calma total, obligaba a prestar atención al camino, que era puro hielo.

A esta altura del año el río se vadea de lado a lado con el agua a la cintura. Enormes piedras, plantadas en la suave corriente accidentan un poco esta suave, monótona geografía. Agradecí esta niebla, porque con un agua como cristal y tan escasa profundidad no habría engaño posible. Cada vez que entraba al río se producía alguna estampida. No sería cosa fácil, pensé.

Detrás de una piedra enorme, una figura plateada surgió como un torpedo, atraída por la Blonde amarilla que insinuante y peligrosa como buena rubia, remataba el leader trenzado de doce pies. Vaciló, imperturbable, y cuando parecía que volvía a su roca, asestó una feroz dentellada que acabó con mi tippet 1x, por más que estaba con la línea bastante suelta. Todo sucede en un instante. Dice Howard Marshall en "Reflexiones sobre un río" (1967): "La pesca consiste en una serie de desventuras, interrumpida por ocasionales momentos de gloria". Nada más cierto.

Cada tanto, dirigía la mirada hacia mi hijo, que a cincuenta o sesenta metros mío me devolvía una escena irreal, de figura suspendida, como en esas bolas de vidrio que se enturbian, o simulan nieve, según su posición. Suspendido en un río de cristal, con el agua a la cintura, rodeado del blanco de la formidable escarcha en las orillas, suavizado por la bruma, con el rítmico y armonioso movimiento de su línea de flote.

Al mediodía, la niebla se había levantado y decidimos volver, porque queríamos llegar no muy tarde a El Calafate. Mi hijo tenía que trabajar al día siguiente, y yo tomar el vuelo de la mañana hacia Buenos Aires.

De paso, vi a los cordobeses en acción. Habían capturado una buena plateada, y me explicaron la técnica: "No están aquí, sólo pasan, y si aciertan a ver la mosca, la toman sin problemas".En concordancia con sus dichos, los cuatro pescaban en menos de cien metros. Lanzaban en forma constante. No se preocupaban mucho de ser vistos, y esperanzados, lanzaban enormes moscas coloridas a la lenta corriente de cristal.

Nos despedimos de Héctor y su hijo y emprendimos el regreso a El Calafate, aceptando antes su generosa oferta de guiarnos personalmente en alguna apertura de temporada, cuando estaría más libre.

Tranquilos. En silencio. A buen ritmo y sin demasiada prisa.

El tiempo nos despedía esplendorosamente. Decenas de corderos, alguna bandada de choiques y algún guanaco quebraban la grandiosa monotonía del paisaje y nuestra absorta contemplación de los Andes, que limitaban como níveo cerco la estepa al poniente.

Hasta pronto, Tierra de Gigantes. Donde los ríos fluyen hacia el Norte. Donde todo es posible. Donde Chile está al Sur.

por Adolfo A. Marinesco (Royal Wulff)
abril 2003




Artículo Relacionados
Por una corrida más
Soy nativo de Río Gallegos y, además llevo cincuenta y cinco pirulos y algo más viviendo en esta ciudad.

Categorías

Buscador



Relacionados